¿Qué ocurriría si en consonancia con las nuevas definiciones estratégicas de Estados Unidos, que considera a los mercados parte de su seguridad nacional, se “recomienda” a Chile recortar el comercio con China?

Es un hecho que la mayoría de los estadounidenses privilegian el relato nacional del “excepcionalismo” (primera república democrática moderna, el sueño americano, destino manifiesto), por sobre la consideración que los equipara en una lista de distintas formaciones imperiales que no varían en lo sustancial (napoleónica, británica, rusa o soviética), como en cambio sí han apuntado Raymond Aron (“La República Imperial”, 1973)”, Arthur M. Schlesinger Jr. (La Presidencia Imperial, 1973) y más recientemente Greg Grandin al profundizar las relaciones históricas del coloso con América Latina en “Taller del Imperio” (2006). En rigor se trata de una experiencia combinada de una democracia imperial pletórica de paradojas y en ocasiones contradicciones.

En las relaciones internacionales actuales, aunque cada vez menos, pensábamos fundamentalmente los tratados como instrumentos económicos; comerciales o medioambientales; aunque históricamente los hubo de defensa militar y transferencia de armamento. Ahí está el obsoleto Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca de 1947 (TIAR) o la aún vigente –aunque hay dudas a ratos- Organización del Tratado del Atlántico Norte de 1949 (OTAN). Fueron originalmente parte de la estrategia de contención de Estados Unidos, el costado realista de la Guerra Fría.

Nada nuevo bajo el sol, ese modelo de República Imperial que fue Roma nos ha legado un conjunto de métodos de expansión que la ciudad de las siete colinas implementó mediante pactos con otros pueblos para consolidar su poder, garantizando de paso sus relaciones comerciales.

Originalmente usó el foedus aequum, un acuerdo bilateral que suponía relaciones entre entidades equivalentes, obligadas a colaborar recíprocamente ante guerras defensivas. Orientaba la política exterior del conjunto y permitía a la alteridad adquirir la ciudadanía romana sin grandes dificultades. Algunos de los tratados con Cartago, antes de las Guerras Púnicas, tenían esta dimensión (como también fue el espíritu de defensa colectiva en la fundación de la OTAN).

Sin embargo, y en general, cuando Roma aseguró su poder en la península italiana hacia el 338 a.C. pausó dicha herramienta, cambiándola por el foedus iniquum que presuponía la superioridad romana, obligando a la contraparte a acompañarla económica o directamente en empresas bélicas ofensivas y afectando la soberanía de sus aliados que ya no podían deliberar la conveniencia de sus intereses. Aunque los contratantes mantenían sus órganos políticos, les estaba vetado tener otros aliados o enemigos que no fueran los estrictamente definidos por la Ciudad Eterna.

Desde la conferencia panamericana de 1889-1890 en Washington la lista de encuentros se ha multiplicado con distintos eventos e hitos. Entre los últimos está la VII Conferencia Panamericana de 1933 en Montevideo que declaró la política de “buena vecindad”, colocando fin a la era del Garrote sobre México, Centro América y el Caribe (por dos décadas).

La Conferencia Interamericana sobre Problemas de la Guerra y de la Paz de marzo de 1945 en Chapultepec, México, donde se analizó la neutralidad argentina en la Segunda Guerra Mundial, o la IX Conferencia de 1948 en Bogotá que creó la Organización de Estados Americanos (OEA).

Otro espacio han sido las cumbres de Las Américas, cuya primera versión tuvo lugar en Miami hacia 1994, y que reúne a jefes de Estado y de gobierno de los Estados americanos para tratar asuntos políticos comunes y comprometerse en acciones concertadas que aborden desafíos y amenazas comunes.

En 1994, Chile fue invitado a ser parte del tratado de libre comercio entre Canadá, Estados Unidos y México. Chile firmó acuerdos con los tres países por separado, adhiriendo a la idea del ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas), mismo proyecto que fue enviado AL CArajo por Chávez en la cita de Mar del Plata de 2005 y que el presidente Trump sepultó desde su primera administración. Era la época del denominado neoliberalismo, no la de hoy en que vivimos un capitalismo de estado, con dosis de proteccionismo e impronta neo-mercantilista.

Hoy aflora un neo activismo persistente en América Latina y el Caribe por parte de Estados Uniddos que Tokatlian y González describen como la aplicación diferenciada de tácticas de control y realineamiento, ya sea forzado o voluntario, mediante un sistema de castigos y recompensas contingentes, por la vía estrictamente bilateral.

Este clima se verificará en la cumbre “Escudo de las Américas” el próximo 7 de marzo en Miami, convocada por el presidente Trump con participación de los mandatarios de Argentina, Javier Milei; Bolivia, Rodrigo Paz Pereira; Ecuador, Daniel Noboa; El Salvador, Nayib Bukele; Paraguay, Santiago Peña; además del presidente electo José Antonio Kast.

La agenda del anfitrión estará signada por la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos presentada en 2025, con su corolario Trump a la doctrina Monroe, que enfatiza la denegación de acceso a la zona de influencia americana a China (básicamente) y Rusia (complementariamente), un estricto control migratorio, la lucha contra el narcotráfico y el terrorismo, supremacía energética y reindustrialización.

Se da por descontado que en Miami se tocarán las situaciones de Venezuela y el bloqueo energético a Cuba, la migración irregular masiva y lo que Estados Unidos define como interferencia hemisférica extranjera.

No cabe duda que en el pasado inmediato Chile ha coincidido en temas de narcotráfico y de terrorismo con Washington y es probable que en cuestiones migratorias el enfoque del nuevo gobierno chileno y de la Casa Blanca no sean muy distintos.

Pero ¿qué hacer respecto a otro socio comercial como China con el que Chile también tiene acuerdos? Un 37,5% de las exportaciones totales de Chile van a ese mercado y solo 15,5% a Estados Unidos.

El asunto del cable submarino ha expuesto claramente que, aunque Estados Unidos cuenta con cerca de 90 cables de los que un tercio le conectan con Asia, no admite siquiera evaluaciones de proyectos con ese trazado por parte de otros estados sudamericanos.

Se trata de una lógica binaria o bipolarizadora: “Estás conmigo o estás contra mí”. Pero ¿qué ocurriría si en consonancia con las nuevas definiciones estratégicas de Estados Unidos, que considera a los mercados parte de su seguridad nacional, se “recomienda” a Chile recortar el comercio con China?

Desde el agente especial ante Santiago de Chile Joel Robert Poinsett en 1811, Chile ha cultivado una relación bilateral con Washington que, a pesar de diversos episodios -incluyendo el de una declaración de Guerra del Presidente Harrison en 1891 que no tramitó al Capitolio-, ha procurado que prime el diálogo.

Aquello debe continuar, sin renunciar a una autonomía que es clave para Chile. Es decir, una asociación digna como la que escoró Frei Montalva en la época de la Alianza para el Progreso en los sesenta –plena Guerra Fría- o la que defendió Lagos Escobar en la negativa a respaldar en Naciones Unidas hacia 2003 una intervención estadounidense en Irak, que a la postre no evito la firma de un TLC.

Estos márgenes de autonomía han sido incluso captados por el híper-conservadurismo y la ultraderecha de Europa Occidental, como evidencian las declaraciones contrarias de Marine Le Pen a la operación militar de Estados Unidos en Venezuela o del primer ministro de Bélgica, Bart De Wever, en Davos, quien respecto a las permanentes presiones de Washington dijo: “Ser un vasallo feliz es una cosa. Ser un esclavo miserable es otra muy distinta”.

Para Chile en cambio es relevante un acuerdo con Washington -particularmente en materias de seguridad- sin la subordinación que demanda la trampa de alineamiento binario, ya que lo otro minaría seriamente al desarrollo basado en una economía abierta.

Tampoco se puede olvidar que en un contexto de mutaciones geopolíticas no solo se responde al presente, sino que se prospecta unas décadas adelante. Allí entra el multi-alineamiento que explore opciones más allá de Washington y Beijing, reforzando vínculos con el Sudeste Asiático, India, Oceanía y Europa.