El episodio del cable no es un incidente aislado: es un síntoma.
La negativa de visas de Estados Unidos a tres altos funcionarios del gobierno y la advertencia sobre una eventual revisión del programa Visa Waiver indica que Washington espera de Chile alineamiento, no ambigüedad. El viaje del presidente electo a Miami y el destino del proyecto de cable submarino precisarán el tono y los límites de la relación bilateral.
Chile llega a esta encrucijada en un cuarto oscuro. Ni el gobierno ni la oposición dimensionaron a tiempo la intensidad de la rivalidad entre EE.UU. y China ni asumieron que esa pugna inevitablemente atravesaría nuestro mar y de paso nuestras decisiones soberanas.
El proyecto fue abordado como si se tratara de una licitación ordinaria. El debate se confinó a la legalidad formal, bajo la premisa implícita de que el marco normativo bastaría para neutralizar cualquier tensión geopolítica.
Pero la cuestión de fondo nunca fue jurídica, sino histórica: ¿responden nuestras reglas a la nueva estructura de poder global? La respuesta, incómoda pero evidente, es negativa.
Gran parte de nuestra arquitectura regulatoria fue concebida en una etapa de globalización corredentora. Sin embargo, hoy operamos en un entorno de competencia estratégica, y las infraestructuras críticas son activos de influencia.
Un cable submarino no es solo un soporte tecnológico; es un vector de datos, un periscopio a lo ajeno, resiliencia económica y capacidad estatal. Evaluarlo exclusivamente en términos de eficiencia o costo es lo que nos arrastró al cuarto oscuro.
El empobrecimiento del debate tampoco ayuda. Convertir la discusión en una disyuntiva binaria “Washington o Beijing” o “colonia o república” trivializa una decisión que exige densidad institucional. Tampoco existe ya el paraguas de un derecho internacional estabilizador que amortigüe fricciones. El orden que facilitó la inserción chilena durante décadas mutó hacia un sistema más áspero y selectivo.
La falencia es estructural: Chile no ha definido su lugar en esta transición de época. Carecemos de una narrativa estratégica que articule poder territorial, pueblo, infraestructura crítica y autonomía decisional. ¿Qué somos para el mundo? En esto bien vale la pena mirar a los países vecinos y sus alineamientos.
La experiencia europea ofrece una referencia útil. Tras episodios de sabotaje y la constatación de su vulnerabilidad digital, la respuesta no fue declamar neutralidad ni adscribirse a una potencia, sino sofisticar sus instrumentos regulatorios: redefinir infraestructuras sensibles, endurecer estándares y anticipar riesgos. Transformaron exposición en política pública.
Aquí, en cambio, reaccionamos bajo presión. Urge destrabar y aprobar la legislación en materia de infraestructura crítica que lleva años entrampada en discusión legislativa, activar coordinación efectiva entre agencias y establecer un mecanismo permanente de evaluación interministerial.
Sin ese piso normativo, cada operación sensible seguirá pasando sin filtro: en el pasado, activos estratégicos como redes de distribución eléctrica han cambiado de manos sin que el Estado evaluara las implicancias más allá de lo comercial.
Asimismo, Chile necesita un sistema formal de revisión de inversiones extranjeras en sectores sensibles, como ya lo hacen la mayoría de los países OCDE. No se trata de cerrar la economía, sino de dotar al Estado de criterios previsibles.
Incluso decisiones técnicas (como exigir arquitectura abierta en las estaciones de aterrizaje) pueden consolidar control regulatorio sin recurrir a vetos ideológicos.
Sin embargo, ninguna herramienta suplirá la ausencia de conducción estratégica. El modelo de inserción basado en tecnocracia comercial y confianza en reglas globales fue exitoso en su epoca; hoy resulta insuficiente. La soberanía, en este escenario, no consiste en proclamar equidistancia ni en sobrerreaccionar ante presiones externas, sino en anticipar escenarios y decidir desde una comprensión realista del entorno.
El episodio del cable no es un incidente aislado: es un síntoma. Si Chile no construye una visión país que integre territorio, recursos, nación, cohesión interna y proyección estratégica, continuará perdiendo volumen, Magallanes ejemplifica esta ausencia de visión que impera en las élites nortinas. Y en un mundo donde el poder vuelve a organizar el sistema, la improvisación se paga caro.
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