El mundo asiste con asombro a un nuevo ordenamiento geopolítico, bipolar, en que las dos grandes potencias no ocultan los niveles de conflicto a los que están llegando, y nada bueno se puede presagiar de esto.

La salud de quienes viven en Chile es extremadamente dependiente de las reglas del comercio internacional. El actor más relevante es China, país con el que tenemos un Tratado de Libre Comerio desde el 2006.

Hoy es nuestro principal socio, con importaciones por US$37 mil millones, exportaciones por US$21 mil millones y una balanza comercial de US$16,84 mil millones.

La importancia de un país con 1.400 millones de habitantes es incuestionable. Enviamos gran cantidad de productos, como cobre y litio, frutas, pescado, vinos y celulosa.

Para la industria local, el mercado chino es irremplazable por ahora, y basta un pequeño mal juicio de la calidad de un envío, real o no, para que toda una línea de producción local se arruine.

En salud, de dicho país se importan fármacos e insumos, por US$5 millones, vacunas y equipamiento médico por casi US$100 millones al año. Durante la pandemia, la colaboración entre ambos países fue esencial, tanto en la compra de equipamiento, vacunas y respiradores que evitaron el “dilema de la última cama”.

En materia de infraestructura, consorcios del gigante asiático están a cargo de la Red Maule — Cauquenes, Constitución y Parral; Coquimbo (San Pablo, II etapa); Red O’Higgins — Rengo y Pichilemu; y el nuevo Instituto de Neurocirugía.

El mundo asiste con asombro a un nuevo ordenamiento geopolítico, bipolar, en que las dos grandes potencias no ocultan los niveles de conflicto a los que están llegando, y nada bueno se puede presagiar de esto.

Como señala un reciente comunicado de la Embajada China en nuestro país: “Quien siembra vientos recoge tempestades, lo que pone de manifiesto las amenazas incesantes de Estados Unidos no es la fuerza de hegemonía, sino la debilidad. Tarde o temprano, los países latinoamericanos acabarán “hartos” del acoso estadounidense”.

Quiérase o no, Estados Unidos ha redefinido que América Latina es su zona de influencia. Chile necesita desesperadamente mantener abiertas las rutas comerciales con ambas naciones.

Por ello, resulta especialmente preocupante, que, en la activa agenda de dejar un campo minado para el próximo gobierno, dos funcionarios del Ministerio de Transportes, de un partido admirador del PC chino, intenten poner a última hora un decreto para instalar un cable submarino entre ambos países, habiendo señalado Estados Unidos que esa línea roja no se podía atravesar, por razones que ellos estiman fundadas.

La sanción impuesta es violenta, pero es solo una advertencia, al no haberse cumplido el acuerdo del gobierno anterior que el mencionado cable sería con Australia.

Hay que hacer un juicio de realidad. Cuando el Estado está en la práctica en ruinas, los países vecinos entran en una escalda armamentística, y el pegamento social es débil, las consecuencias de sanciones de verdad significativas pueden ser dramáticas para nuestra economía, empleo y salud.

Tener una política exterior responsable y seria es un legado que cada gobierno debe marcar como “cumplido”. No fue el caso.