Las esquirlas de la detención de Maduro, que llegaron hasta Teherán, Beirut y Saná, son la constatación de que ya las sanciones económicas y diplomáticas no son la única opción sobre la mesa.

Lo que acaba de ocurrir en Venezuela no es solo una noticia local, ni siquiera regional, es un acontecimiento con repercusiones globales y en particular con consecuencias directas para el equilibrio de poder en todo Medio Oriente. Las consecuencias de esta detención afectan directamente al régimen de los ayatolás y a los grupos terroristas Hezbolá, Hamas y a los Huties.

Nicolás Maduro no era un dictador aislado con solo injerencia en América latina, era un actor funcional dentro del eje que conectaba a Irán, Hezbolá, Hamas con narcoterroristas y redes criminales transnacionales. Cuando una pieza de este eje cae, todo el sistema se ve afectado.

Nicolás Maduro ha sido detenido por EEUU por razones judiciales no ideológicas. Maduro cae por ser percibido como parte de un entramado criminal internacional. Los cargos que se le imputan abarcan desde la participación en el tráfico de drogas hasta la asociación con grupos terroristas, la facilitación de estamentos del Estado venezolano para la conformación de una red transnacional de tráfico de estupefacientes, lavado de dinero y el uso de su país para que grupos terroristas de Medio Oriente tengan una base operativa.

La detención del dictador venezolano sienta un precedente que preocupa a regímenes que ayudan y respaldan a los grupos terroristas, que les prestan soporte diplomático, operacional y logístico. La regla no escrita de que a los gobernantes los protegía una especie de inmunidad ya ha dejado de existir. El Ayatolá Jamenei ahora sabe que para EEUU es directamente responsable de las acciones que el Estado iraní efectúe, o uno de sus proxis. También es un mensaje claro para organizaciones terroristas de Medio Oriente de que sus acciones serán relacionadas con Irán.

Para Israel, este cambio de doctrina de su socio estratégico es sin duda una gran oportunidad para presionar al régimen de los Ayatolás. Tanto el presidente Trump como el primer ministro Netanyahu han dejado clara su postura ante el régimen iraní, de no permitir el desarrollo de armamento de destrucción masiva y misiles balísticos. Ahora se suma la advertencia de no permitir la represión a los manifestantes iranies que desde hace semanas se manifiestan en contra del régimen.

El pecado de Maduro, entre muchos, fue haber puesto al servicio de este eje criminal al Estado venezolano. Entregar las facilidades para que terroristas tengan una base operativa en América significo cruzar una línea roja de consecuencias incalculables.

Pasaportes, logística, lugares de entrenamiento y soporte financiero fue el aporte a esta empresa delictual, que entregó a cambio, millones de dólares que provenían del lavado de dinero del negocio del tráfico de estupefacientes a cargo del grupo terrorista Hezbolá y los grupos afines a los Hermanos Musulmanes como Hamás. La infiltración de estos grupos en Latinoamérica solo fue posible con el ayuda primero de Chávez y luego de Maduro.

Hezbolá dejó de ser un elemento exclusivo de Medio Oriente, desde hace décadas operaba en América Latina y no lo hacía de manera simbólica. Las redes que se tejieron en Latinoamérica incluido Chile aún están por descubriese en su totalidad. Lo que ahora urge es que las autoridades de nuestro país que asumirán en marzo se aboquen a desmantelar las posibles conexiones que hay entre narcotraficantes y grupos terroristas con base en Medio Oriente.

Las esquirlas de la detención de Maduro, que llegaron hasta Teherán, Beirut y Saná, son la constatación de que ya las sanciones económicas y diplomáticas no son la única opción sobre la mesa.

Para EEUU e Israel hoy la opción incluye la detención y eliminación de los gobernantes o líderes que presten ayuda o soporte a los grupos terroristas y de crimen transnacional que desestabilicen el orden legal y geopolítico mundial.

La seguridad regional pasó a ser un elemento fundamental en las relaciones internacionales. Hoy no unirse en la lucha contra el narcoterrorismo parece no ser opción. En las relaciones internacionales las acciones no se olvidan, se cobran cuando se estime pertinente.