La política ha perdido racionalidad, y ha tendido a la vulgarización, la simplificación del mensaje y la desinformación como aspectos centrales de su accionar.

En la película “Joker” (2019) dirigida por Todd Phillips, el protagonista Arthur Fleckse enfrenta a su entrevistador increpándolo respecto a la indolencia e hipocresía de la sociedad frente a la barbarie que se vive diariamente.

La denuncia pasa de ser un cuestionamiento para transformarse súbitamente en un acto extremo, frente a las cámaras de televisión, cuando el Joker dispara a su interlocutor. Rápidamente la violencia se transforma en noticia, la noticia en espectáculo y con ello el catalizador de un sentimiento más profundo de adhesión masiva, con ello nace la rebelión de los payasos.

La escena, que muestra la degradación moral de un individuo, también recoge la idea de cómo el discurso público se transforma en mercancía audiovisual. La intolerancia y la violencia dejan de ser aspectos para discutir o analizar y se convierten en contenidos que acaparan la audiencia.

En esa línea, el politólogo italiano Giovanni Sartori advirtió hace décadas cómo nos hemos transformado en sujetos consumidores de un espectáculo político vacío, de mensajes simples donde prima el culto a la imagen, la idea fácil y el mensaje a corto plazo, el cual además alcanza espectacularidad en los medios de comunicación y donde la racionalidad de la política -que debiera ser el núcleo de la deliberación democrática- queda de lado por una actividad donde la forma adquiere más sentido que el fondo.

Ese fenómeno se amplifica con la violencia del mensaje que tanto los actores políticos como los medios utilizan para cautivar a una audiencia deseosa, apelando a la exageración, el insulto o la amenaza. Igual como en la escena del Joker, el espectáculo violento sirve para llamar la atención de la audiencia.

La política en ese sentido se transforma en una actividad donde se vociferan lecciones de moral, sobre el bien y el mal. Incluso la guerra, el ejemplo más dramático de violencia humana- se transforma en un espectáculo global transmitido en tiempo real.

Es cierto que la política desde siempre ha tenido un componente escénico, que en definitiva busca atraer a masas que prefieren la puesta en escena vociferante y violenta por sobre la comprensión de los fenómenos y desde ahí resolver los conflictos.

El Siglo XX mostró con crudeza como esta situación puede derivar en tragedia. En los fascismos de Europa, el líder convertido en figura mítica buscaba la atención de las masas con puestas en escena teatrales que permitían delirar a las masas con discursos de odio y violencia, lo que finalmente terminó también en el más horrendo escenario de degradación de la vida humana.

Hoy la política vuelve a ser más espectáculo que acción racional. En Argentina, el presidente Javier Milei ha convertido sus actos políticos en eventos masivos con estéticas de concierto para exponer sus ideas ante una masa enardecida, y en el propio Congreso sus intervenciones han estado marcadas por insultos y descalificaciones a sus detractores.

Incluso en el Foro Económico Mundial en Davos, su provocadora frase “Maquiavelo ha muerto”, más allá de la retórica, simboliza el fin de la política como un arte racional, y la simplifica en una narrativa de confrontación ideológica.

En Estados Unidos, el presidente Donald Trump ha construido su liderazgo bajo intervenciones cargadas de descalificaciones y afirmaciones grandilocuentes sobre el poder de su nación, con denigraciones y amenazas que luego se convierten en actos unilaterales de violencia en política exterior o deportaciones, todo a vista y paciencia de seguidores fanáticos, pero también de medios que lo acompañan y alientan en su denigrante puesta en escena.

En Chile, un acto solemne y propio de la tradición de la república como el traspaso de mando entre gobiernos, se transforma en disputas públicas amplificadas, donde la institucionalidad cede espacio al cruce de recriminaciones y a un espectáculo de egos entre autoridades, alimentando el morbo de la audiencia con medios de comunicación que se ponen al servicio del espectáculo político.

La política ha perdido racionalidad, y ha tendido a la vulgarización, la simplificación del mensaje y la desinformación como aspectos centrales de su accionar. El periodista Aram Aharonian lo sintetiza con claridad: “La comunicación de la verdad pierde su sentido ético y se transforma en mercadería y la espectacularización del mensaje ocupa el lugar del valor del contenido”.

Hoy nos enfrentamos a un mundo atravesado por guerras y tensiones, a líderes que hacen de la mentira, la violencia y la provocación su método de acción política. Este fenómeno excede a las autoridades. Este tipo de liderazgos no podrían existir sin una masa que aplaude y alienta el burdo espectáculo de la confrontación, y que al igual que en la escena del filme citado inicialmente, aguarda el disparo final que quiebra la racionalidad institucional y da paso a la acción de la masa enardecida, que se alimenta de dicho espectáculo.

Rodrigo Gangas
Decano de la Facultad de Ciencias Sociales y Educación
Universidad Academia de Humanismo Cristiano.

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