La verdadera empatía no pregunta por el bando de la víctima ni por la bandera del régimen que la oprime, solo ve la humanidad herida.

Crecí bajo la guía de una mujer cuya vida fue una lección constante de coherencia: mi madre. Maestra, instructora y activista, ella me enseñó que la solidaridad no es un recurso limitado que se administra según la geografía o la ideología. Me enseñó que, cuando una mujer es oprimida, el mundo entero pierde un poco de su libertad. El feminismo que ella practicaba era sencillo, pero radical: era universal, o no era nada.

Este 8 de marzo, mientras Chile y el mundo conmemoran los avances en derechos de género, mi pensamiento vuela hacia un lugar donde la lucha por la dignidad se paga con la vida: Irán.

Allí, las mujeres no están pidiendo privilegios; están reclamando el derecho más básico de propiedad sobre sus propios cuerpos, ideas, cabellos y voces.

Recordemos que Mahsa Amini no murió solo por un velo mal puesto; murió por el desafío de querer ser dueña de su destino. Su sacrificio, y el de miles de jóvenes iraníes, no pueden ser una nota al pie en nuestras conmemoraciones occidentales.

A menudo escuchamos que el feminismo occidental es diverso y poderoso. Chile, en particular, ha sido cuna de mujeres líderes que han dado la vuelta al globo, como la sufragista Elena Caffarena, un ejemplo de fuerza telúrica que debería ser fuente de inspiración permanente.

No se trata de dictar una agenda ni de pretender dar lecciones desde afuera. Se trata de reconocer que el grito de “Mujer, Vida, Libertad” (Jin, Jiyan, Azadî), que nació en las calles de Teherán, es el mismo grito que debería sonar en la Alameda o en cualquier plaza del mundo.

El riesgo de un feminismo que se vuelve selectivo —que solo se indigna cuando el opresor encaja en un relato político cómodo— es que termina convirtiéndose en una herramienta más de exclusión. La verdadera empatía no pregunta por el bando de la víctima ni por la bandera del régimen que la oprime, solo ve la humanidad herida.

En este 8 de marzo, la invitación no es a mirar hacia otro lado, sino a mirar más allá. A recordar que una mujer que sufre bajo el yugo de una teocracia misógina merece la misma visibilidad y la misma furia protectora que cualquier otra. La libertad de la mujer no tiene fronteras, y su defensa no puede estar condicionada por la diplomacia o la conveniencia política.

Honremos a las heroínas anónimas de Irán. Que sus nombres se pronuncien con la misma fuerza que las referentes más cercanas.

Porque si el feminismo no es capaz de abrazar a la mujer en Teherán con la misma intensidad que a la mujer en Santiago, corremos el riesgo de que la causa pierda su alma y se transforme, simplemente, en política con otro nombre.