No se trata de rechazar la evaluación ni de idealizar el pasado, sino de recordar que la tarea del pensador, y por extensión del académico, es buscar la verdad con rigor, libertad y profundidad, no la de fabricar productos.

La nuestra es una época en la que la vida académica ha quedado atrapada en una lógica cuantitativa que mide la valía del profesor y del investigador según los “productos” que logra generar y los “puntos” que estos otorgan en los sistemas de evaluación. La expresión, aparentemente inofensiva, esconde una fractura profunda: la transformación del pensamiento en mercancía y de la universidad en empresa. Atrás parece ir quedando aquella concepción humanista de la academia como lugar de búsqueda, de contemplación y de formación integral. Hoy no se exige pensar, sino producir. Y producir rápido.

Pensar, en el sentido fuerte, –filosófico y teológico del término–, exige tiempo. Exige demora y ocio contemplativo. Implica abrir un espacio interior donde las ideas puedan madurar, donde el pensamiento se torne plegaria silenciosa y pregunta abierta. El pensamiento que nace de la contemplación es lento porque es fecundo; no se somete fácilmente a los indicadores de rendimiento, a los plazos de las convocatorias ni a los formatos estandarizados de las publicaciones científicas. Es, más bien, un ejercicio de disponibilidad al misterio, una apertura al acontecer.

Einstein tardó más de una década en dar forma a su teoría de la relatividad. Su pensamiento no emergió de la prisa, sino de la paciencia de quien contempla los enigmas del cosmos hasta que estos se revelan. Del mismo modo, Miguel de Unamuno escribió El Cristo de Velázquez tras años de maduración interior, en un diálogo silencioso entre la fe, la poesía y la razón. Ambos ejemplos recuerdan que el pensamiento verdadero no se fabrica: se gesta. Su ritmo no es el del reloj, sino el del alma.

La academia contemporánea, sin embargo, parece haber olvidado esta dimensión esencial del pensar. Influida por una racionalidad tecnocrática, ha adoptado un modelo empresarial que mide la producción científica como si se tratara de una línea de montaje. En este contexto, se espera del profesor una entrega constante de artículos, capítulos, papers y proyectos de innovación, todos evaluables según criterios prefijados. El valor de un pensamiento ya no se mide por su verdad, su belleza o su fecundidad, sino por indicadores ajenos a la vocación que dio origen a la Universitas, esa casa del saber que debía custodiar la pregunta por el sentido.

Así, muchos docentes e investigadores producen con la celeridad que exige el sistema, auxiliados por herramientas de inteligencia artificial que ofrecen textos inmediatos, o mediante estrategias colaborativas que buscan multiplicar resultados: coautorías rotativas, publicaciones fragmentadas, proyectos conjuntos sin verdadera comunión de ideas. Más allá de sus implicancias éticas, estas prácticas revelan una adaptación acrítica al modelo neoliberal de universidad, donde importa más el número que el contenido, más el producto que el proceso, más los puntos que la verdad.

El resultado es una paradoja trágica: se produce más, pero se piensa menos. La inflación de publicaciones con escaso contenido sustantivo evidencia un pensamiento exhausto, sometido a la productividad. De ahí la ironía –dolorosamente cierta en los comentarios de pasillo– que muchos de estos productos “aunque sean chinos”, igual sirven: no importa su autenticidad ni su densidad epistemológica, sino que sumen en el currículum.

Esta lógica genera un agotamiento estructural. El filósofo contemporáneo surcoreano alemán Byung-Chul Han ha advertido que el sujeto contemporáneo no está reprimido, sino sobreexigido, devorado por la obligación de producir sin pausa, sin el espacio del descanso, el tedio fértil o la contemplación. En el ámbito universitario, esta sobrecarga impide a muchos docentes y estudiantes vivir la universidad como lugar de encuentro que, finalmente le dé verdadero sentido a sus miembros. Por el contrario, la comunidad de pensamiento se disuelve en una red de métricas, informes y gestores que la convierte en un ambiente árido y sin forma.

Recuperar el pensar como acto contemplativo y transformador es hoy una urgencia espiritual y cultural. No se trata de rechazar la evaluación ni de idealizar el pasado, sino de recordar que la tarea del pensador, y por extensión del académico, es buscar la verdad con rigor, libertad y profundidad, no la de fabricar productos.

En esta tarea, la demora no es un defecto: es la condición de lo auténtico. El silencio, lejos de ser vacío, es el umbral donde el pensamiento se vuelve fecundo. Como escribió la filósofa y mística francesa Simone Weil, “la atención, que es la forma más rara y pura de generosidad, es la primera condición del pensamiento auténtico”. Quizás ha llegado el momento de recordar que ese lugar de atención, de lentitud y de verdad, sigue siendo la vocación más honda de la Universidad.