Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Wikimedia Commons
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El ajuste cercano al 3% en el presupuesto de varios ministerios, incluido el de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, encendió alarmas, evidenciando la dependencia del sector cultural chileno del financiamiento estatal. Años de apoyo del Estado han creado fragilidad en un modelo poco diversificado en sus fuentes de ingreso, dejando proyectos sin ejecutar y organizaciones operando en incertidumbre. Se cuestiona por qué el sector sigue vulnerable y se destaca la necesidad de diversificar ingresos, aunque esto es complicado para muchas organizaciones. La confianza y transparencia se vuelven fundamentales, y se plantea la importancia de construir un sistema cultural equilibrado, donde tanto el financiamiento público como el privado sean pilares sólidos.
El recorte cercano al 3% en el presupuesto de distintos ministerios, incluyendo el de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, encendió alarmas. Pero poner el foco solo en esa reducción es, en el fondo, mirar el síntoma y no la enfermedad. Porque el verdadero problema no es el recorte: es la dependencia.
Durante años, el ecosistema cultural chileno se ha construido sobre una premisa silenciosa: que el Estado será siempre su principal —y muchas veces único— sostén. Fondos concursables, programas públicos y convenios han permitido el desarrollo de proyectos valiosos a lo largo del país, especialmente en regiones donde el financiamiento privado es escaso o simplemente inexistente. Ese rol ha sido clave. Lo que hoy queda en evidencia, sin embargo, es la fragilidad del modelo.
En ese contexto, no es menor que el propio ministro Undurraga haya defendido el ajuste fiscal señalando que existiría un “gasto excesivo” en cultura. Más allá de lo discutible de esa afirmación, el mensaje de fondo es claro: el financiamiento cultural está sujeto al vaivén de las prioridades fiscales y a las narrativas del momento. Y en un sistema así, la incertidumbre no es la excepción, sino la regla. Cada ajuste presupuestario se traduce en lo mismo: proyectos que no se ejecutan, equipos que se reducen y organizaciones que operan sin horizonte.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿por qué el sector cultural sigue funcionando con un nivel de dependencia que lo hace tan vulnerable? Parte de la respuesta está en la historia, pero otra —menos cómoda— está en la falta de urgencia por cambiar. Durante demasiado tiempo, diversificar ingresos no fue una prioridad real.
Hoy eso comienza a moverse, aunque más por necesidad que por convicción. Algunas organizaciones están explorando alianzas con el sector privado, filantropía o cooperación internacional, mientras otras intentan generar ingresos propios. Pero no todas están en condiciones de hacerlo. Para muchas organizaciones territoriales, este giro no solo es difícil, sino que bordea lo inviable. El resultado es un ecosistema desigual, donde la capacidad de adaptación depende más de las herramientas disponibles que de la voluntad.
A eso se suma un factor que no puede ignorarse: la confianza. Casos como el “Caso Convenios” no solo tensionaron la relación con el Estado, sino que también instalaron dudas en la opinión pública. Hoy, hablar de financiamiento sin hablar de transparencia y rendición de cuentas es simplemente insuficiente. Sin legitimidad, no hay diversificación posible.
Pero reducir el debate a una elección entre Estado y privados es simplificar demasiado el problema. La cultura no puede depender exclusivamente de uno, pero tampoco puede sostenerse sin él. El desafío es construir un sistema más equilibrado, donde el financiamiento público siga siendo fundamental, pero no la única base que sostiene todo el edificio.
Porque cuando esa base se debilita, todo el sistema queda expuesto.
El recorte actual va a pasar. Como han pasado otros. Lo que no va a desaparecer es la pregunta de fondo: si queremos un sector cultural que sobreviva en función del presupuesto de turno o uno que tenga la capacidad de proyectarse en el tiempo.
Seguir evitando esa discusión también es una decisión.
Y sus consecuencias ya están a la vista.
Álvaro Merino Montaner
Por Álvaro Merino Montaner
Consultor Estratégico de Cultura.
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