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La fotógrafa chilena Rocío Aguirre, reconocida por su trabajo en campañas de moda para marcas como Jacquemus, Mango y Bimba y Lola, así como en publicaciones de Vogue, GQ y Vanity Fair, revela detalles de su vida en Madrid, donde reside desde 2019. Tras convertirse en madre y volver al trabajo, refleja su experiencia con un rodaje publicitario de siete días, mientras cuenta anécdotas como su colaboración con futbolista Arjen Robben en una campaña de Doritos. Con siete años en la capital española, destaca la evolución en su enfoque fotográfico y su nuevo proyecto sobre la lactancia. Además, revela su próximo libro basado en diarios personales y reflexiona sobre su trayectoria desde sus inicios en Concepción hasta fotografiar artistas emergentes en la escena musical chilena.
La fotógrafa Rocío Aguirre nació en Concepción y hoy vive en Madrid, donde este año fue madre junto al cantante C. Tangana.
Campañas para Jacquemus, Mango y Bimba y Lola. Publicaciones en Vogue, GQ y Vanity Fair. En 2025, Forbes Women la incluyó entre las 50 latinas a seguir. Hace casi cuatro meses nació su primer hijo junto al músico madrileño Antón Álvarez, más conocido como C. Tangana. Entre campañas de publicidad, editoriales de moda y un proyecto personal sobre la maternidad, la fotógrafa chilena Rocío Aguirre responde desde Madrid esta entrevista para BioBioChile.
Unos días antes había contestado el mensaje con una frase breve, casi como si hablara con alguien de la casa: “Me encantaría. Aguante BioBio. Mi ciudad natal”.
Madrid acababa de celebrar el Mundial de 2026, ganado por España tras vencer 1-0 a Argentina en la final. Rocío, que vive en la capital desde 2019, apenas alcanzó a enterarse. Acababa de volver al trabajo después de convertirse en madre y la esperaba un rodaje publicitario de siete días.
-¿Celebraste el triunfo de España?
“No, no lo celebré. O sea, bacán por mi pololo, pero en realidad no lo celebré porque justo me incorporé al trabajo hace poco. Esta semana tenía un rodaje de publicidad. Yo hacía la foto fija, pero era de estos rodajes que van a la par: estuve haciendo foto y también estaban haciendo el comercial. Entonces eran jornadas de 15 horas, durante siete días seguidos, y encima mi guagua está tomando teta. Entonces dije: ‘Me voy a dormir a las ocho porque mañana me vienen a buscar a las cinco’. Estoy priorizando mi sueño lo más que puedo o, si no, no soy persona”.
-Llevas siete años en España. ¿Qué es lo que más ha cambiado en ti como fotógrafa?
“Decidí hacer moda, las cosas que me gustan a mí, que puedo generar por mi cuenta; y hacer publi para ganar la plata. Y aunque la publi sigue siendo publi, no son cosas que me gusten. Justo antes del parto hice unas fotos para Doritos (la campaña La bienvenida más cálida, de la marca Flamin’ Hot de Sabritas). Y, claro, es publi bruta: un futbolista con una bolsa de Doritos en la mano, con el Bernabéu de fondo”.
-¿Qué futbolista?
“Era un exfutbolista que se llama… ¿Cómo se llama? ¿Robben?”.
-Arjen Robben. ¿El holandés? ¿Y qué hacía Robben ahí? Una figura histórica del fútbol mundial.
“No tenía idea. De hecho, cuando le conté a mi pololo me dijo: ‘¡¿Quéee?!’. Yo le dije: ‘No sé quién es…’. Y en la grabación decían que México había perdido un partido de un Mundial (2014) por un penal que le hicieron a Robben o algo así. Entonces, en México le hacían una bienvenida y lo enchilaban. Le daban unos Doritos muy picantes”.
-¿Cómo fue trabajar con Robben?
“Era demasiado buena onda, superdispuesto. Tenía que hacerse fotos agarrando un paquete de Doritos y comiendo de mil formas, todo en medio del rodaje. Y tuvo siempre superbuena disposición, con una sonrisa todo el rato, saludando y conversando con todo el equipo. Cero creído”.

Siete años en Madrid
Llegó a Madrid con la idea de abrirse paso en la fotografía de moda. Siete años después, reconoce que la experiencia le dio otra confianza para enfrentar su carrera. “Me siento más segura de mi trayectoria. Al principio tenía que llegar, demostrar quién era y hacerme notar en todo. Ahora siento que ya me llaman por mi trabajo y estoy mucho más tranquila”.
-¿Qué cambió en ti para llegar a esa tranquilidad?
“Hago las cosas sin tomármelas tan a pecho. Todo el rato trato de pensar que esto no es mi vida, que esto es parte de mi vida, que esto no es el equilibrio. Trato de pensar en eso. El otro día una asistente me decía que, cuando se estresaba, pensaba: ‘Ándate al Stradivarius, ándate al Zara’”.
-¿Y tú dónde encuentras ese equilibrio?
“Lo encuentro en mi gente. Ahora están mis amigos cercanos aquí y tengo de nuevo esa idea de familia. Al principio llegué sola, no tenía nada, no conocía a nadie, y era muy difícil sentir esa bajada a tierra. Siento que he logrado tener esa sensación de familia y es lo que al final me trae esa paz. Decir: ‘Ya, hoy día comamos completos’”.
-Hace poco tiempo hiciste un proyecto sobre la lactancia.
“Las cosas me van apasionando según el momento. Cuando recién había parido y me costó mucho la lactancia, dije: ‘Quiero hacer un proyecto sobre la lactancia, porque las mujeres no sabemos todo lo que pasa. Lo difícil que es’. No es eso de ‘me pongo la guagua en la teta y sale la leche’. Hay todo un proceso. Empecé a hacerlo, pero después dije: ‘Uf, no tengo tiempo’. Lo haré más adelante”.
-¿Qué te interesa mostrar sobre la maternidad?
“Creo que hay dos posiciones: demonizarla o romantizarla. No hay un punto medio de decir: ‘Sí, soy mamá, también trabajo y también tengo una vida’. No hay esa naturalidad. Está el lado que casi convierte la lactancia en una secta de crianza, y también el que dice: ‘Esto es una mierda, se te va a romper el pezón, te va a salir sangre’. Sí, puede pasar, pero tampoco es tan tremendo”.

Los diarios de Rocío
En 2020 publicó Helados, un fotolibro nacido de años dedicados a retratar esculturas de helados en distintos lugares del mundo. Después vino Rocío 2008-2022, donde reunió catorce años de imágenes de su propia vida. Ahora prepara un nuevo libro que retrocede todavía más en el tiempo: construido a partir de sus diarios personales, escritos entre los ocho y los veintiún años, será -según ella misma admite- el proyecto más íntimo de toda su carrera.
“Le pedí a la Cami Gutiérrez que me hiciera la tutoría porque es superdifícil hacer un libro que no sea novelado y con diarios de vida. Fue supercomplicado, porque son los archivos reales, acompañados de fotos que yo tenía de mi familia y de otras que empecé a hacer en la época del Fotolog”, cuenta a BioBioChile.
-Me imagino que en este nuevo libro aparece tu camino hacia la fotografía.
“Sí, pero en realidad solo hablo de amor”.
-¿De amor?
“Es superpersonal y me da caleta de miedo sacarlo porque, aunque el alcance que tiene un fotolibro es súper de nicho comparado con, no sé, ponerse en un video, sí tiene mucha cosa de mí, de mi familia, de todos los issues. Tú puedes leer eso y hacerme un perfil sicológico’”.
-¿Cómo surgió la idea de publicar algo tan personal? Tú siempre has sido más bien hermética.
“Llevo haciendo cosas sin querer mucho tiempo y, de repente, digo: ‘Oh, acá hay algo’. Con el libro anterior me pasó que hice fotos de mi vida durante un montón de tiempo, unos 14 años, y de repente tenía un baúl lleno de fotos impresas. Y con los diarios de vida es un poco parecido. ¿Por qué los guardo? Nadie los guarda. Mis mejores amigas me dicen: ‘Yo los quemé’, ‘Yo los dejé en la casa de mi papá’, ‘Se perdieron’. Y llega un punto en que siempre creí que iba a hacer algo con ellos, porque son supergráficos, tienen mucha cosa pegada”.

Antes de que todo explotara
Mucho antes de fotografiar campañas de moda en Europa, Rocío pasaba las noches en tocatas y camarines. Retrató a artistas como Polimá Westcoast y Young Cister cuando todavía estaban lejos de los escenarios multitudinarios, y acompañó desde el comienzo la carrera de Lizz, también oriunda de la Región del Biobío, con quien trabaja desde el lanzamiento de su primer EP, Imperio Vol. 1, en 2016. Sin proponérselo, fue testigo desde adentro del nacimiento de una escena que pocos años después cambiaría la música chilena.
-Mucho antes de que el trap chileno se masificara, ya estabas haciendo fotos de Polimá Westcoast, Young Cister, Ceaese. ¿Cómo veías esa escena desde adentro?
“Veía que había un talento que todavía no explotaba, y me encanta pensar que también fui parte de eso. Yo empecé haciéndole fotos a Tronic cuando tenía 13 años. Iba a todas las tocatas, era súper fan, me hice amiga de ellos y empecé a ser parte de la crew. Era como Almost Famous, un poco, como el protagonista de esa película. Me iba con ellos de gira y me di cuenta de que, en realidad, quería estar cerca de eso. Era tan tímida que no sabía cómo ser parte sin tener un talento como el de un músico. Y descubrí la fotografía, que era una cosa silenciosa: no necesitáis llamar la atención, estás al lado observando, pero con permiso”.
-¿Imaginabas que el trap chileno iba a llegar tan lejos?
“No. Y tampoco creo que sea tan consciente de hasta dónde ha llegado. Me fui de Chile justo antes de que explotara y acá tampoco se entiende muy bien la repercusión que tiene. Sé que les ha ido bien porque viajan mucho. Young Cister vino hace un par de meses y fui a verlo. Llenó la sala y tampoco hay tantos chilenos para llenarla, así que tiene que irle bien. Ahí dije: ‘Qué bacán’. Me siento orgullosa.”

Todo empezó en Concepción
En su familia, el trabajo siempre tuvo una forma muy definida. Su madre era secretaria y su padre trabajaba en publicidad, aunque muy lejos del mundo creativo que ella terminaría por habitar: hacía campañas para empresas como Homecenter. “En mi familia siempre estuvo esa idea de que el trabajo dignifica al hombre”, recuerda. Cuando decidió dedicarse a la fotografía, la reacción no fue precisamente de entusiasmo. “Toda mi familia estaba en contra de que yo fuera fotógrafa”.
-¿Cómo era el lugar donde creciste?
“Mis papás se cambiaban mucho de ciudad, así que mi vida siempre fue muy nómada. Fui a diez colegios porque nos cambiábamos todo el rato. Nací en Concepción, a los 3 años me fui a Puerto Montt, después a Santiago y luego volví a Concepción. En Chiguayante viví como seis años, que fue donde más tiempo estuve, pero después también viví en el centro de Concepción, en el sector ferroviario”.
-¿Esa infancia aparece en tu fotografía?
“Lo he pensado mucho ahora con este proyecto del libro, porque he tenido que mirar todos mis diarios. Creo que la falta de cosas para hacer en Concepción me hizo ser más creativa. No había galerías, no había museos. Todo lo de Los Tres ya había pasado; se habían ido. En mi época había bandas ultraemergentes que hacían conciertos por 500 pesos, una huevá muy under. Entonces necesitaba entretenerme de alguna forma”.
-¿Qué fotografiabas en esa época?
“Había algunos autorretratos, partes del cuerpo y también fotos de mi familia. Le decía a una tía: ‘Píntate la boca y los ojos como tú quieras y ponte aquí’, y quedaba todo muy Almodóvar”.
-Tus fotos transmiten cierta cercanía. ¿Cómo logras que las personas se olviden de la cámara?
“Cuando son proyectos más personales, trato de juntarme un poco antes o de conversar mientras están maquillando a la persona o preparando todo. Intento que no sientan que los están entrevistando o fotografiando. Yo todavía me pongo súper nerviosa frente a una cámara, y me dedico a esto. Es intimidante, sobre todo si no estás acostumbrado. Entonces trato de conversar, encontrar algo en común, aunque sea mínimo. Soltarme yo primero y mostrar cercanía para que la otra persona sienta una conexión. Y no siempre se logra. La mayoría de las veces funciona porque tampoco quedas como desinteresado ni como fan, que son las dos cosas que pueden joder algo”.
-¿Alguna vez le has pedido una selfie a alguien que admiras?
“No, jamás le pido fotos a los famosos. Me parece superincómodo e innecesario. Sí les he dicho alguna vez: ‘Oye, me encanta tu trabajo’. Les digo que los admiro, pero no hago el momento fan. Al final me pasa mucho con Pucho (su novio), que le piden fotos en la calle y digo: la cagó que la gente no quiere tener la foto; es como si fuera una lámina coleccionable. Se hacen la foto con él, la miran al momento y se van caminando y mirando la pantalla. Es rarísimo. O de repente te interrumpen comiendo. Estás en un restaurante y llegan a decirte: ‘Oye, ¿me puedo hacer una foto?’. Y tú con el tenedor en la boca. Jajaja, no es el momento”.
-¿Hay algún trabajo que sientas que marcó un punto en tu carrera?
“Me meto en un bucle y hago muchas cosas. Estoy tan activa que no me celebro mucho los trabajos. Hay pocas cosas que me hacen sentir orgullosa de mí misma, justamente porque hago mucho. Pero la última fue el año pasado, cuando trabajé para Jacquemus (la marca francesa de moda fundada por Simon Porte Jacquemus). Fue muy heavy porque es uno de mis diseñadores favoritos. Había ido a un desfile y, de repente, terminé haciendo fotos para una cápsula de Fórmula 1 en Mónaco. Ahí fue como: ‘Oh, hueón, lo logré. Llegué, llegué’”.
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