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Ricardo Lagos: mi mayor influencia política

Stringer | AFP
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Sin duda, Ricardo Lagos ha sido la persona que más me ha influenciado en política.

De hecho, me motivó a salirme de ella.

Permítanme contarles desde el principio. Desde mis primeros años de Universidad, yo era un acérrimo concertacionista de corazón (oh, inocente juventud). Y cuando digo de corazón no exagero: recuerdo un documental que tenía grabado en una cinta VHS con el triunfo del NO. Cada vez que lo veía… me caían las lágrimas.

Reconocerlo en aquellos tiempos era menos indigno. A mediados de los 90, aún estábamos embriagados de entusiasmo por la recuperación de la democracia y conocí a buenas personas ligadas a la política. Personas que realmente creían en lo que estaban haciendo y cuyo ejemplo de servicio público me motivó, incluso, a inscribirme en el PPD.

(No se horroricen. La verdad, nunca estuve registrado. Como averigüé años después cuando fui a renunciar en la oficina del Servicio Electoral, el partido NUNCA tramitó mi ficha de inscripción. Eso les dice bastante de su eficiencia en el funcionamiento).

Pero aquellos eran los tiempos en que uno participaba en política porque creía en ella; no porque le pagaran.

Precisamente, fue durante la campaña de Ricardo Lagos, tanto a primarias como después, en la primera y segunda vuelta presidencial, la última vez que participé como proselitista.

Yo ya sabía de Lagos por su conocida afrenta al general Pinochet durante la franja del NO. En una época en que el miedo aún estaba instalado entre la gente, el abogado y economista se había atrevido no sólo a interpelarlo directamente por su rol en las violaciones a los derechos humanos, sino a apuntarlo con el dedo, situación que dio origen a la frase de “el dedo de Lagos” y le dio fama de hombre fuerte.

Sólo por eso, para mí era un ídolo. Hasta me leí su biografía.

Canal 13

Canal 13

La primera vez que lo vi en persona -y en realidad, la única- fue cuando vino a Concepción para un acto durante las primarias que lo enfrentaban al abanderado DC, Andrés Zaldívar. Yo estaba en las oficinas del Partido Radical en la esquina de Barros Arana con Aníbal Pinto esperándolo, pues debíamos reportear un discurso que daría desde la terreza, como parte de un trabajo para la Universidad.

De pronto, su figura apareció por el pasillo del edificio camino al estrado. Fue como si lo rodeara un halo de divinidad (bueno, las luces de los camarógrafos contribuían). Lagos pasó y nos saludó a todos dándonos la mano, militantes, periodistas o aspirantes a periodistas.

Si para mí aquel gesto fue un momento mágico, lo que siguió me electrizó.

Mientras le hablaba a sus partidarios del PS y el PPD desde aquel amplio balcón, un grupo de jóvenes de la Democracia Cristiana llegaron a “trollear” desde una de las calles gritando consignas, caldeando los ánimos y amenazando con armar una trifulca de proporciones.

Entonces Lagos, con su carácter avasallador, les habló fuerte y directamente. No recuerdo sus palabras exactas, pero les recordó que eran compañeros de coalición, que habían luchado por la democracia juntos y que la grandeza del país dependía de la Concertación unida.

Yo estaba extasiado. Y no era el único: hasta los propios DC terminaron aplaudiéndolo. No fue extraño que Lagos derrotara a Zaldívar con facilidad.

Lo siento, no puedo dejar de ver esta foto...

Lo siento, no puedo dejar de ver esta foto...

Invertí mi verano de cambio de milenio junto a un grupo de compañeros de universidad haciendo campaña por Lagos. Hicimos puerta a puerta, recorrimos barrios, salimos en caravana e incluso nos montamos sobre un bote con banderas para recorrer la playa de Dichato. Sí, Lagos debía ser presidente, y nos aterraba que un zoquete como Lavín -cuyo mayor mérito era recorrer Chile disfrazado de Aymara- pudiera ser electo.

Por Lagos tuve también mi primera pelea callejera (y la única). Por nuestro barrio solía pasar una pareja de gorilas contratados por el comando de la Alianza pegando mecánicamente adhesivos de propaganda en cada poste y señalización que encontraran, los que por supuesto, mis hermanos y yo sacábamos sin falta momentos después.

Un día, los sujetos nos sorprendieron y nos alegaron que si la propaganda no estaba, no les pagaban. El asunto escaló en una discusión sin sentido desde ambas partes hasta que sentí algo como un mazazo y luego me descubrí tendido el suelo.

De no haber mediado mi hermano, las consecuencias podrían haber sido peores. Para mí.

Pero yo creía en Lagos. Creía en sus promesas y en lo que estábamos construyendo. Un puñetazo en la cara era un precio bajo a pagar por los cambios que venían para el país.

Y Lagos resultó electo. Apenas con un 51% versus el 49% de Lavín. ¡Habíamos ganado!

Pero… ¿quienes habían ganado en realidad?

En los primeros años de su Gobierno parecía que Chile estaba destinado a convertirse en un país desarrollado. Lagos era aquel presidente con talante de estadista, como los antiguos, que muchos habíamos soñado. Quien hablaba con la misma autoridad e inteligencia sobre historia, educación o tecnología. El que incluso a la derecha dejó admirada en 2004 cuando durante la Cumbre de Monterrey, hizo callar al presidente boliviano Carlos Mesa al ofrecerle “restablecer relaciones diplomáticas aquí y ahora”, mientras este recitaba su sempiterno reclamo de salida al mar.

Fue Lagos quien prometió aquella obra maestra de ingeniería que sería el puente sobre el canal de Chacao. Quien volvería a llevar el tren hasta Puerto Montt. Y quien revolucionaría el transporte en la capital con aquel ambicioso plan llamado… Transantiago.

Sí, Lagos parecía capaz de vencerlo todo. Salvo su propio ego.

Pronto, un tufillo comenzó a salir de La Moneda. Se destapó el caso MOP-Gate, la relación incestuosa entre la Corfo e Inverlink y el saqueo de lo poco que quedaba de Ferrocarriles del Estado (EFE). Para mí, aquellos fueron golpes más duros que el puñetazo que recibí durante la campaña. ¿Cómo podían los mismos héroes de la democracia, los valientes que lucharon contra la Dictadura, estar robando dinero del Estado?

Se suponía que “nosotros” éramos los “buenos”.

Mi inocencia acabó de perderse completamente durante una entrevista a Camilo Escalona en TVN. Allí, ante las preguntas de Mauricio Bustamante, el líder del PS no supo explicar mejor la seguidilla de escándalos que con un gráfico que había preparado a la sazón, donde mostraba que en los gobiernos de la Concertación se había robado mucho menos que durante el Régimen de Pinochet.

Allí donde esperaba un mea culpa o el anuncio de una investigación implacable, la excusa de “mi” gobierno era que ellos habían robado menos que un Dictador. Genial.

Aquella sólo sería mi primera desilusión.

Mi Primer PC

Mi Primer PC

2005 me sorprendió en Santiago, trabajando para la revista Mouse de La Tercera como periodista de tecnologías. Por aquel entonces ya estaba bastante distanciado de la política, pero aquel año, el anuncio del programa Mi Primer PC marcó mi divorcio definitivo.

Con bombos y platillos, un sonriente Ricardo Lagos anunció este programa como un audaz plan social para que las familias más vulnerables pudieran tener acceso a la tecnología, con un computador y conexión a internet de bajo costo. La verdad, como supimos más adelante, era que la agenda tecnológica del gobierno estaba tan atrasada que cedieron de inmediato ante la oferta concertada de empresas como Microsoft, Intel u Olidata, para realizar un verdadero “raspado de olla” de su inventario.

No en vano se le rebautizó en foros de usuarios como “Mi Primer Water”. Un día, en una tienda Paris, vi que los vendedores -hartos de los reclamos- habían escrito sobre una carpeta de documentos “Mi Primer Cacho”.

Cuando vio la escena, un agudo colega de LUN me dijo “Lagos se convirtió en el mejor vendedor de las empresas”. Y exactamente así fue. Contrario al temor de campaña sobre el primer presidente socialista tras Allende, el empresariado se enamoró de Lagos. Lo aclamaban en Casapiedra. Ningún otro mandatario desde Pinochet había hecho tanto por ellos. Incluso algunos propusieron modificar la Constitución para que pudiera ser reelecto.

Nosotros no nos quedamos sólo en el reclamo. Con un pequeño grupo de amigos cercanos a la tecnología, gestionamos con otras empresas la venta de un PC de mucho mejores prestaciones al mismo precio, más digno, sólo con la afán de demostrarle al gobierno que con un poco de trabajo se podían lograr cosas mejores para la gente.

Cándidos, fuimos a una reunión con el Ministro de Economía de aquella época para mostrarle nuestra propuesta. El sujeto lo miró fingiendo interés, jugueteó un poco y lo encontró “lindo”. Quedaron de llamarnos.

Grande fue nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de que habíamos sido utilizados. Una supuesta foto institucional fue repartida a la prensa para “demostrar que el gobierno escuchaba a los ciudadanos”… pero que era impracticable. Muchas gracias.

La situación nos indignó tanto que terminamos montando nosotros mismos una cadena de ventas, en el marco de la campaña “Mi Primer PC… ¡Pero de Verdad!”. Nunca ganamos un solo peso por aquella gestión, sin embargo recibimos cartas hermosas de familias que lo adquirieron y pudieron ingresar al mundo de la computación por primera vez, sin frustraciones.

Sebastián Beltrán | Agencia Uno

Sebastián Beltrán | Agencia Uno

Hacia el final del gobierno de Lagos, las relaciones con la ciudadanía que alguna vez tanto lo amó se habían quebrado. Quedó demostrado en un par de actos públicos donde el mandatario, al ser interrumpido en sus alocuciones por manifestantes, reaccionó indignado ordenando el desalojo de los impertinentes.

Creo que Pinochet habría estado orgulloso.

Pero no fue sólo hasta que traspasó la banda presidencial a Michelle Bachelet que se conoció el verdadero alcance de sus desaciertos. Los dineros de EFE jamás aparecieron (y el tren tampoco), el puente sobre el canal de Chacao se canceló (hasta ser reflotado por el gobierno de Piñera) y el Transantiago se convirtió en la mochila más pesada que le pudo traspasar no sólo a su sucesora, sino a todos los capitalinos.

No sería la primera zancadilla que le hizo a su ex ministra de Salud y Defensa. El año pasado en medio de la mayor crisis del segundo gobierno de Bachelet, Lagos realizó una insólita conferencia de prensa en el palacio de La Moneda, en lo que evidentemente era un intento de posicionarse como carta presidencial y salvador de la Nueva Mayoría a costa de la Mandataria.

Un conocido mío que en sus tiempos fue un personero de gobierno -de los buenos- y hace años se exilió a la empresa privada asqueado de esas actitudes me confidenció: “Eso no se hace. Eso fue una mariconada”.

Yo no podría repetir sus mismas palabras.

Tengo mucho por lo cual agradecer a Ricardo Lagos Escobar. Sobre todo por abrirme, aunque fuera de la peor forma, los ojos sobre la política. Que jamás se debe ser incondicional a un político o una colectividad. Que todo lo que la rodea debe analizarse de forma crítica. Es algo que jamás he olvidado.

Muchas gracias, señor Lagos.

Christian F. Leal Reyes | facebook.com/christianleal
Periodista
Director de BioBioChile

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