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La muerte, los féretros y los trabajos olvidados del colegio

Ben Dibble (cc) | Flickr
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Creo que el primer acto de madurez que tiene un ser humano es cuando toma conciencia de la muerte, cuando entiende que nada es eterno, que nada dura para siempre y cuando logra dimensionar que esa persona dentro de un cajón no está durmiendo. Está simplemente muerta.

Mi primer contacto con la muerte del que tengo recuerdo fue cuando tenía como 6 años, el velorio de un familiar de mi abuelo. Tengo imágenes vagas que deambulan por mi mente: un cajón café, cuatro luces, muchas flores, un olor raro que no había percibido, gente rezando alrededor. Afuera, debajo de un parrón, unas mesas con mantel blanco y muchos vasos de vino. Con otros niños, juntamos los conchos y… ¡Zap! No recuerdo más.

A los 10 años murió mi abuelo paterno y viajamos con mi madre al velorio. Poco me acuerdo de eso, pero creo que me molestó que mientras unos lloraban, otros reían a carcajadas afuera de la casa.

Después, a los 13 años, murió mi “Tata Ernesto”. Ese sí me dolió porque fue mi padre, mi ejemplo, fue el que me crió. Alcancé a llegar corriendo del colegio antes que sellaran el féretro. Posteriormente murieron mi madre y mi tía, y claro, fue doloroso, pero ya había tomado conciencia de qué era la muerte; ya sabía de qué se trataba.

Creo que la muerte y todo lo que la rodea está supeditada a las costumbres culturales de cada pueblo, y esas costumbres van cambiando según la zona geográfica, según las distancias, según los estratos socioeconómicos. Los velorios de provincia se realizan en las casas, se arregla el living y allí se reciben a los que acompañarán a la familia. Los velorios se transforman en verdaderos “eventos sociales”.

Esos primos que no se veían hace años se intercambian teléfonos y se hacen las típicas promesas de que “al finado le gustaría que nos juntáramos más seguido, no perdamos el contacto, al final somos familia”, etcétera, etcétera. Llegan amigos y vecinos, no falta el que lleva una guitarra. Total, “al muerto le gustaba la musica”. Para pasar la noche el vinito navegado, el buen brasero en el patio y las mujeres pelando a la prima que llegó con minifalda y los hombres tratando de adivinar si está soltera.

En las grandes ciudades, velar a un familiar en la casa es “muy de clase media”. Es más cómodo y fácil mandar al finado a una capilla que se cierra a las 23:00 horas. Aunque también es verdad que, con las casas de ahora, si metes un féretro al living debes sacar todos los muebles a la calle.

Fui bombero muchos años, especialista en rescates. Vi mucha gente morir, adultos, hombres, mujeres y también niños. Más de alguno murió en mis brazos. Por eso mi relación con la muerte es como cercana, es como si fuéramos amigos, o conocidos. Es como esa persona que te cae mal y que siempre se te aparece en un bar, en la feria, en la calle, en el supermercado… y te saluda irónicamente como diciendo “aquí estoy otra vez”.

Descanso eterno, irse a la diestra del Padre, caer en el sueño final, son algunos de los eufemismos que usamos para decir que te mueres. Y cuando ese momento llega, en las circunstancias que sean, de forma trágica o producto de una enfermedad prolongada, estemos o no preparados, difuntos y deudos, el ritual es el mismo. Un cuerpo inerte depositado en un féretro (carísimo, por lo demás), rodeado de flores, música, rezos, llantos y recuerdos del finado. Luego al cementerio, tumbas de tierra, nichos, mausoleos, algunos crematorios.

Después, en la intimidad que nos permite la soledad de nuestro entorno, cuando empiezas a ordenar la ropa del difunto, sus cosas, sus recuerdos, comienzas a darte cuenta de lo que ha pasado. Finalmente, en cada figurita del velador, en cada cuadro de la pared, en cada rincón de esa pieza había algo de ti. Todos los recuerdos y las cosas del finado están ligadas de una u otra manera a ti. La figurita del elefante se la habían regalado cuando justo tú te caíste de un árbol. El cuadro de la pared lo trajiste de tus últimas vacaciones y ni te acordabas, hasta ese momento.

Todo comienza a tener sentido, te das cuenta que lo que para ti fue un trabajo del colegio de hace 20 años, para esa persona era un tesoro. Y encontraste el típico fosforero o lapicero de palos de helado o una manos pintadas en una hoja que te hacen pensar en que alguna vez fuiste niño y te das cuenta que toda su vida giraba en torno a ti.

La muerte es egoísta y nos enseña también a serlo. Recién en ese momento, cuando ese ser querido se va, recién ahí pensamos en lo mucho que nos va a hacer falta, en cuánto vamos a sufrir. Todo comienza a girar en torno a nosotros mismos, y no somos capaces de pensar en que nuestro difunto ya no tendrá que pagar deudas, no pasara frío ni calor, no tendrá problemas, ni nada. Simplemente se murió.

Hay culturas que ven la muerte como un paso, como una transición, como un viaje, incluso algunos la celebran. La muerte debe ser tomada como parte del proceso natural de la vida, aprender a disfrutar porque, desde que nacemos, todos traemos fecha de vencimiento.

Dicen que la muerte esta tan segura de su victoria sobre nosotros, que nos da toda una vida de ventaja.

Descansa en paz.

Francisco Ovalle, Radio Bío Bío en Valparaíso y Viña del Mar.

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