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El hombre que no tiene Twitter, no puede tener opinión

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De un tiempo a esta parte Twitter se ha transformado en un nicho importante para compartir información a una velocidad vertiginosa y que ha pasado a formar parte importante dentro del universo de las comunicaciones online.

Tanto así que es imperativo para los medios de comunicación mantener una cuenta en esta popular red social, como también lo es para los personajes públicos, empresas y organizaciones.

Según un estudio realizado por la Universidad Diego Portales, el segmento ABC1 es el que más utiliza esta red social con un 78%, mientras que al momento de consultar la motivación, asoman como principal acicate el mantenerse informado con un 45%, mientras que un 25% busca debatir y expresar opinión.

Como conclusiones, el estudio plantea que Twitter “es una red social de adultos jóvenes de clase alta”, a lo que se agrega que “es utilizado principalemente para mantenerse
informado”.

En ese sentido, que claro que esta red social no es tan representativa, pues un pequeño grupo denominados “influyentes” son los que opinan, mientras que el resto sólo replica esos puntos de vista, generándose un fenómeno que los cientistas sociales intentaron encasillar en la teoría del “espiral del silencio”.

Según la alemana Elisabeth Noelle-Neumann que dio a conocer esta teoría, el “espiral del silencio” postula, en términos bastantes simples, en que la mayoría sigue la postura de una minoría ante el miedo a ser aislado por pensar distinto.

Si bien esta teoría data de 1977 y el factor preponderante era la televisión como generador de opinión, creo no equivocarme que Twitter como red social es actualmente el que determina el clima de opinión en la población. La ecuación es tan simple como que los temas más comentados determinen las agenda noticiosa.

En consecuencia, si bien mi intención no es renegar de una red social muy útil en el flujo casi instantáneo de la información, es necesario guardar ciertos resguardos al momento de tomar como referencia al sitio de microblogging en lo que respecta a la opinión.

Todos tenemos derecho a opinar, y a mi juicio es una sana actividad para el desarrollo de una democracia. Sin embargo, el tener derecho a una opinión no equivale a ser influyente para que sea válida, al contrario, mientras más alejada del pensamiento de unos pocos, tanto mejor.

No sólo Twitter es la vía de la opinión, también lo es cuando se debe acudir a votar y por consiguiente surge la interrogante ¿Cuántos de los tuiteros están inscritos en los registros electorales?

Es fácil hablar desde una cuenta virtual que a veces es dirigida desde el anonimato, pero lo concreto es que al momento de la verdad sólo importa lo que las convicciones dicten, porque la vida cotidiana no es sólo conseguir y/o mantener “followers”.

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