Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.
La historia de la envenenadora serial Yiya Murano, que operaba en Argentina en los años 70, se asemeja a las estafas piramidales actuales. Convencía a mujeres de entregarle dinero prometiendo altas ganancias, pero en realidad las envenenaba con cianuro en sus tardes de té. Una nueva película documental de Netflix revuelve el caso, destacando cómo la criminal se benefició de un contexto social propicio.
A la hora del té, la mujer le colocaba cianuro a sus conocidas. En pocas semanas, mató a tres de ellas. Una nueva película documental en Netflix repasa su caso, que abarca sus motivaciones, la estancia en prisión y su posterior fama como celebridad mediática.
La historia de la envenenadora serial Yiya Murano tranquilamente puede adaptarse a los tiempos que corren. En los años 70, en pleno auge de la llamada “plata dulce” en Argentina, la mujer construyó un sistema de confianza, promesas de ganancias extraordinarias y vínculos personales, algo que hoy se define como estafa piramidal o ponzi. La diferencia es que su caso terminaba en la muerte.
La escalofriante trama, una de las más comentadas de la historia policial de Argentina, vuelve a circular a partir del reciente estreno de “Yiya Murano: muerte a la hora del té”, una película documental de alto calibre en Netflix.
Dirigida por el argentino Alejandro Hartmann y producida por el aceitado equipo detrás de “Carmel: ¿quién mató a María Marta?” y “El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas”, la propuesta repasa el expediente judicial e intenta ubicar a Yiya Murano como producto de un contexto social que hoy reaparece con otros códigos.
Las tardes de té con Yiya Murano y una dosis de cianuro
María Bernardina de las Mercedes Bolla Aponte de Murano, apodada como Yiya, pasó a la historia con el rótulo que la acompañó durante décadas: “la envenenadora de Monserrat”. Una referencia al barrio de la Ciudad de Buenos Aires donde se movía con naturalidad, entre reuniones sociales, préstamos informales y tardes de té.
Allí, en ese espacio cotidiano, Yiya convencía a amigas y conocidas de entregarle dinero con la promesa de retornos extraordinarios. Un circuito que, en apariencia, funcionaba: devolvía intereses, generaba confianza, ampliaba la red. Hasta que el sistema se tensaba. Y entonces, en lugar de colapsar, Yiya eliminaba el problema de raíz.
Entre el 11 de febrero y el 24 de marzo de 1979 murieron tres mujeres de su entorno: Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y su prima Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Todas habían confiado en ella para prestarle dinero. Y les pagaron con la muerte tras la ingesta de cianuro.
Por supuesto, el veneno no estaba en un arma grosera o visible, sino en lo que parecía un ritual cotidiano: el té de la tarde (la once chilena).
Durante años se instaló la imagen de las masitas (galletitas) como vehículo del crimen, aunque el expediente judicial indica con más fuerza a infusiones medicinales que Yiya recomendaba a sus víctimas. Bebidas amargas, capaces de disimular el sabor de un compuesto cuyo gusto suele asociarse a las almendras.
La mecánica exacta nunca terminó de establecerse con precisión absoluta. Pese a que los análisis toxicológicos ratificaron la presencia de veneno en las víctimas, la justicia trasandina nunca pudo determinar el método preciso empleado por “la envenenadora de Monserrat”. La investigación barajó múltiples hipótesis: desde el té hallado en la escena hasta infusiones o alimentos compartidos.
Lo que sí quedó claro fue el móvil. Yiya tenía deudas con sus víctimas y no quiso pagarlas.
Presa por poco tiempo y estrella de televisión
A Yiya la detuvieron el 27 de abril de 1979, casi un mes después del último asesinato. La investigación avanzó a partir de un elemento clave: un pagaré —documento con compromiso por parte del titular de abonar la plata— a su nombre encontrado en la casa de una de las mujeres fallecidas. Entonces, el círculo se cerró. Para los investigadores, no había dudas de que el esquema financiero era en realidad una estafa sostenida por vínculos personales.
También hubo sospechas de que la asesina no actuó sola. En el expediente judicial aparecen hipótesis sobre posibles cómplices: desde un médico que habría facilitado el acceso al cianuro hasta un entorno que conocía sus movimientos. Ninguna de esas líneas terminó de probarse de manera concluyente.
Yiya Murano finalmente fue condenada y pasó 16 años en prisión, tras una reducción de pena que incluyó la aplicación del “dos por uno”, una ley argentina de la época que computaba doble cada día de prisión preventiva tras dos años sin sentencia firme. La mujer recuperó la libertad en noviembre de 1995 y aprovechó a su favor la fama mediática derivada. Fue columnista en televisión, dio entrevistas pagas y hasta se sentó, en 2008, en la mesa de Mirtha Legrand, momento recordado en la sociedad argentina porque la animadora probó las masitas de Yiya entre chistes y gestos de preocupación.
En cada aparición, Yiya siempre se declaró inocente, manifestando, además, que había sido víctima de una conspiración. De hecho, dio lugar a versiones alternativas como mafias y complots. Como si siguiera escribiendo su propia novela policial, honrando a Agatha Christie, autora que supo leer con devoción.
En 2014, “la envenenadora de Monserrat” murió a los 84 años, sola, en un geriátrico. Sus restos quedaron en el Cementerio de la Chacarita, en la capital argentina, en un nicho identificado recién después por su hijo Martín, quien tomó distancia y llegó incluso a escribir sobre ella desde el rechazo.
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