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Oswaldo Zavala, profesor de literatura en CUNY, recuerda su encuentro con Roberto Bolaño en París antes de la muerte del autor. En entrevista con BBCL, Zavala describe la sorpresa de encontrar a Bolaño solo en una feria del libro y la amable personalidad del escritor.
Era a fines de marzo de 2003, y Oswaldo Zavala, se encontraba realizando su tesis doctoral en la Universidad de París III, Sorbonne Nouvelle y parte de su tesis estaba dedicada a Los detectives salvajes uno de los libros más reconocidos del escritor Roberto Bolaño.
Aunque en esos días, no iba a sospechar que iba a poder conversar por horas con el autor chileno, que fallecería cuatro meses después, por una insuficiencia hepática crónica (IHC).
23 años después de ese inesperada conversación, Zavala que nació en Ciudad Juárez, actualmente es profesor de literatura y cultura latinoamericana en la Universidad Municipal de Nueva York (CUNY en inglés), además de ser periodista especializado en el narcotráfico.
En su libro, La Modernidad Insufrible, Zavala explica varios puntos cardinales de la obra de Bolaño, comentando las principales raíces de su literatura, como la relevancia del escritor Jorge Luis Borges. “Fue al argentino que más admiró, al que más volvió y al que más trató de comprender”, reflexiona el profesor en entrevista con BioBioChile.
De ese pasado remoto, Zavala recuerda que Bolaño asistió como autor invitado al Salon du Livre en la capital francesa. En la instancia, el autor de Una Novelita Lumpen, iba a firmar ejemplares, pero al stand no se acercó casi nadie, excepto Zavala y su entonces novia, que hoy es su esposa.
“Mi primera impresión fue de sorpresa, porque yo suponía que iba a estar la sala llena, que iba a ser imposible poder conversar con él”, aclara de entrada Oswaldo.
En aquel entonces, el fenómeno literario que se transformó Bolaño todavía no explotaba, por lo que los asistentes a la feria acudieron como abejas a ver al escritor húngaro Imre Kertész, que había obtenido el premio Nobel el año pasado, o varios prefirieron escuchar y fotografiarse con Amélie Nothomb e Ismail Kadaré, que eran las grandes atracciones del evento.
De igual forma, Oswaldo afirma que en ese tiempo, sentía gran entusiasmo por la obra del chileno. “Tenía una gran legión de lectores en México, desde luego, pero también en España. No había gente en el doctorado o gente que conociera en el mundo de la literatura en México, que no estuviera al corriente de Bolaño”, destaca Zavala.
Cuando llegó la hora señalada —cuenta Zavala— el escritor apareció puntual, junto a su traductor al francés, Robert Amutio. “Él venía un poco atribulado, porque no sabía cómo regresar de la feria del libro a su hotel”.
También Oswaldo, revela que al autor de 2666, le gustó saber que había nacido en Ciudad Juárez, una metrópoli que sirvió de inspiración para Santa Teresa, el escenario de su última novela publicada en forma póstuma en 2004. “Le produjo mucha gracia que la única persona de toda la feria, que fue a asomarse de Latinoamérica, era un juarense”, comenta Zavala a BBCL. “Fue un tipo espléndido, amable y muy simpático, de ninguna manera hizo alarde de su cultura libresca”, relata. “No tuvo ninguna actitud de arrogancia con nosotros”, agrega el académico a la presente redacción.
“Lo que nos comentaba es que había escrito 2666 en cinco partes (La parte de los críticos, La parte de Amalfitano, La parte de Fate, La parte de los crímenes y La parte de Archimboldi), para que se fueran publicando gradualmente y para generar algo de ingreso para su familia, porque él sabía que estaba por morir”, detalla Zavala a BBCL.

“Muchas gracias señor Bolaño”
“Caminamos con Bolaño por la feria del libro y nos acercamos a un puesto de un editor francés que estaba publicando libros de autores latinoamericanos. Entonces, Bolaño se acercó, los vio y de pronto empieza a hojear un libro de César Aira”, afirma Zavala.
—Estábamos ahí conversando y se acercó el librero, y le dice: “veo que a usted le interesa la literatura latinoamericana”, le dice el editor a Bolaño. A lo que contesta positivamente.
—Yo solo tengo los mejores escritores, le responde el librero.
—¿Le gusta César Aira?, le pregunta Bolaño.
—Sí, si me gusta mucho, le contesta.
—Sin embargo, Bolaño le menciona: “este no es su mejor libro, su mejor libro es Cómo me volví monja”.
—Ah, no, pues ese no lo tengo, no lo conozco.
—No, pues este es el que tiene que traducirle.
—A petición del librero francés, Bolaño anotó en un cuaderno su nombre y el título.
—Entonces, el editor ve el papel y dice: “Ah, muchas gracias, señor Bolaño”.

La autopsia a un detective salvaje
En su tesis doctoral, Zavala postulaba un descentramiento de la tradición literaria de México y Latinoamérica. “En mis comentarios resquebrajaba un poco las lecturas más convencionales que se hacían de las instituciones literarias y los grupos de poder que han dominado la escena literaria en México, con la figura de Octavio Paz a la cabeza” [poeta y Premio Nobel de Literatura en 1990], devela a BioBioChile.
“Para mí Roberto Bolaño era una figura sobre todo disruptiva, rebelde, que generaba todo tipo de pregunta incómoda, qué era y no era mexicano y eso siempre me ha parecido para mí muy atractivo, porque yo vengo de la frontera de México y Estados Unidos y yo también a veces me siento y no me siento mexicano, es algo que todo fronterizo te podrá decir, tengo más años de mi vida en Estados Unidos que en México”, explica el autor.
“Leer Los detectives salvajes fue una experiencia hipnotizante, gracioso y entrañable”. “Soy mexicano de la frontera, soy bastante excéntrico. Entonces, yo no crecí en la Ciudad de México y además, nací en 1975, el año en el que empieza cronológicamente Los detectives salvajes“, parte diciendo Zavala. A lo que agrega: “Por supuesto la Ciudad de México es una laguna para mí. En ese momento, no había pasado casi nada de tiempo en la Ciudad de México, entonces para mí, fue muy hermoso y muy divertido leer estas aventuras”.

“Me recordó mucho a José Agustín, que en parte siento que es deudora, un poco la novela de esa tradición de lo que en México se llama la literatura de la onda [movimiento literario de los años 60, que se caracterizaba por su irreverencia y lenguaje coloquial]. Por supuesto, también Bolaño está en diálogo, me parece, con la obra de Juan Villoro con sus crónicas y sus novelas sobre la Ciudad de México. Sin duda, también la Ciudad de México de Carlos Monsiváis está ahí”, complementa.
“Bolaño es en buena parte integral de la tradición mexicana, pero hay de todos modos en él una especie de fuga constante, de la cual es muy consciente porque es natural, porque finalmente no pertenece a esa tradición, pero esa no pertenencia, le da una mayor apertura y una mayor posibilidad de establecer un diálogo más duradero con esa tradición”, detalla.
“Yo creo que en efecto, Los detectives salvajes es posiblemente la gran novela de la segunda mitad del siglo XX, en México, porque, digamos, sería un sacrilegio decir que todo el siglo XX, porque los rulfianos vienen y me matan”, expone Zavala entre risas.
“Los personajes de Los detectives salvajes hacen una fuga hacia el norte de México, porque lo que hacen es abandonar la idea de que la tradición está anclada en la capital y que hay todo un imaginario rico por comprender y por querer navegar en el norte del país, que hasta ese momento, estaba más bien colonizado por una literatura que está muy vinculada a la violencia, una literatura que está vinculada a la experiencia de la migración, etcétera y en la cual Bolaño interviene de modos muy ingeniosos, como este roadtrip al estilo beat, donde se mezclan diferentes registros intelectuales, como la alta cultura y el habla popular”, desentraña el escritor mexicano.
Un chileno perdido en México
Roberto Bolaño, que nació en Santiago en abril de 1953, partió a México a la edad de 15 años, con sus padres, en 1968. De sus años en el país azteca, el propio Bolaño dirá en su última entrevista concedida a Mónica Baristain que extrañaba las caminatas interminables con Mario Santiago [quien será ficcionado como Ulises Lima en Los detectives salvajes]
De hecho, después de migrar a Barcelona en 1977, el escritor chileno residió también en Girona, para luego asentarse definitivamente en la pequeña ciudad costera de Blanes, donde vivió sus últimos 18 años.
Es que después de su periplo europeo, el chileno nunca volvió a pisar suelo mexicano. “Yo, de hecho, es una de las cosas que le pregunté, cuando estuve con él, ¿por qué no vas a México? Y me dijo: ‘Bueno, el México que yo viví ya no existe. Ya nadie está ahí, todos se fueron o han muerto"”. El autor de Estrella Distante, justificaba su decisión, de la siguiente manera: “no quiero llegar a esa tierra sin mi gente, a ese México que ya no es el México que yo dejé”.
Volviendo a los años formativos de Bolaño, Oswaldo apunta a que “fue esa década, del 68 hacia finales de los 70, es la que está constantemente poblando la imaginación literaria de Bolaño”. “Son los años de formación, de memoria donde se crean, digamos, las primeras pasiones, las primeras pérdidas y los lamentos”, reflexiona. “Él insistía en que finalmente esa generación, fue derrotada por el 68, en México, por la matanza de Tlatelolco y que luego sufrió la dictadura de Pinochet en Chile”, desliza Zavala.
“Hay algo que también moviliza mucho la obra de Bolaño, es que hay una especie de sentimiento de melancolía pero mezclado con culpa, con una pesadumbre por haber visto una derrota generacional”, resume Zavala.
“Creo que la obra de Bolaño es una fisura a la hegemonía global de la literatura de el Boom”, asegura el escritor mexicano.
“Todos quieren respetabilidad”
Según el académico de la CUNY, el mencionado Boom literario latinoamericano había conseguido, hacer un diálogo muy productivo donde los latinoamericanos performatizaban al curioso otro para el lector gringo, donde tendríamos que ser algo más que excediera a nuestra realidad”, puntualiza a BioBioChile.
Un ejemplo de esto, es la obra de la escritora Isabel Allende, que capitaliza lo hecho por el Boom y por la cual el autor de Nocturno de Chile, mencionaba con su particular humor, a modo de jugarreta muy bolañesca “que no había peor fatalidad que ser un personaje de Isabel Allende”.
Para Zavala, la literatura de Bolaño, “es una es una obra muy libre, muy radicalmente libre, llena de itinerarios, no necesariamente pensados para servir a la industria global editorial. Para mí es una ironía que haya sido tan aceptada en Estados Unidos. Eso sí, a Bolaño le ha habría causado mucha gracia”, reconoce. “Creo que Bolaño escribió con una enorme libertad que muy pocos escritores, son capaces de adoptar. Difícilmente se lo permite un escritor contemporáneo, porque todos quieren respetabilidad, todos quieren que los traduzcan al inglés, todos quieren que les den su beca, todos quieren que Herralde les de el premio, todos quieren que España los publique y su misión en la vida es tener una columna en El País y que les den un premio en Estados Unidos o en España”, explica el académico mexicano.

“Hoy un escritor latinoamericano debe cumplir las demandas de representación que establece la literatura estadounidense, ya no es tanto tratar de escribir una novela interesante e innovadora, más bien que te traduzcan al inglés”. “Esto denota una pobreza intelectual que denunció Bolaño”, recalca Zavala.
“Bolaño enseña una ética del escritor independiente, que tiene la obligación de plantarse en un escenario tan mercantil y tan instrumentalizado para generar ganancia, que es la realidad del mercado literario”, asegura Zavala. “Él tiene clarísimos y muy divertidos ensayos donde lo que más le preocupa es desandar el peso de la tradición literaria, de deshonrar a los padres y las instituciones y más bien en pensar la libertad intelectual del escritor. Sin decir con esto, que hay que desacatar el peso de la historia, porque creo que fue un un escritor profundamente comprometido con causas políticas y en la literatura se refleja, pero no de un modo servil”.
“Yo creo que seguirá siendo un referente en Latinoamérica, no sé si para recordar los años 70, sino para para servir como una suerte de guía para un escritor tal vez salvaje, en el sentido de que no te sometes a la civilización literaria y a sus instituciones”.
De aquel encuentro casual, Zavala, rememora que en lo personal, mantiene una imagen alejada del mito literario que aún rodea al escritor chileno. “Bolaño era una persona muy amable, muy cariñosa y muy sensible”.

En conversación con BBCL, la escritora Carla Retamal Pacheco, autora de “Diablas”, disecciona las claves literarias de Bolaño, en especial, con su novela “Los detectives salvajes” que ha resonado con la juventud desde su publicación en 1998.
“La escritura de Bolaño me apasiona porque es sucia y atemporal. Bolaño tuvo un montón de calle y ése es un gran valor. Nunca le acomodó el lugar del escritor que escribe desde un sitial. Aunque no pertenecía a la corriente del realismo sucio desarrolló magistralmente ese enfoque para retratar los márgenes, que, en mi opinión, es donde suelen estar las claves del mundo”.
“Como viajó tanto y trabajó en lo que fuera para subsistir (mesero, lavando platos, vendedor ambulante, temporero, vigilante nocturno en un camping) tuvo un conocimiento privilegiado de lo que es estar metido en el barro o en la mugre. Lo mejor, es que retrata mundos violentos y periféricos sin volverlos pesados ni tristes, sino con ironía y humor negro. Exprimía lo rancio y lo volvía poético”.
“En Los detectives salvajes, por ejemplo, plasma muy bien la sensación de pasar a la adultez; los diálogos son super frescos, hay escenas grotescas, te sientes dentro de la historia y enganchas con el resentimiento de los personajes, que son aspirantes a poetas que odian a Neruda y a Borges y crean un movimiento (real visceralismo) sin tener muy claro su contenido, discuten tonteras, expulsan gente, son malos escribiendo. En el fondo, envidian la capacidad de los grandes de escribir sobre lo trascendente, mientras ellos están sumidos en las cloacas de la ciudad y pasando pellejerías”.
Por otro lado, Retamal profundiza en la crítica de Bolaño a los escritores y el poder.
“Bolaño era muy punk. Por eso, no es extraño que rechazara la literatura oficial chilena, que le parecía endogámica y llena de vanidad. Se burlaba del ego de los escritores y no tenía pelos en la lengua: describió el oficio de escritor como patético, miserable, efímero a menudo practicado por canallas y tontos que están convencidos de que es un oficio magnífico”.
“Es curioso que el panorama actual siga siendo gregario. Sin contactos, ni apellido, siendo alguien NN de región, puedes abrirte paso, pero te costará mucho más. Esto no se da solo en la escritura en todo caso y es lo que hay”.
“Creo que la literatura que más te vuela la cabeza, independiente del género, es la que se escribe con honestidad y eso se siente: ser honesto al escribir, en mi opinión, significa rebajarte, exponer tu miseria e insignificancia intelectual, sacar lo peor de ti y olvidarte de buscar una respetabilidad. Para Bolaño, lo mediocre era lo falso. Y creo que Bolaño, que escribía del fracaso y la decadencia, nos regaló toda su honestidad”, apunta la escritora penquista.
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