La desinformación ya no busca que creas algo falso. Busca que no puedas creer en nada.
Durante años, la desinformación fue entendida como un problema relativamente simple, un emisor miente, un receptor cree, y en algún punto la opinión pública se modifica. Esa lógica todavía existe, pero resulta insuficiente para explicar ciertos fenómenos contemporáneos.
En la actualidad, distintos analistas vienen señalando un desplazamiento más profundo. El objetivo ya no parece ser convencer de una verdad alternativa, sino algo más inestable, erosionar la capacidad de distinguir entre lo verdadero y lo falso. No se trata de reemplazar una versión por otra, sino de multiplicarlas hasta que ninguna logre imponerse.
Ese giro implica abandonar la lógica clásica de la propaganda —basada en mensajes relativamente coherentes y direccionados— para pasar a una dinámica donde conviven relatos contradictorios, versiones parciales y narrativas que se superponen sin jerarquía clara.
Como ha señalado Peter Pomerantsev en sus estudios sobre medios rusos, el efecto buscado no es la adhesión sino la inestabilidad interpretativa, cuando todo puede ser cierto y falso al mismo tiempo, el espacio del debate pierde orden. En ese punto, la pregunta deja de ser qué relato se impone, y pasa a ser cuántos pueden coexistir sin resolverse.
En los últimos días, este modelo volvió a discutirse en la Tercera Conferencia Internacional sobre Manipulación Informativa e Injerencia Extranjera (FIMI), realizada en Buenos Aires, donde especialistas advirtieron sobre la expansión de dinámicas de “guerra híbrida” en América Latina.
Más allá de los matices del debate, lo que aparece de forma recurrente es un claro patrón de campañas coordinadas, circulación de contenidos en medios locales, y construcción de relatos que se replican con pequeñas variaciones, sin necesidad de una versión única dominante.
La lógica es menos sofisticada de lo que parece y, al mismo tiempo, más efectiva. Si se introducen suficientes narrativas, algunas verificables, otras parcialmente distorsionadas, otras directamente falsas, el resultado no es que una prevalezca, sino que el conjunto se vuelva difícil de procesar. Y cuando eso ocurre, el efecto ya no es la adhesión a una idea, sino la desconfianza generalizada hacia todas.
En ese escenario surge una pregunta, ¿por qué América Latina? ¿Por qué países del Cono Sur como Argentina o Chile?
La respuesta no se explica por jerarquías geopolíticas tradicionales, sino por la estructura misma de sus sistemas informativos. Son sociedades abiertas, con fuerte circulación de ideas, alta competencia mediática y libertad de expresión como principio institucional. Esa fortaleza, sin embargo, también puede ser aprovechada como punto de entrada.
Cuando el acceso a la información es amplio, la intervención externa no necesita imponerse desde afuera. Puede operar desde dentro del ecosistema, utilizando sus propios canales. No bloquea el debate, lo expande. No lo ordena, lo multiplica hasta volverlo difícil de seguir.
A diferencia de la propaganda clásica, donde la fuente suele ser identificable, las dinámicas actuales tienden a diluir su origen. En numerosos casos documentados, los contenidos no provienen directamente de medios estatales, sino que aparecen firmados por periodistas locales, analistas o supuestos expertos. Incluso, en algunos episodios, por identidades inexistentes.
Ese desplazamiento es clave, no se trata solo de qué se dice, sino de quién parece decirlo. La legitimidad se construye por una supuesta proximidad, no por su origen.
En su libro This Is Not Propaganda, Peter Pomerantsev recupera un ejemplo particularmente ilustrativo durante su investigación en Rusia. Se trata de un manual titulado Operaciones de guerra informativo-psicológica: Una breve enciclopedia y guía de referencia (Операции информационно-психологической войны: краткий энциклопедический словарь-справочник), publicado en Moscú en 2011 y dirigido a “estudiantes, tecnólogos políticos, servicios de seguridad del Estado y funcionarios civiles”.
No es un documento marginal. Es una guía operativa para quienes intervienen en lo que el propio texto define como guerra informacional.
Lo relevante no es solo su existencia, sino cómo conceptualiza la influencia. Allí se describe el uso de “armas informativas” como una forma de intervención que actúa sobre la percepción colectiva de manera casi imperceptible. En una de sus imágenes más elocuentes, se afirma que este tipo de acción funciona como una “radiación invisible” sobre sus objetivos.
Mediante el uso de esta metodología, la población no percibe que está siendo influida. Y justamente por eso, los mecanismos de defensa, individuales o institucionales, no llegan a activarse.
En ese marco, la desinformación deja de ser un mensaje para convertirse en un entorno. Un espacio saturado donde múltiples versiones coexisten sin jerarquía estable, haciendo cada vez más difícil distinguir entre hechos, interpretaciones y construcciones deliberadas.
A esta dinámica se suma una capa más visible del sistema: los medios estatales rusos como RT y Sputnik. Durante años funcionaron como herramientas de proyección internacional, con presencia multilingüe y fuerte inserción digital.
Sin embargo, su rol también se ha transformado. Hoy operan menos como emisores lineales de propaganda y más como nodos dentro de redes de circulación narrativa. Publican contenidos, amplifican otros, reordenan marcos interpretativos y, en muchos casos, legitiman discursos que luego se redistribuyen en ecosistemas más amplios.
El problema no radica únicamente en su existencia, sino en la lógica con la que operan: selección de encuadres, construcción de polarización y repetición estratégica de ciertos marcos interpretativos.
Más que medios tradicionales, funcionan como dispositivos de amplificación dentro de un sistema más amplio de circulación de sentido.
Todo esto plantea una tensión estructural difícil de resolver. El mismo sistema que permite estas dinámicas, la libertad de expresión, la pluralidad de voces, la apertura informativa, es también uno de los pilares centrales de las democracias latinoamericanas.
La diferencia aparece cuando se contrasta este esquema con el funcionamiento interno del sistema ruso. Diversos informes de organizaciones internacionales como Reporteros Sin Fronteras han documentado restricciones a la prensa, limitaciones a la disidencia y control progresivo del espacio informativo interno.
Volviendo al punto inicial, el modelo no depende de construir una mentira perfecta. Su eficacia real se vislumbra al producir un entorno donde la verdad pierde capacidad de organización, donde los hechos pueden ser reinterpretados, relativizados o absorbidos por múltiples marcos simultáneos.
No es una estrategia orientada a ganar una discusión. Es una estrategia orientada a debilitar las condiciones mismas en las que una discusión puede darse.
Y en ese contexto, la pregunta final no es qué versión es correcta, sino cuánto tiempo puede sostenerse un ecosistema informativo abierto sin herramientas capaces de distinguir entre información, interpretación y confusión deliberada.
Alejandro Pundyk
Lic. en Administración, Universidad de Buenos Aires.
Descendiente de ucranianos.
Activista por Ucrania y traductor al español del libro Ecos de guerra.
Enviando corrección, espere un momento...