Si bien la lucha por la ciudad se ha concentrado estas semanas en la vergonzosa ineficiencia de las obras de Plaza Perú, donde se ha coartado toda posibilidad de hacer vida urbana, quisiera detenerme en otra disputa: la lucha por el escaso espacio de la ciudad.
En la ciudad de los movimientos, si caminar puede entenderse como una práctica estética, como proponen Emanuela di Felice y Andrés Garcés en El oficio de andar andando, pedalear podría ser una práctica cinética. Ambos en movimiento, ambos habitando el mismo limitado y disputado espacio urbano. Pero basta bajar a la vereda para que la teoría tropiece con la realidad: aceras abandonadas, estrechas, quebradas o apenas mantenidas, sembradas de postes, letreros y paraderos que se disputan un espacio ya irrisorio. Adultos mayores, niños y coches intentando abrirse paso y, muchas veces, frente a ellos, impecables ciclovías escasamente utilizadas.
Debo sincerarme: soy peatón, ciclista y automovilista. No soy urbanista, sólo arquitecto y, quizás por eso, observo esta disputa más desde la vida urbana que desde los modos de transporte.
Caminar, como plantea Rebecca Solnit, nunca ha sido solamente desplazarse. Caminando observamos, pensamos, conversamos y nos encontramos. La vereda es movilidad, pero también comercio, permanencia, encuentro y vida pública. Quizás por eso caminar siga siendo la manera más elemental y democrática de habitar la ciudad: no requiere máquina, combustible, batería ni estacionamiento y no nos saca del ciclo natural de la velocidad.
La vereda nos obliga además a negociar la presencia del otro: el adulto mayor camina lento, el niño se detiene, alguien espera una micro, otro conversa o simplemente permanece. Su aparente “ineficiencia” es, precisamente, parte de su valor urbano. Es quizás el primer libro donde aprendemos, desde niños, a reconocer al otro, ceder y convivir.
La verdad incómoda la entregan los números. En el Gran Concepción cerca del 23% de los viajes se realizan caminando, mientras la bicicleta representa entre un 2% y un 4%. Y construir un metro cuadrado de ciclovía puede costar entre $180.000 y $250.000, frente a los $45.000 a $65.000 de una vereda. Basta mirar la nueva Costanera o el tramo más reciente del Parque Ecuador, donde vereda y ciclovía reciben prácticamente los mismos dos metros. Pero la vereda debe acoger al que va de paso, buscando la distancia más corta entre A y B, y al que va de paseo, que puede elegir precisamente la más larga; personas solas, parejas, familias o grupos que naturalmente caminan unos junto a otros. La ciclovía, en cambio, ordena un flujo esencialmente lineal, como plantea el profesor Castillo Von Bennewitz. ¿Con qué criterio la municipalidad está decidiendo entonces cómo repartir el escaso espacio de la ciudad?
La bicicleta tiene virtudes indiscutibles: eficiente, saludable, silenciosa y muy superior ambientalmente al automóvil. Una buena red de ciclovías protege al ciclista y puede ayudarnos a abandonar el auto. Pero esas virtudes no convierten cualquier ciclovía, en cualquier lugar y a cualquier costo, automáticamente en una buena inversión. Una cosa es su legitimidad ambiental y otra concederle prioridad urbana. Y aquí aparece una cuestión mayor: ¿hasta dónde segregar para poder convivir? Frente a diferencias de velocidad, masa o riesgo, separar es muchas veces indispensable: al ciclista del automóvil; al peatón de ambos. Pero cuando cada uno reclama su parcela (peatones por aquí, bicicletas por allá, automóviles y buses por sus corredores) terminamos consumiendo la propia ciudad.
Más hormigón, más asfalto, más radiación de calor y menos suelo permeable, árboles y sombra. ¿Y quién pierde? Todos. Pierde la plaza, el parque, el café urbano, la banca donde descansar y, sobre todo, el lugar donde permanecer y ser humanos dentro de una construcción llamada ciudad.
Si construimos la ciudad para estar juntos, ¿en qué momento comenzamos a diseñarla para estar separados?
Quizás no necesitemos seguir dibujando una frontera para cada forma de movernos. En algunos lugares será indispensable; en otros bastará algo bastante más difícil de diseñar: respetarnos, pensar primero en el otro y abandonar esa absurda construcción de superioridades, egos y banalidades que parece acompañar estos tiempos y aprendamos que convivir es también una forma de hacer ciudad.
Claudio Arce
Arquitecto y penquista
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