La morosidad financiera en Chile ya supera los 4,6 millones de personas, y uno de los grupos donde el fenómeno genera mayor preocupación es el de los jóvenes entre 18 y 29 años. Más de 620 mil de ellos mantienen deudas impagas, una realidad que obliga a preguntarnos si estamos formando adultos capaces de administrar la libertad financiera que adquieren al cumplir los 18 años.

Sería injusto atribuir esta realidad únicamente a decisiones individuales. El mercado laboral juvenil también enfrenta desafíos importantes: altas tasas de desempleo, empleos informales e ingresos muchas veces insuficientes llevan a que no pocos jóvenes recurran al crédito para cubrir necesidades básicas mientras buscan una oportunidad laboral. Esa realidad existe y no puede ignorarse. Sin embargo, precisamente en ese escenario, comprender cómo funciona el crédito resulta aún más importante.

Hace más de una década hablé del “fenómeno Monopoly” para describir una realidad preocupante: muchos jóvenes comenzaban su vida adulta creyendo que endeudarse era parte natural del juego. Como ocurre en ese clásico tablero, el dinero parecía inagotable y cada decisión tenía escaso peso emocional.

Hoy ese fenómeno adquiere una nueva dimensión. El efectivo prácticamente desapareció de la vida cotidiana de muchos jóvenes y fue reemplazado por tarjetas, relojes inteligentes, teléfonos o aplicaciones. Cuando pagar se reduce a un clic o a acercar un dispositivo, el acto de gastar pierde parte de la percepción de sacrificio que sí existía al entregar un billete o ver cómo el dinero salía físicamente de la billetera.

Hoy ese fenómeno no desapareció. Al contrario, evolucionó. La tecnología hizo que el dinero fuera cada vez más invisible y, con ello, también disminuyó la percepción inmediata del costo de muchas decisiones financieras.

A ello se suma otro cambio silencioso, pero igualmente profundo. Hoy las tarjetas bancarias, las billeteras digitales y las aplicaciones financieras permiten llevar, literalmente en el bolsillo, acceso a la totalidad del patrimonio personal. Antes, salvo quienes utilizaban chequeras, la capacidad de gasto estaba condicionada por el efectivo disponible. Ese límite físico funcionaba muchas veces como un freno natural frente a las decisiones irreflexivas.

Hoy ese límite prácticamente desapareció. Una compra impulsiva ya no solo puede costar el dinero que se llevaba encima, sino comprometer los ahorros completos o aumentar el endeudamiento con apenas un clic. El dinero no solo se volvió más invisible; también se amplificó el potencial daño que puede generar una decisión poco meditada.

La diferencia es que ya no es necesario ir a una tienda para acceder al crédito. Basta un teléfono celular, unos pocos clics y algunos minutos para obtener dinero, comprar ahora y pagar después, solicitar un avance o financiar un consumo. La experiencia de pago se volvió prácticamente imperceptible: ya no se entrega efectivo, no se observa cómo disminuye el dinero disponible y muchas veces ni siquiera se utiliza una tarjeta física.

Esa facilidad, aunque representa un enorme avance tecnológico, también puede generar una menor conciencia sobre el verdadero costo de endeudarse. En muchos casos, ese crédito permite enfrentar gastos cotidianos mientras se busca trabajo, cubrir necesidades básicas o llegar a fin de mes. En otros, responde al impulso o a una necesidad mal evaluada. La tecnología democratizó el acceso al sistema financiero, pero también aceleró la velocidad con que una decisión tomada en pocos minutos puede convertirse en un problema difícil de revertir.

El crédito no es el enemigo. Bien utilizado, permite estudiar, emprender, enfrentar imprevistos o construir patrimonio. También puede transformarse en un apoyo temporal cuando una persona atraviesa un período de desempleo o ingresos insuficientes. El problema aparece cuando el crédito deja de ser una herramienta para transformarse en la única alternativa para financiar la vida cotidiana o cuando se utiliza sin comprender plenamente el costo que tendrá en el tiempo. En ambos casos, la falta de educación financiera termina agravando una situación que muchas veces ya era compleja.

No deja de ser paradójico que dediquemos años a enseñar contenidos académicos complejos, pero muy poco tiempo a preparar a los jóvenes para una de las decisiones más determinantes de su vida adulta: administrar su dinero. Cumplir 18 años abre múltiples puertas legales, pero la mayoría llega a esa edad sin haber aprendido a distinguir entre una inversión y un gasto, entre una oportunidad y una obligación financiera que condicionará su futuro.

La irrupción de plataformas digitales, créditos instantáneos y modalidades de “compra ahora y paga después” hace que las decisiones financieras se tomen cada vez con mayor rapidez. En muchos casos, el proceso completo ocurre en pocos minutos, mientras que las consecuencias pueden extenderse durante años. La inmediatez tecnológica exige, más que nunca, fortalecer la capacidad de análisis, la planificación y el pensamiento crítico.

La educación financiera no consiste en enseñar a ahorrar unas monedas. Consiste en formar criterio. En desarrollar la capacidad de postergar gratificaciones, evaluar riesgos, comprender el costo de las decisiones y asumir que la libertad económica siempre va de la mano de la responsabilidad.

Ese aprendizaje no puede recaer únicamente en la escuela. También involucra a las familias, a las instituciones financieras, al Estado y, por supuesto, al mundo digital, donde hoy se toman muchas decisiones económicas sin mediación ni reflexión. Educar financieramente también significa volver a hacer visible el valor del dinero, incluso en un mundo donde casi nunca lo vemos físicamente.

Vivimos en una época que ofrece respuestas inmediatas para casi todo. Sin embargo, las consecuencias financieras siguen respetando los tiempos de siempre. Las deudas no desaparecen con un clic, los intereses continúan acumulándose y la tranquilidad económica sigue construyéndose con hábitos, información y criterio.

Quizás el verdadero desafío no sea impedir que los jóvenes accedan al crédito, sino lograr que lleguen a él cuando realmente comprendan lo que significa y, sobre todo, que no deban convertirlo en un sustituto permanente de un ingreso que todavía no tienen o que, simplemente, aún no logran conseguir.

Porque, a diferencia del Monopoly, en la vida real no existe una carta que permita salir gratis de la deuda.

María José Domínguez
Directora Faro Escolar
UDD

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