Una nueva conmemoración del orgullo es una invitación a reflexionar en torno al presente junto al pasado y al futuro. Cada año contiene un conjunto de hitos en movimiento que crean dinámicamente nuestra realidad: una cadena de historias que nos anteceden, pero que no terminan con nosotres, sino que estamos construyendo para el mundo que viene.

El panorama se siente más adverso que en otros momentos, y uno de los factores principales es la política. Los aires de cambio apuntan hacia la derecha, con el ascenso al poder de gobiernos radicalmente conservadores de la mano de Trump, Milei, Fujimori, y, recientemente, De la Espriella. Nos acechan nuevas dinámicas de dominación económica desde Estados Unidos, quienes no solamente configuran la cancha del comercio internacional de forma preponderante, sino que hoy politizan las relaciones comerciales en base a afinidades políticas y sanciones para quienes no le rinden pleitesía, a la vez que exigen condiciones preferentes para empresas extractivas y del sector tecnológico.

En el terreno local, preocupa el caso de Argentina, y el desafío que supone un proyecto de gobierno caracterizado por la motosierra de derechos sociales y saqueo del Estado, en un país que se caracterizó por ser precursor en las políticas de derechos humanos post-dictadura y en avances ejemplares en leyes de protección a la población LGTBIA+. Las recientes elecciones de Colombia anticipan un camino similar hacia un campo de políticas regresivas, desarticuladoras de avances en igualdad social de derechos y una conducción autoritaria.

La ultraderecha se ha hecho del poder en Chile, lo que convoca a nuestro más urgente análisis para la acción. En poco más de 100 días, el gobierno actual muestra que su promesa de campaña (“No recortaremos derechos sociales”) siempre fue una farsa, mientras improvisa en materias sensibles como economía y seguridad. Diversas ONG han denunciado los evidentes retrocesos en materias de diversidades y disidencias sexogenéricas: el retiro del tercer Plan Nacional de Derechos Humanos y del reglamento de la nueva ley de adopciones; el estancamiento prolongado de la comisión mixta para reformar la ley antidiscriminación; abandono de compromisos internacionales y erradicación de cursos formativos para funcionarios públicos en la materia. No son acciones aisladas, sino parte de una estrategia de borramiento de políticas de diversidad.

Sumado a los recortes del Ejecutivo, el mismo sector político hace uso de su mayoría política en el poder Legislativo para instigar un clima político cuyas prioridades son similares. La aprobación del proyecto de resolución para erradicar el lenguaje inclusivo de las instituciones públicas (que no tiene mayor efecto que tomar postura y recomendar al Presidente un curso de acción) se ha visto acompañada de alocuciones, publicaciones y vocerías marcadas por un odio expansivo e impune (basta ver al diputado Agustín Romero usar la expresión “humanoides” y “zurdos” a diestra y siniestra).

Sin negar los avances históricos logrados por años de movilización y articulación social y política, es inevitable considerar estos elementos para enfocar un análisis del momento actual. Los niveles de politización social, visibilidad y educación en diversidad, así como la aprobación de leyes insignes de protección, no son avances garantizados ni irreversibles. Quienes ostentan el poder y aspiran a reproducir su cuota gobernante desde la extrema derecha, estructuran su agenda para caracterizar a la diversidad como enemigos de las prioridades públicas, y publicitar los retrocesos en derechos como avances para las prioridades sociales de las mayorías. Así, erosionan la convivencia democrática, reproduciendo noticias falsas y opiniones radicales sesgadas por la confrontación y ridiculización política.

La pregunta por qué hacer se vuelve estructurante de la política progresista que aboga por la igualdad. Tenemos la urgencia de responder las contradicciones del presente desde la recuperación de una agenda social transformadora. Se trata de reivindicar el concepto de igualdad como un bien social innegociable, y recuperar la libertad en su verdadero sentido: no el poder atacar al resto sin consecuencias, sino el poder de desarrollar proyectos de vida sanos, propios y diversos.

La agenda del movimiento de las disidencias sexogenéricas mantiene banderas históricas en la medida que existen muchas reivindicaciones que aún no han sido cumplidas ni satisfechas: la igualdad laboral y de salud, accesible y digna en un contexto de encarecimiento de la vida; la erradicación total de las mutilaciones genitales de bebés intersexuales; el reconocimiento institucional de personas no binarias y la erradicación de sesgos administrativos y judiciales en los procesos de cambios registrales de personas trans, así como un contundente paquete de reformas legales asociadas al mejoramiento de la ley antidiscriminación y la ley de identidad de género, entre otras.

Pero sí es necesario acusar recibo del contexto del presente y preguntarnos por los ajustes tácticos y de estrategia que requerimos con urgencia. También el movimiento social, diverso y a ratos disperso, debe responder la pregunta por la unidad de acción y los consensos que pueden ser empujados unívocamente. Debemos resolver con urgencia las formas de defender la democracia, y la relación que podemos entablar con los movimientos de derechos humanos, feministas, sindicales y contra el endeudamiento para conseguir este objetivo común. Urge que busquemos formas de convencer y sumar fuerzas, frente a una correlación desigual en estos momentos de lucha, que involucre una reformulación táctica de recuperación del trabajo territorial descentralizado, fortaleciendo organizaciones sociales y comunitarias, sin descuidar la conversación digital y la creación nuevos medios de comunicación de información pedagógica y cercana. Debemos recuperar la legitimidad social de nuestras reivindicaciones: en los medios, en las calles y en las casas.

El pesimismo del análisis no debe impedir el optimismo de la acción. Entre las barreras de desesperanza existen aún motivos claros y nítidos por los que seguir luchando: por el derecho a ser, a existir, a vivir en igualdad, libertad y seguridad. El uso de la razón e incluso de la emoción es nuestra mayor aliada: una política que recupere el valor de la igualdad vocifera más fuerte que los gritos del poder negacionista.

Rodri Mallea
Abogado y activista

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