¿Es bueno o es malo reducir los años de las carreras? Ni lo uno ni lo otro, la pregunta es si es pertinente o no.

Se ha abierto la discusión respecto a acortar las carreras en Chile. Algunos rectores han evaluado positivamente esta posibilidad. Es necesario analizar más profundamente el tema ya que está en juego el desempeño laboral y probablemente las oportunidades de trabajo futuro de las personas.

Para nadie son un misterio las precarias capacidades de construcción de conocimiento lógico y simbólico de quienes egresan de educación media, debido al bajo nivel de desarrollo en ámbitos de la reflexión contextual histórica, la reflexión estética, el lenguaje y la máthesis en procesos metacognitivos. Esto, sumado a un escaso desarrollo vocacional, genera que la vida universitaria tome un buen tiempo curricular en la nivelación antes de comenzar con el progreso de competencias profesionales.

A lo anterior se suma que el Marco Nacional de Cualificaciones determina definiciones y créditos para cada tipo de niveles formativos en la educación superior. Además, y sumado a esto, un estudiante debe tener una “titulación oportuna” e, idealmente, reprobar la menor cantidad de asignaturas.

La Comisión Nacional de Acreditación (CNA) lo ha dispuesto como un criterio de “calidad” de los programas y de las universidades. Asimismo, se agrega el denominado Sistema de Créditos Transferibles con fórmulas y polinomios precisos que garantizarían “avance curricular” y certificaciones.

La reducción de años pretende homologarse al sistema europeo conocido como “Plan Bolonia”. La evaluación de este proceso no ha sido buena, sobre todo porque trasladó al posgrado la complementación de saberes profesionales, provocando que antiguos profesionales, con el mismo título que actualmente se obtiene, estén mejor capacitados. Esta situación no favoreció la empleabilidad como se planteó en su momento.

¿Es bueno o es malo reducir los años de las carreras? Ni lo uno ni lo otro, la pregunta es si es pertinente o no.

Para las universidades podría ser mejor, porque da sostenibilidad a través del traspaso de saberes a posgrados que los estudiantes se verán impelidos a cursar. Para las universidades con gratuidad, estos programas serían un ingreso económico directo, sin aranceles de referencia, considerando que los beneficios estudiantiles están enfocados al pregrado.

Pero para el resultado formativo, probablemente no sería bueno, porque los procesos de nivelación académica toman al menos el primer año, y hacer una reducción cortaría el desarrollo de aprendizajes para el desempeño profesional.

Un cambio así sería pertinente solo si el sistema educacional completo (básico-medio y superior) fuera de una exigencia mayor y estuviese diseñado para la formación en diversas áreas de desempeño futuro, lo que permitiera una opción vocacional en base al reconocimiento de las propias habilidades de entrada para el estudio de una profesión.

Una vez más se piensa en modificar solo una parte del proceso educativo. ¿Cuándo entenderemos que la educación es un proceso integral complejo del ser humano, y que las modificaciones de sus partes fundamentales afectan al desarrollo de la persona y al país? ¿Cuándo se planificará en serio esto en Chile?

Daniel Miranda Martínez
Académico
Director de la Orquesta de Cámara y consejero de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE)

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