¿Qué lugar queremos que tenga la cultura en nuestra vida en común?

Si la cultura fuera accesoria a la vida social, los recortes presupuestarios o la paralización de proyectos como la ampliación del GAM serían decisiones razonables en contextos de estrechez fiscal. Pero no lo es. Y es precisamente por eso, que la discusión no puede reducirse a cifras y oportunidades; sino a cómo entendemos la cultura y el rol que le reconocemos en la sociedad.

Desde Fundación Teatro a Mil, llevamos más de treinta años desarrollando un festival a cielo abierto que convoca, anualmente, a más de 300.000 personas.

Nuestros datos muestran que un 48% del público que asiste a los espectáculos de calle del Festival no accede durante el año a otra actividad cultural (de artes escénicas, concierto o exposiciones).

Así mismo, en el Programa Teatro en la Educación, que desarrollamos en 15 escuelas públicas de Santiago, Antofagasta y Concepción, el 80% de los estudiantes declara -en las salidas pedagógicas que hacemos- que nunca ha asistido a un espacio cultural a ver teatro.

Esta observación, que describe las brechas existentes, coincide con lo que desde hace décadas han entendido países como Dinamarca, Noruega y Suecia, que han integrado la cultura como parte de su infraestructura social.

Es cierto que la cultura a veces incomoda, tensiona y abre preguntas difíciles. Precisamente por eso es valiosa: no está para confirmar lo que ya pensamos, sino para expandir el campo de lo posible, desafiarnos y complejizar nuestra mirada de la realidad. Por eso, la cultura no es patrimonio de un sector ni de una sensibilidad particular. Es de todos, porque nos transforma y nos hace encontrarnos.

Hay, además, otra dimensión que suele ignorarse: la cultura es innovación. Las ciudades y países que integran la inversión cultural en sus estrategias de desarrollo descubrieron que la economía creativa es uno de los sectores que crece más rápidamente en el mundo. No solo genera empleo diverso y resiliente. También dinamiza el espacio y amplía oportunidades para agentes creativos locales.

Una sociedad requiere crecimiento económico, orden, seguridad y certezas, quien podría dudarlo. Pero también necesita símbolos, relatos y espacios donde encontrarse. Necesita cultura. No como ornamento, sino como parte de su estructura. Así lo han entendido aquellos países que la han situado, con éxito, en el centro de sus políticas públicas, y no en sus márgenes.

Por eso, más que discutir montos, debemos preguntarnos con una cierta urgencia: ¿qué lugar queremos que tenga la cultura en nuestra vida en común? ¿Es suntuaria o base para nuestro desarrollo?

Directorio Fundación Internacional Teatro a Mil
Delfina Guzmán
Francisco Cox
María Olivia Recart
María José Naundon
Francisco Reyes
Guillermo Calderón
Carmen Romero

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