Hay una palabra que debería estar al centro de este debate: vínculo. No como concepto abstracto ni como acto de buena voluntad, sino como una condición concreta del aprendizaje.

Un director de colegio en Chile debe responder a más de 2.900 exigencias normativas del Ministerio en un año. Esta semana le agregamos una ley más. La Ley 21.809 de convivencia escolar le pide a cada establecimiento que desarrolle habilidades socioemocionales, que forme en buen trato y que resuelva conflictos de manera pacífica. Le pide, en otras palabras, que construya vínculos. Pero no le enseña cómo.

Mientras tanto, la conversación pública se enfoca en cámaras, pórticos y torniquetes. Como si la convivencia se pudiera construir con tecnología. Una cámara puede registrar un acto de violencia. No puede evitar que ocurra.

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Estamos intentando resolver un problema humano con soluciones tecnológicas. Y en ese intento, estamos dejando fuera lo más importante.

Hay una palabra que debería estar al centro de este debate: vínculo. No como concepto abstracto ni como acto de buena voluntad, sino como una condición concreta del aprendizaje.

Un metaanálisis publicado en Review of Educational Research, que sintetizó 99 estudios con cerca de 90.000 estudiantes, demostró que las relaciones positivas entre profesor y estudiante se asocian directamente con mejor conducta, mayor participación y mejores resultados académicos. La razón es más profunda de lo que parece: el vínculo regula las emociones del estudiante, y sin regulación emocional, el aprendizaje no ocurre.

Por eso el vínculo no es un complemento del aprendizaje. Es una de sus condiciones.

En contextos vulnerables esto es aún más urgente. Hay niños a los que nadie les hace barra en su casa. Para ellos, un profesor puede ser el único adulto que cree en ellos. Y esa relación, una sola relación, puede cambiar una trayectoria completa. Investigaciones del Center on the Developing Child de Harvard muestran que una relación significativa con un adulto puede actuar como factor protector frente a múltiples riesgos de exclusión. No es una metáfora. Es evidencia.

No hablo solo desde la teoría. En Eventuras llevamos siete años trabajando en establecimientos vulnerables de Chile con programas validados por CASEL. Hemos visto comunidades donde las agresiones terminaban en la posta transformarse en espacios donde sí se puede aprender. No porque llegaron más controles. Porque los adultos aprendieron a mirar lo que hay detrás de una conducta difícil antes de castigarla.

La tecnología hoy puede resolver ecuaciones y analizar datos mejor que nosotros. Pero hay algo que no puede, y probablemente nunca podrá: hacer que un niño sienta que hay un adulto que cree en él. Y cuando eso no existe, el aprendizaje simplemente no ocurre.

La Ley 21.809 abre una puerta que Chile no había abierto antes. Pero si la implementamos desde la fiscalización, las cámaras y los protocolos, vamos a volver a cometer el mismo error: intentar controlar la violencia sin construir las condiciones que la previenen.

Si Chile quiere convivencia escolar de verdad, la conversación tiene que empezar por lo más básico y lo más olvidado: lo que pasa entre un adulto y un niño en una sala de clases. Todo lo demás, incluidas las cámaras, viene después.

Francisca Sáez
Directora Ejecutiva Fundación Eventuras

Nuestra sección de OPINIÓN es un espacio abierto, por lo que el contenido vertido en esta columna es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial de BioBioChile