La salud chilena no solo enfrenta listas de espera; enfrenta una lista de vicios estructurales que se han vuelto sistémicos. Aquí es donde la discusión debe volverse incómoda.

Lo expuesto recientemente ante la Comisión de Salud del Senado por la ministra de Salud, May Chomalí, podría interpretarse como una denuncia circunstancial. Sería un error. No estamos frente a hechos aislados ni a una crisis coyuntural; estamos ante una enfermedad crónica del sistema de salud chileno.

El diagnóstico es crudo y recurrente: médicos suspendidos por años con sueldo íntegro; funcionarios apartados de sus funciones mientras se contrata a reemplazos; sumarios que se dilatan hasta la irrelevancia; sistemas administrativos que duplican registros y esfuerzos; cargos directivos vacantes sin concursos oportunos; proyectos de inversión acumulados sin priorización técnica y hospitales cooptados por lógicas gremiales que asfixian la gestión.

Lee también...

Nada de esto es nuevo. Lo verdaderamente grave no es que estos vicios existan, sino que persistan y se normalicen bajo la mirada de sucesivas administraciones.

Cuando se revela que de 12.000 sumarios por licencias médicas solo se resuelve el 2,78%, el problema no es de carga laboral. Es la evidencia de un sistema que carece de capacidad —o de voluntad— para ejercer un control interno efectivo.

Del mismo modo, cuando hay más de 33.000 pacientes oncológicos esperando, con retrasos que superan los 800 días, la carencia no es solo de financiamiento. Es la manifestación de un sistema que no logra transformar recursos en oportunidad de atención.

Cuando los proyectos de inversión no tienen una hoja de ruta clara, el fallo es de planificación y ejecución, no de ambición. Si 1,4 millones reciben beneficios sin cotizar adecuadamente, el problema es de gestión, más allá de la normativa.

En Chile se discute cuánto dinero falta en el sistema sanitario, pero se omite cómo se usa lo disponible. Esta negligencia es clave y, sin disciplina organizacional, sistemas integrados y procesos eficientes, cualquier reforma se pierde en la ineficiencia.

La salud chilena no solo enfrenta listas de espera; enfrenta una lista de vicios estructurales que se han vuelto sistémicos. Aquí es donde la discusión debe volverse incómoda. La disciplina no es un concepto accesorio ni un tecnicismo; es la condición basal para que la salud sea un derecho efectivo. Implica tomar decisiones difíciles, establecer consecuencias, cerrar espacios de opacidad y profesionalizar la gestión en todos sus niveles.

Debemos reconocer una realidad que la política suele evadir: no todo problema en salud se soluciona con más presupuesto. Muchos se resuelven con mejor conducción. La autoridad ha señalado que “falta disciplina”. Tiene razón. Pero el desafío no es diagnosticar la carencia, sino sostener las decisiones políticas necesarias para corregirla.

Mientras esto no ocurra, el sistema seguirá operando como hasta ahora: sostenido por esfuerzos heroicos en la primera línea, pero atrapado en una estructura que no responde con la velocidad ni la coherencia que los pacientes exigen. En salud pública, lo crónico que no se trata, inevitablemente, termina agravándose hasta el punto de no retorno.