Perder la calma no ayuda en tiempos de guerra.

Hace cuatro años dejé Chile y me fui a vivir a Israel junto a mi esposo. Me adapté bien: aprendí hebreo y encontré trabajo como arquitecto en una oficina donde conviven católicos, como yo, judíos y musulmanes, además de personas de distintas nacionalidades.

Tuve que adaptarme también a las medidas de seguridad: alarmas, búnkeres y protocolos claros que, con el tiempo, se convirtieron en parte de mi rutina.

El 28 de febrero de este año, mientras pasaba un fin de semana en Dubái con mi mamá y mi hermana, la guerra volvió a irrumpir. Irán bombardeó el aeropuerto y el espacio aéreo se cerró. De un momento a otro, quedamos atrapados.

Dubái es una ciudad que proyecta control, riqueza y modernidad, pero no está pensada para la guerra. No hay búnkeres ni alarmas: solo ventanales inmensos y una sensación extraña de normalidad.

Ahí, lo aprendido en Israel se vuelve automático: alejarse de los vidrios, cerrar cortinas, dormir lejos de las ventanas, tener siempre el pasaporte a mano.

La distancia fue lo más difícil. Mientras yo intentaba transmitir calma a mi familia, mi esposo pasaba el día entrando y saliendo de la pieza de seguridad en nuestro departamento en Tel Aviv, con alarmas que podían sonar cada veinte minutos.

No poder acompañarlo, no saber bien cómo estaba, se volvió una angustia persistente pero contenida. Perder la calma no ayuda en tiempos de guerra.

Cuando mi mamá y mi hermana lograron viajar de regreso a Chile, me quedé solo, atrapado en una ciudad bajo bombardeo. Con su partida, volvía también la distancia que marca la vida cuando se está lejos de la familia.

Comencé a buscar un vuelo que me sacara de esa distancia. Tardó cuatro largos días en llegar. Partí a Lisboa en un vuelo que fue apenas un capítulo más en esta guerra que continúa.

Volver a Israel fue dulce y agraz: el alivio de estar en casa y, al mismo tiempo, el regreso a una rutina marcada por sirenas, estallidos de bombas y una incertidumbre constante ante los ataques desde Irán y Hezbolá en el Líbano.

Estar lejos de mi esposo durante esos días me mostró que, aunque uno se “adapte” a vivir en un país en conflicto, la vida —y, sobre todo, la guerra— siempre encuentran la forma de recordarnos lo vulnerables que somos.

Carlos Rodríguez Palleres
Arquitecto residente en Israel

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