Desde 1989 la centro-izquierda realizó múltiples procesos de primarias para definir su candidatura presidencial. El rango de participación que generó este mecanismo fue variable dependiendo del contexto del sector, de la convocatoria de los liderazgos en competencia y del carácter (convencional o legal) del procedimiento.

La menor participación en primarias del sector ocurrió en 2009 con las precandidaturas de Eduardo Frei R-T y J.A. Gómez, con solo 62.382 electores. Sin embargo, el diseño del procedimiento, acotado a las regiones de O’Higgins y Maule, hace imposible comparar este mecanismo con uno de carácter nacional. Tampoco es posible sacar conclusiones comparativas con la primaria de 1993, por cuanto, si bien se trataba de un proceso nacional, se apoyaba en una elección indirecta a través de una Convención. El primer antecedente de una primaria directa y vinculante para elegir el candidato presidencial de la Concertación fue en 1999, cuando Ricardo Lagos se impuso a Andrés Zaldivar, con una participación total en el proceso de 1.384.326 electores. Por su parte, la mayor convocatoria ocurrió en 2013, cuando resultó electa Michelle Bachelet como candidata de la Nueva Mayoría con una histórica votación de 1.565.269 y una participación total para el bloque de 2.142.070. En esta última oportunidad, se realizó la primera Primaria Legal regulada por la ley 20.640 del año 2012.

En todas las oportunidades anteriores, el mecanismo de las primarias convencionales y la primaria legal del 2013, permitió mantener el “animus maritalis” de la centro-izquierda y también fue un termómetro de la capacidad de movilización de la candidatura del sector. Pero no todo mecanismo tuvo la misma eficacia y legitimidad. Además, se aprecia que mecanismos legales y sucedáneos (convencionales), como imitaciones de inferior calidad, producen resultados disímiles en legitimidad y eficacia.

Al dejar pasar la posibilidad de las Primarias Legales, la Consulta de Unidad Constituyente programada para el 21 de agosto, posibilitará estimar con mayor precisión la capacidad política del bloque, acotando la extrapolación de los resultados de elecciones locales, de representantes a la Convención Constitucional o encuestas de opinión con problemas de representatividad, para perspectivar la competitividad del Bloque. Sin embargo, es bueno tener a la vista que es un sucedáneo.

Desde un punto de vista de la eficiencia, queda por ver si Unidad Constituyente conseguirá mediante este procedimiento supletorio, movilizar una cantidad de electores que demuestre competitividad real del bloque. Indudablemente, la Consulta de Unidad Constituyente resulta extemporánea, porque las candidaturas de Chile Vamos y Apruebo Dignidad ya están en carrera y ambas con cierta capacidad de “morder” el centro. Por tanto, la “amplitud” del espacio electoral será menor para la candidatura presidencial de la Centro-Izquierda. Dicho de otra manera, la oposición bilateral más poderosa es la que limitará el crecimiento electoral de la candidatura de la Unidad Constituyente.

Por otra parte, desde el punto de vista de la legitimidad, al no tener como garante del procedimiento al servicio electoral y solo tratarse de un mecanismo convencional, el volumen de la movilización electoral no tendrá una relación directa con la percepción social de legitimidad general y trasparencia del proceso, habida cuenta de la posibilidad de movilizar electores externos a los partidos del sector. Otro punto importante que podría dañar el proceso de Unidad Constituyente, consiste en la gestación vía “dedazo” o “golpe blanco”, de dos de tres alternativas en el sector.

Pero probablemente, la principal complejidad de la Consulta de Unidad Constituyente, como sucedáneo de las Primarias Legales, es que podría agudizar la erosión del respaldo para el sector. Si una coalición no logra ponerse de acuerdo para utilizar los procedimientos institucionales vigentes, con dificultad puede dar garantías de estar en condiciones para ser alternativa de gobierno. En el escenario de una baja participación en la Consulta, con seguridad aumentará el cuestionamiento hacia este bloque por falta de coordinación de sus cúpulas y debilidad en la conducción de sus liderazgos. ¿Conseguirá alguno de los tres candidatos del bloque hacer despegar la participación en un sector que desde 1993 viene cayendo? ¿De qué manera se desprenden las candidaturas del “apadrinamiento” de poderes fácticos de la antigua Concertación para convertirse en actores que representen las aspiraciones de cambio? El grado de proximidad en la votación de Unidad Constituyente con Vamos Chile, será la credencial de competitividad de la centro-izquierda o la evidencia que la fórmula de esta alianza ha quedado en el pasado.