Habitualmente en el debate público se ha tendido a asociar a los cultivos genéticamente modificados, popularmente conocidos como transgénicos, con grandes transnacionales de países desarrollados. De hecho, es común escuchar este argumento como una forma de descalificar esta tecnología y resaltar que estas grandes empresas con los cultivos transgénicos afectarían la seguridad alimentaria de los pueblos. No obstante, y sin entrar a hacer juicios de valor sobre la bondad o maldad de las transnacionales, ni tampoco de quienes adhieren a ideologías anti globalización y anti transnacionales, la evidencia empírica señala que en muchos países hay importantes apuestas de pequeñas empresas locales como de consorcios público-privados y también de iniciativas 100% públicas, que han optado por desarrollar cultivos transgénicos para obtener nuevas variedades vegetales mejoradas, con el fin de resistir de mejor manera las sequías, plagas, malezas, u obtener mejoras nutricionales en beneficio del consumidor. Destacan ejemplos en Brasil, Argentina, España, China, y es una tendencia a nivel mundial.

En esa misma línea, en un país con una ideología clara como es Cuba, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (CITMA) lideró recientemente el establecimiento de la Comisión Nacional para el Uso de los Organismos Genéticamente Modificados en la agricultura de ese país. Esto significa que Cuba se suma oficialmente a los cerca de 25 países que producen cultivos transgénicos. Es interesante que el principal país productor de cultivos transgénicos es EEUU, el cual también tiene una ideología clara bien conocida por todos y que es absolutamente contraria a la de Cuba.

Entonces queda de manifiesto que la oposición a estas herramientas tecnológicas no debe basarse en cuestiones de derechas e izquierdas ni tampoco de una artificial dicotomía entre transnacionales y producciones nacionales.

No obstante, los ejemplos que vemos a nuestro alrededor, en Chile los prejuicios hacia la tecnología siguen impidiendo un mayor desarrollo de estas innovaciones en materia agroalimentaria, que aporten a su sostenibilidad. Chile es el principal productor exportador de semillas transgénicas del hemisferio sur para el mercado de contra estación hacia el hemisferio norte, sin embargo, vacíos regulatorios impiden la producción local de vegetales transgénicos para el consumo interno. A su vez, importamos a gran escala, para alimentación humana y animal, granos y alimentos derivados de estos cultivos. Todo esto es muy contradictorio, y la razón es muy clara: no ha existido la voluntad política de avanzar en estos temas, por prejuicios y argumentos que no son válidos, como lo demuestra la decisión del ministerio cubano.

Lo anterior ha llevado a que en Chile ni siquiera exista una oficina dentro de algún ministerio dedicada a prospectar las posibilidades de la biotecnología en la agricultura. Es una gran paradoja que impide tener avances made in Chile, por ejemplo, para obtener variedades vegetales adaptadas al cambio climático como plantas tolerantes a la sequía, resistentes al calor, frío, lluvias intensas, etc., o variedades que permitan utilizar menos insumos, o generar menos desechos de alimentos, o variedades que produzcan alimentos enriquecidos nutricionalmente. Por el momento, es una mala noticia para los agricultores locales y también para los que añoran una agricultura más sostenible y responsable.

De esta manera, 2 países en frente uno del otro, con ideologías absolutamente distintas, como son EEUU y Cuba, utilizan los cultivos transgénicos para avanzar hacia una agricultura más sostenible y fortalecer la seguridad alimentaria. Estos países han puesto las potencialidades de la tecnología por sobre la ideología, para así mejorar la calidad de vida de los agricultores, consumidores y el medio ambiente. Mientras tanto nosotros en Chile seguimos con la ideología debatiendo sobre los transgénicos.