En este año oscuro marcado por la pandemia mundial, quiero volver a vivir el año más feliz. Quizás es la angustia del presente la que me transporta a mis recuerdos de infancia, a ese año que disfrutamos con un equipo que unió a Chile y que provocó la primera gran celebración futbolística no sólo en Plaza Italia, hoy Plaza de la Dignidad, sino que, a lo largo de todo el país.

Cierro los ojos y recuerdo el cielo oscuro, la neblina y el frío lo cubren todo, pero una multitud alienta en el estadio Monumental lleno con banderas y papel picado, mientras el equipo salta a la cancha con la responsabilidad de por fin dejar la Copa Libertadores en Chile, de tocarla y no sólo mirarla.

En mi mente resuenan los relatos inconfundibles de Pedro Carcuro, junto a los comentarios eternos de Julio Martínez, Sergio “Sapito” Livignstone y Tito Foulliux en la televisión, mientras en la radio los ecos de Wladimiro Mimica parece que hacen vibrar a todo el país.

Colo Colo celebra este domingo sus 95 años de vida, el equipo del capitán David Arellano, quien luego de un desafortunado partido en España, sufrió y agonizó al igual como hoy sufren muchos en un hospital a causa de un virus que no quiero nombrar en estas líneas ya que bastante hemos leído de eso.

Lo cierto es que, para ganar esa Libertadores, al equipo nacional le costó sangre, sudor y lágrimas. Además, tuvo que sufrir increíblemente la ausencia de todos sus delanteros titulares por lesiones y expulsiones, hasta la misma final. Esto sólo le dio la razón al técnico croata quien confiaba plenamente en los juveniles para incluso cumplir el objetivo de ganar el torneo continental.

Cuando Colo Colo llegó a la semifinal ya no contaba con Ormeño ni Dabrowsky por lesión, se sumaría Patricio Yáñez, lesionado y expulsado luego de la “Batalla de Macul”. Luego, en la primera final en Asunción, la expulsión del goleador Martínez dejaría al equipo sin la línea de ataque para la final. Se rumoreaba que Barticcioto lesionado en una mano y Gabriel Mendoza tendrían que jugar de delanteros improvisados, pero Mirko ya tenía claro que Luis Pérez sería titular. El mismo Coca sufriría una luxación del codo en el primer tiempo de la final, perdiéndose la celebración en cancha y Rubén Espinoza tendría que jugar con un vistoso vendaje en el muslo tras el patadón de un paraguayo que le provocó un corte profundo que ameritaba suturar la herida.

En lo futbolístico

En estas semanas tuve el tiempo de revisar toda la campaña de la Libertadores. Descubrí detalles que no recordaba y reafirmé otras ideas de lo que muchos tuvimos la oportunidad de ver por televisión o en el estadio.

¡Cómo jugaba ese equipo de Mirko Jozic! El equilibrio entre defender, tomar el balón y generar un ataque era admirable.

La defensa fue pieza clave para resistir y superar a los rivales, comenzando contra un aguerrido Universitario de Perú, equipo físicamente superior que complicó al campeón chileno y que tuvo en la cabeza de su delantero “Balán”
González esa pelota que Morón sacó sobre la línea cuando el partido se iba con el ajustado triunfo 2-1 para los Albos.

El ataque era una arma letal. El contragolpe en el segundo gol a Boca es para verlo mil veces. Balón que recibe Mendoza, supera la marca de dos rivales, combina con Espinoza y logra superar al tercero en velocidad para habilitar a Yañez que con pique endemoniado centra con precisión para Barti, quien empalma con empeine para colocar el balón arriba y dejar sin opción a Navarro Montoya.

El mediocampo también hacía lo suyo, como lo dijeron los jugadores de Boca cuando salían de la cancha en Argentina: “nos dominaron, nos quitaron la pelota”… un resumen de lo que este equipo también hacía de visitante.

Luego de superar los fantasmas, el equipo chileno tuvo que resistir los embates de los tres Campeones de América que le tocó enfrentar, Nacional de Uruguay (Campeón de la Libertadores en 1988), el recordado equipo de Boca Juniors de Batistuta y Diego Latorre, que en total tenía a seis seleccionados argentinos, y Olimpia de Paraguay (Campeón de la Libertadores en 1990).

En el arco el “Loro” Daniel Morón, era prenda de garantía. Salvó goles hechos como el famoso carrerón de Batistuta en el Monumental con ese achique y arrojo que era su especialidad, así como el cortar centros pasados.

En defensa habían verdaderos perros guardianes como fueron Javier Margas y Miguel Ramírez. Atrás de ellos los esperaba de líbero Lizardo “Chano” Garrido con esa prestancia para salir jugando que se ganó aplausos en la misma bombonera frente a Boca. El rombo lo cerraba Eduardo Vilches que también tenía cualidades para proyectarse y distribuir de buena forma el juego en esa zona.

En la mitad encontrábamos a Gabriel “Coca” Mendoza, lateral indomable por la banda derecha, rápido y gran centrador. El capitán Jaime Pizarro fue muestra de experiencia, claridad en la salida y gran despliegue para pisar las dos áreas. Rubén Espinoza, otra pieza clave en esta campaña, no sólo con sus goles precisos de tiro libre y desde el punto penal, sino también con su juego asociado hasta la misma final en esa sociedad que formaron con Lucho Pérez.

Juan Carlos Peralta, es otro hombre que se ganó a todos con su arduo trabajo en el medio campo.

Y arriba basta sólo nombrarlos, Marcelo Barticciotto, el abre latas del equipo, el dueño del gol imposible a Boca y de las asistencias históricas.

Ricardo Mariano Dabrosky, un crack no sólo en el cabezazo, un gran definidor que marcó el triunfo con dos goles, uno de tijera frente a los uruguayos en la goleada 4-0.

Patricio Yáñez es historia aparte, desde los jugadores que lo pidieron, su llegada bombástica desde la U, y su gran nivel y rapidez para desbordar en velocidad y participar en goles importantes.

Arriba estaba el Tri-goleador nacional Rubén Martínez, que además aportaba rapidez de piernas hasta el final del partido como en la semifinal frente a Boca,en el cual marcó dos goles claves.

Y al final encontramos a los que dejaron su nombre en la historia: Luis Pérez y el joven Leonel Herrera. El primero no sólo tenía una revancha personal contra los paraguayos, sino que demostró toda su categoría para poner el 2-0 a los 12 y 17 minutos del primer tiempo, ante un estadio y un país eufóricos. En el caso de Leo Herrera, con 19 años ingresó por el lesionado Gabriel Mendoza y luego de aguantar la dura marca de los paraguayos, convirtió el tercer gol tras centro de Barticciotto desatando la algarabía total.

Era otra época, era otro Chile que venía saliendo de una dictadura y que por lo mismo vivió más intensamente este acontecimiento. Mucho tiene ese año que me hace volver cada cierto tiempo, una alegría genuina, un orgullo legítimo
grabado a fuego en los corazones como el primer amor, la primera vez que levantamos todos una copa internacional.

Si pudiera volver a vivir ese 1991, aunque otra vez tuviera sólo 10 años, lo haría a ojos cerrados, y quizás también saldría con una bandera chilena amarrada a un palo de escoba, escuchando de lejos como en la plaza de la ciudad cantaban miles de voces gritando: por fin ganamos…

Felipe González Fierro
Periodista