El temor recorría a las izquierdas latinoamericanas. Un nuevo triunfo de la extrema derecha, esta vez en el gigante brasileño, habría consolidado una tendencia política que viene modificando profundamente el mapa del continente. Las encuestas, el resultado de la primera vuelta y los primeros momentos del escrutinio alimentaron esa inquietud. Finalmente, Lula consiguió remontar la desventaja y derrotar a Flávio Bolsonaro. El temor dio paso al alivio y luego a una verdadera exaltación, expresada en las redes sociales y en las celebraciones de dirigentes y partidos de izquierda de toda la región.

Hay razones para celebrar. Pero la victoria de Lula, conseguida con el 51,79% de los votos, deja también una advertencia: casi la mitad de los brasileños respaldó una alternativa de extrema derecha. Sería un grave error que el entusiasmo impidiera examinar las causas de la crisis que atraviesan las izquierdas latinoamericanas y su manifiesta dificultad para levantar una propuesta capaz de enfrentarla.

El giro político continental es elocuente. Alrededor de trece países latinoamericanos están gobernados por derechas y centroderechas, aunque sería equivocado identificarlas a todas con el extremismo. En ese conjunto destacan las expresiones radicales que han conquistado el poder en Argentina, Chile y El Salvador. Su avance obliga a preguntarse qué ha ocurrido con las izquierdas que durante décadas aspiraron a representar las demandas de justicia social, progreso e igualdad en la región.

Buena parte de la izquierda continental quedó identificada con experiencias populistas, caudillistas o refundacionales: el chavismo venezolano, el proyecto de Evo Morales en Bolivia, el kirchnerismo argentino y el correísmo ecuatoriano, con sus diferencias y resultados particulares. En Nicaragua, el régimen de los Ortega desembocó en una dictadura familiar. La retórica revolucionaria, la confrontación permanente y la pretensión de refundar las sociedades terminaron desplazando, demasiadas veces, la construcción de instituciones democráticas y reformas duraderas.

El avance de las derechas radicales encuentra allí parte de su explicación, aunque sería simplista atribuirlo exclusivamente a esos fracasos. También expresa el debilitamiento de la representación política, la inseguridad económica, el temor a la delincuencia, las dificultades del crecimiento y la distancia entre los discursos partidarios y las preocupaciones cotidianas de los ciudadanos. La derecha radical ha sabido aprovechar esas frustraciones y ofrecer respuestas fáciles a problemas complejos.

Sin embargo, hay otra izquierda que todavía no ha sido derrotada en esta confrontación histórica, sencillamente porque no ha conseguido expresarse como una alternativa continental reconocible. Es la izquierda democrática, reformista y socialdemócrata. Para esta izquierda, la experiencia brasileña ofrece una lección y una oportunidad decisiva.

Lula procede de la tradición sindical y popular, pero sus gobiernos han tenido una orientación sustancialmente socialdemócrata. Ha sabido conciliar la economía de mercado con políticas redistributivas, crecimiento con protección social y reformas con respeto al orden constitucional. Conservó las instituciones republicanas, negoció con adversarios, construyó mayorías y consiguió avances sociales importantes. Y no promovió nuevas constituciones a su imagen y semejanza ni torció las leyes para ser reelegido. Su liderazgo carismático y ciertas apelaciones populistas no alteran el carácter predominantemente pragmático y reformista de su ejercicio del poder. Tampoco lo eximen de errores y contradicciones.

Esa es la dimensión de Lula que merece rescatarse. Su experiencia contrasta con las tentaciones refundacionales, las inútiles grandilocuencias de ciertos foros y grupos continentales y las aventuras ideológicas que han confundido radicalidad verbal con capacidad transformadora. Lula comprendió algo elemental que gobernar exige hacerse cargo de la realidad, reconocer sus restricciones y construir mayorías, incluso entre quienes no comparten las propias convicciones.

América Latina necesita recuperar esa inteligencia política. También en su integración regional, demasiadas veces atrapada entre afinidades ideológicas, declaraciones altisonantes y una relación con Estados Unidos construida sobre la condición de víctima permanente. El desafío consiste en levantar una integración pragmática, basada en intereses compartidos, cooperación económica, desarrollo tecnológico y capacidad de negociación. Una región que abandone la resignación histórica de considerarse eternamente sometida y pueda relacionarse de igual a igual, desde sus propios intereses y capacidades, con la potencia del norte.

¿Quiénes podrían encabezar esa renovación? No abundan los Lula en América Latina, lamentablemente la profusión de “¡Grande Lula!” no alcanza para pensar en seguidores a su altura. Su trayectoria, liderazgo y estatura política encuentran escasos equivalentes. Pero una renovación tampoco puede depender de la aparición providencial de un caudillo, por esclarecido que sea.

Existen partidos y movimientos socialistas, socialdemócratas y liberal-progresistas capaces de impulsar una articulación internacional distinta. Entre ellos, el socialismo democrático chileno dispone de una tradición respetable, construida en la lucha contra la dictadura, la recuperación de la democracia y la exitosa experiencia reformista de los gobiernos de la Concertación. Pese a las simpatías que algunos de sus exponentes y sectores manifestaron por experiencias populistas, su orientación principal permaneció vinculada a la democracia representativa, el pluralismo y las reformas institucionales.

Desde esa tradición podría contribuir, junto con fuerzas afines del continente, a construir una alternativa internacional que recupere la vocación mayoritaria de la izquierda, su compromiso con la igualdad y su capacidad de gobernar sociedades abiertas, diversas y económicamente complejas. Una izquierda que vuelva a hablar de crecimiento, trabajo, seguridad, movilidad social y bienestar, que comprenda las transformaciones de las sociedades contemporáneas y abandone la ilusión de que las consignas pueden sustituir a las políticas públicas.

Es cierto que la socialdemocracia también ha sufrido derrotas en Europa, incluso en países donde alcanzó sus mayores realizaciones. Pero una cosa es el retroceso electoral de sus partidos y otra muy distinta el fracaso de sus instituciones sociales que siguen en pie. Buena parte de los Estados de bienestar europeos continúa descansando sobre políticas públicas que esa tradición contribuyó decisivamente a construir, incluso bajo gobiernos conservadores. Sus propias dificultades demuestran, sin embargo, que las conquistas del pasado no garantizan la adhesión de las generaciones presentes.

A pesar de quienes llevan décadas anunciando su muerte, la socialdemocracia continúa ofreciendo una respuesta viable frente a la chatura del populismo, el facilismo político y las ilusiones refundacionales. Para recuperar su vigencia necesita renovar sus ideas, sus métodos y su vínculo con las mayorías sociales. La victoria de Lula abre una oportunidad para avanzar en esa dirección. Celebrarla es legítimo y también comprender sus lecciones para sembrar una nueva Latinoamérica.