En el marco de las relaciones exteriores de un país, la diplomacia es una pista fundamental. Un acto hostil tiene múltiples formas. Cuando Fidel Castro se quedó en Chile mucho más tiempo del que estaba establecido en la planificación e invitación original, Allende debió comprender que era el “abrazo del oso”, referencia utilizada en nuestra lengua para describir figurativamente una acción o muestra de aparente afecto, apoyo o alianza que en realidad resulta asfixiante, perjudicial o destructiva para quien lo recibe.
Ese caso, muy interesante, merece más análisis, pero lo guardaremos hasta otra ocasión, aunque bastará decir que desde ese día el proyecto de Allende, que era una excepción en el ámbito de los socialismos, quedó dentro de una categoría a la que no pertenecía ni le convenía.
Cuando alguien se declara tu socio y tu amigo, pero te da “el abrazo del oso”, es importante vislumbrar mecanismos para evitar la asfixia consecuente. Y la incorporación de Chile al “Escudo de las Américas” tuvo un abrazo del oso por parte de Estados Unidos a Chile, o mejor dicho, un abrazo otorgado por Donald Trump y cuyo receptor fue el presidente José Antonio Kast.
El biministro Claudio Alvarado lo dijo con claridad: “Fue un poco sorpresivo para nosotros… (la firma) estaba proyectada un poco más adelante. Pero Estados Unidos decide, aprovechando la ONU (refiere a la reunión de la asamblea), para suscribirlo”. Es decir, el presidente Kast no tuvo derecho a manejar los tiempos, a dar alguna excusa que le hiciera ganar tiempo y menos tuvo derecho a oponerse al ingreso formal a esta…creación.
Digo “creación” porque tampoco se sabe lo que es. No es una organización, solo es una declaración, pero las declaraciones no toman forma orgánica. Y esto supone un cierto compromiso de reciprocidad. Pero no es exigible. De ser así no es nada, porque el compromiso de reciprocidad es una de las características de los humanos, ningún país negocia pensando en que no haya nada de reciprocidad.
Por tanto, en este caso el documento sería vacío e inútil o al menos obvio. Pero genera movimiento porque al mismo tiempo de poder ser considerado nada, resulta que “es” algo. Y ese algo es impreciso y resulta que los estados odian y repelen la incertidumbre, pues de hecho el Estado de derecho se basa en la predictibilidad de la conducta de las instituciones.
Seguimos viendo lo ya dicho. Es una creación extraña y que le importa mucho a Estados Unidos. Y mientras tanto el mismo país se retira o se repliega en órganos multilaterales de todo el mundo, porque siente que significan gastos y que suponen entregar soberanía. ¿Por qué una (estructura, orgánica, comité, lo que sea) multilateral es necesaria si el mismo país convocante las considera inútiles?
Pero he hecho un ejercicio que puede ser útil. En las siguientes tablas se observa lo que dice el texto de la declaración sobre algún asunto y luego se muestran dos ejemplos de solicitudes que se podrían hacer a partir de esos textos. En la tercera columna se señala el grado de compromiso que supone la redacción.



Hay casos hipotéticos expresados en la tabla donde se llega a un nivel de exigencia alto, cuando se conmina. Y es que este verbo es interesante, porque es una invitación que lleva adjunta una presión. Considerando que el verbo “conminar” significa exigir u ordenar a alguien que cumpla con algo, por lo general bajo la amenaza de una sanción, castigo o consecuencia si no obedece; entonces en los casos que ello ocurra, todos comprendemos que hay más probabilidad de “conminar” siendo Estados Unidos que siendo Ecuador.
Por ejemplo, resulta difícil de imaginar que Chile le pida antecedentes de una inversión extranjera en Estados Unidos que pretende construir satélites. Sería extraño que eso ocurriera. Pero no sería extraño que, dado los intereses de las potencias, Estados Unidos le pidiera a Chile revisar documentación sobre el origen de los fondos de una inversión en centros de datos o incluso en pesca.
En torno a esta iniciativa, ha habido un nutrido debate sobre el tema de la soberanía que podría generar haber suscrito la declaración. Me parece irrelevante porque eso ya es cosa juzgada por la ciudadanía.
Pero me llamó la atención la columna que escribió Max Colodro donde se desarrolla la tesis que sostiene que la soberanía no se pierde principalmente por cooperar con Estados Unidos, sino por la incapacidad del Estado para controlar su propio territorio frente al narcotráfico y el crimen organizado; si Chile no ha logrado enfrentar eficazmente esas amenazas (dice Colodro) y sus vecinos ya se integran a una arquitectura regional de seguridad, incorporarse al Escudo de las Américas podría fortalecer, antes que debilitar, su soberanía efectiva.
El argumento es interesante. La objeción central es que el argumento confunde recuperación de capacidad estatal con recuperación de soberanía: demostrar que Chile necesita cooperación internacional no demuestra que deba incorporarse a una estructura organizada alrededor de una potencia hegemónica. El Escudo puede aumentar la capacidad operacional chilena y, simultáneamente, reducir su autonomía estratégica si Washington concentra inteligencia, fija prioridades o genera costes crecientes para quienes permanezcan fuera.
La pregunta que Colodro deja sin responder es, por tanto, cuánta autonomía exterior se intercambia por capacidad interior y quién termina definiendo las amenazas, las prioridades y las reglas de esa cooperación. Si un Estado es fallido, ello no implica que la prótesis de un país más poderoso sea la capacidad estatal de otro estado. Y si fuera virtuosa la articulación, incluso en ese caso, no hablamos de soberanía, sino de capacidades estatales. No es lo mismo. La tesis que señalaba que la política se haría fuerte simplemente porque el mundo y los países, bajo ciertas condiciones, funcionan mejor, fue una tesis tecnocrática desmentida por la realidad. Después del tecnocratismo de los noventa vino un mundo más identitario y mucho menos apegado a la funcionalidad.
Termino con una digresión.
Cada cierto tiempo los docentes tomamos examen de nuestros alumnos. Es habitual que, en la entrega de calificaciones, algún alumno se acerca al profesor a defender sus derechos o, a veces no coincide, a defender una nota no obtenida. Muchas veces la pregunta es genérica: “¿por qué me bajó la nota?”.
Hay que estar atento a esta pregunta porque es genial. El profesor debe explicar lo que ha fallado el alumno y, naturalmente, en una pregunta estando de pie, con todo el curso, sin tiempo para volver a leer el examen, el profesor balbucea luego de mirar de reojo. Habiendo ya cometido algún error en la explicación, ya estamos en el problema político y lo más simple es cambiar la nota, no sin antes hacer algún además protocolar de que revisará el texto.
El problema de esta situación es que siempre termina mal porque está basada en una premisa falsa. A ningún alumno le bajamos la nota. Lo que ocurre es muy distinto, de hecho es lo opuesto: los alumnos comienzan la prueba con un uno y pueden obtener hasta un siete. A medida que aciertan, suben su nota. Solo a veces, si hay un aberración o una evidente trampa, se podría rebajar el puntaje que conduce a la calificación. Es un fenómeno excepcional.
¿Qué tiene que ver esto con el “Escudo de las Américas”? El problema es que el Gobierno se ha comportado como si fuera el alumno ya descrito. Se pide a los críticos que señalen las razones por las cuales la declaración está mal. Y cuando ello ocurre, señalan que es una exageración, que el texto no dice eso. Y claro, tienen razón. El problema es que el texto no dice nada. Absolutamente nada. Y al mismo tiempo es un texto heteróclito, múltiple, es un laberinto borgiano mal escrito, es un documento no jurídico con prosa jurídica sin precisión, es variopinto y es casi una curiosidad literaria. Y el problema es que si no es aquello que podría deducirse, inferirse o interpretable, entonces ¿qué es?
El problema radica en que no sabemos lo que es. Una declaración hecha para mientras duren ambos gobiernos, porque no tiene más profundidad. Pero en medio de eso se firma algo, una declaración, que no obliga, pero compromete la palabra. Y resulta que las palabras dicen de todo y nada a la vez. En esas escenas ganan los jugadores que tienen más juego, las potencias, los constructores de narrativas.
El texto de la declaración está publicado. Es corto y variado, como ya se ha dicho. Usted lo puede leer en este link, despertará su imaginación y quizás su confuisión. Porque nunca alguien había escrito tanto en tan pocas palabras para decir nada y para hacer mucho.
¿Y el título? No hay que explicarlo.
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