Parece que la vieja Doctrina Monroe encontró sastre nuevo. Ya no hacen falta virreyes, protectorados ni marines desembarcando para recordar quién manda. En el siglo XXI basta una cumbre, una fotografía, un documento de cooperación y varios presidentes dispuestos a presentarse como soberanos mientras aceptan que otro diseñe el tablero.
Bienvenidos al nuevo feudo de las Américas. La fórmula es bastante elegante. Washington define las amenazas, establece las prioridades y construye la arquitectura regional. Después, cada gobierno puede volver a casa explicando que nadie ha cedido soberanía. Y todos contentos.
Estados Unidos tiene influencia sin necesidad de llamarla influencia y los gobiernos latinoamericanos conservan formalmente su independencia. Una especie de vasallaje moderno, pero con conferencia de prensa.
El Escudo de las Américas debe analizarse precisamente desde esa perspectiva. Combatir el narcotráfico y el crimen organizado es indispensable. Cooperar internacionalmente también. Pero ¿estamos construyendo una estrategia latinoamericana de seguridad o incorporándonos a una estrategia estadounidense para América Latina?
Porque no es exactamente lo mismo.
Y resulta especialmente llamativa la facilidad con que algunos gobiernos de ultraderecha latinoamericanos reivindican patria, bandera y soberanía mientras encuentran pocas dificultades para entregarse a Washington.
Mucho soberanismo hacia adentro. Mucha independencia en el discurso. Mucho pecho inflado frente al vecino. Pero cuando habla Trump, aparece la librea.
Una librea moderna, naturalmente. Sin botones dorados ni peluca. Ahora viene confeccionada con fotografías en la Casa Blanca, declaraciones sobre amenazas compartidas y solemnes invocaciones a la defensa de Occidente. Y así volvemos, dos siglos después, al fantasma que América Latina conoce demasiado bien: la idea de que nuestro continente constituye una esfera de influencia de Estados Unidos.
Chile debe combatir al narcotráfico. Debe intercambiar inteligencia. Debe cooperar con otros Estados. Pero debe hacerlo desde su propia política exterior, sus instituciones y sus intereses nacionales.
Porque hay algo elemental que parece necesario recordar: los Estados son jurídicamente iguales. Así lo reconoce uno de los principios fundamentales del orden internacional. La diferencia de población, riqueza, territorio o poder militar no transforma a unos Estados en superiores y a otros en subordinados.
Estados Unidos podrá tener más portaaviones, más dólares y más poder. Pero ante el derecho internacional no tiene una soberanía de primera categoría mientras Chile posee una de segunda.
Chile es un Estado soberano. Punto.
Cooperamos entre iguales. Negociamos entre iguales. Suscribimos acuerdos entre iguales. Y cuando nuestros intereses no coinciden, también tenemos el derecho soberano de decir que no.
Por eso resulta curioso escuchar discursos inflamados sobre patria y soberanía mientras algunos parecen tan cómodos vistiendo la librea de Washington. La soberanía no se declama frente al débil para después inclinarse frente al poderoso.
Chile no es una provincia periférica de ninguna potencia ni una pieza disponible en el tablero geopolítico de otro Estado. Somos una República soberana y jurídicamente igual a Estados Unidos, China, Argentina o cualquier otro Estado.
Podemos tener socios, aliados y amigos. Lo que no necesitamos son señores feudales. Porque entre Estados soberanos no hay patrones ni vasallos: hay iguales.
Enviando corrección, espere un momento...
