La visita de Angie Corine a La Moneda generó una reacción que dice mucho más de sus críticos que de la propia artista. Porque el problema, al parecer, no era que una cantante entrara al Palacio de Gobierno. Tampoco que una figura extranjera expresara simpatía por el proyecto político que representa José Antonio Kast. El verdadero problema fue otro: que esa artista no cantaba desde los códigos de la izquierda.
Angie Corine, artista urbana estadounidense radicada en España, llegó a Chile en el marco del Liberty Fest, un encuentro realizado en Santiago bajo la consigna de la libertad económica e individual. Luego fue recibida por el presidente José Antonio Kast en La Moneda, visita que ella misma destacó públicamente y que agradeció al foro que hizo posible su paso por Chile.
Hasta ahí, el hecho podría haber sido comentado como lo que fue: una visita de una artista con opinión política explícita. Pero ocurrió algo más revelador. Ciertos sectores de oposición reaccionaron como si la cultura fuese una concesión que solo ellos pueden administrar. Como si el arte fuese legítimo solo si se reza a Marx o a sus discípulos.
Ese es precisamente el fenómeno que Angie Corine vino a evidenciar. Sus canciones no son neutras, y tampoco pretenden serlo. En temas como la saga “España” o “Viva el comunismo”, la artista usa ironía, provocación y lenguaje popular para hablar de impuestos, ocupaciones, inmigración, subsidios, burocracia y socialismo. Sus letras podrán gustar o no, pero tienen una virtud evidente: traducen debates complejos al lenguaje de una generación que consume ideas en canciones, memes y redes sociales.
Ahí está la incomodidad. Durante años, parte de la izquierda entendió que la cultura no era un accesorio de la política, sino uno de sus campos principales. La música, el cine, la universidad, los festivales, las series, los murales y las redes fueron espacios desde los cuales se instalaron emociones, relatos y símbolos, porque tienen claro que la batalla cultural no se gana solo con cifras.
Por eso la aparición de una rapera de derecha molesta más que muchas audotrías, gráficos complejos o columnas de opinión. Porque llega con ritmo, humor, insolencia y una narrativa fácil de compartir. Y cuando una idea se puede cantar, supera a cualquier docente.
El rap nació asociado a la crítica social, por lo que sus letras tienen la posibilidad de “golpear” a toda ideología y sirve para criticar al poder estatal, a los impuestos abusivos, a la inseguridad, al clientelismo, a la censura cultural o a las élites progresistas con la misma legitimidad con que otros critican al mercado que les permite ganar dinero con su talento o a la policía que los protege en sus conciertos. El punto no es exigir que a todos les guste Angie Corine, sino aceptar que la música no tiene dueño político.
Y aquí aparece el típico doble estándar de la izquierda: cuando Mon Laferte usó una vitrina internacional para denunciar que en Chile se torturaba, violaba y mataba, nadie serio sostuvo que por eso dejaba de ser artista. Cuando Tom Morello y Mon Laferte fueron considerados dentro de los invitados culturales a la conmemoración de los 50 años del golpe en La Moneda, aquello fue presentado como parte del mundo artístico y simbólico. Cuando Silvio Rodríguez fue recibido por Gabriel Boric en La Moneda, su evidente historia política no anuló su condición de cantautor.
Entonces, ¿por qué con Angie Corine el estándar cambia? ¿Por qué una artista de izquierda puede ser compromiso, memoria o conciencia social, mientras una artista de derecha debe ser tratada como provocación, amenaza o escándalo? La respuesta es sencilla: porque una parte de la izquierda se acostumbró a confundir hegemonía cultural con propiedad cultural.
En medio de esa polémica se intentó levantar un contrapunto con la familia de Julián Carvajal, joven con distrofia muscular de Duchenne, cuyos padres caminaron desde Puerto Montt a La Moneda buscando ayuda para un tratamiento de altísimo costo. Esa causa merece respeto, humanidad y una respuesta seria del Estado. Precisamente por eso resulta inaceptable usarla como munición comunicacional para desacreditar una visita cultural ocurrida en otro contexto.
La visita de Angie Corine importa porque revela que la batalla cultural ya no se juega solo en manifiestos, sino que ahora el ring está principalmente en Spotify, TikTok, YouTube, Instagram y en canciones que incomodan porque son capaces de decir, en tres minutos, lo que otros no logran explicar en tres informes. La derecha, por años, llegó tarde a esa disputa. Angie Corine representa justamente lo contrario: una generación que no pide perdón por cantar desde sus convicciones.
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