El hecho de que sigan defendiendo este tipo de regímenes, incluso después de todo lo que hoy sabemos sobre sus abusos, demuestra una falta de aprecio por la vida humana y las libertades individuales.
Al finalizar el mes de abril, en el natalicio de Vladimir Lenin, Lautaro Carmona dijo que reafirmaba el carácter leninista del Partido Comunista de Chile. Esto no es una novedad: el propio partido se sigue definiendo como marxista-leninista.
Es importante entender que el marxismo-leninismo ha planteado históricamente la vía revolucionaria armada para alcanzar el comunismo. En la práctica, muchos de los regímenes inspirados en esa doctrina llegaron al poder en medio de procesos violentos y posteriormente derivaron en sistemas de partido único y carácter dictatorial, utilizando ampliamente la represión para mantenerse en el poder.
Defendieron a Lenin y a Joseph Stalin, responsables de algunas de las mayores atrocidades del siglo XX: violaciones en masa, torturas, ejecuciones y hambrunas que costaron la vida a decenas de millones de personas.
El Partido Comunista chileno los apoyó en su momento y sigue reivindicando parte de ese legado. También respaldó la invasión de la Unión Soviética a Checoslovaquia y ha respaldado a regímenes como los de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, además de apoyar o relativizar situaciones en países como Nicaragua, Corea del Norte, Irán y Rusia.
Mantuvieron vínculos políticos cercanos con las FARC colombianas, recordemos que Camila Vallejo habló de una “solidaridad ideológica”, y posteriormente se conocieron más de 300 correos encontrados en computadores incautados a líderes guerrilleros que evidenciaban una estrecha relación entre ambas organizaciones.
Además, Camila Vallejo ha dicho que Fidel Castro es un “faro de luz y esperanza para Chile”, pese a tratarse de un régimen que lleva cerca de 70 años de dictadura, violación a derechos humanos con una pobreza de más del 80% según el “Observatorio Cubano de Derechos Humanos”.
Por sobre todo esto, no olvidemos que la candidata del Partido Comunista a las últimas elecciones presidenciales, Jeannette Jara, al ser consultada sobre si se identifica con el principio leninista de su partido, señaló sentirse más cercana a la socialdemocracia que al leninismo.
Lo cierto es que ambas visiones son incompatibles: o se siente cercana al leninismo antidemocrático o se siente cercana a la socialdemocracia, pero no a ambas al mismo tiempo. Considerando esta contradicción insalvable manifestada cándidamente por la excandidata del Partido Comunista, no sorprende que haya afirmado que Cuba es un “sistema democrático distinto”, mostrando así una cercanía con el marxismo-leninismo más que con la socialdemocracia.
El hecho de que sigan defendiendo este tipo de regímenes, incluso después de todo lo que hoy sabemos sobre sus abusos, demuestra una falta de aprecio por la vida humana y las libertades individuales. Asimismo, deja en evidencia el profundo elemento antidemocrático sobre el que se funda el Partido.
Los aliados del Partido Comunista no se quedan atrás. El expresidente Gabriel Boric, el 20 de octubre de 2019, un día después de la quema de distintas estaciones de metro, señaló que no condenaba las evasiones en el metro porque, a su juicio, permitían generar un cambio de prioridades en las políticas públicas. Esta visión implica justificar que personas infrinjan la ley cuando ello favorece los fines políticos que se persiguen, y más grave aún, deja claro que para ellos la violencia es un medio válido para lograr el poder, en igualdad de condiciones con la democracia. Una postura antidemocrática que va en línea con principios defendidos históricamente por el Partido Comunista.
En consecuencia, cuando el expresidente Boric afirmó que “el Partido Comunista tiene credenciales impecablemente democráticas” evidencia un doble estándar cuando se habla de democracia y derechos humanos. No duda en calificar a Donald Trump y otras figuras políticas como fascistas y autoritarios, pero no tiene la capacidad de aplicar un mínimo de objetividad a sus socios de coalición.
El expresidente Gabriel Boric y el Frente Amplio terminan siendo cómplices de esta defensa al otorgar poder y respaldo a un partido que, en los hechos, resulta contrario a principios democráticos, liberales y de derechos humanos.
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