El marqués de Sade, en este sentido, funciona como una especie de doble indeseable, de negativo demasiado locuaz de una práctica (agresiva, corporal, sin consentimiento) en plena actividad; Sade le soplaba a la sociedad francesa lo que estaba ocurriendo, especie de traidor en el silencio reinante.

El editor Jean Jacques Pauvert, especialista en el rescate de libros malditos y sicalípticos, ha tenido la osadía de irritar la legislación francesa vigente y publicado la obra prohibida del marqués de Sade. El juicio en su contra se inicia el 15 de diciembre de 1956, en la XVII Sala Correccional de París.

¿Quién podría enfrentar el pleito con sólidos conocimientos jurídicos y, por qué no, con competencias culturales y literarias que le permitieran defender el caso en todas sus aristas? Y como Pauvert también sabe, no le vendría mal un abogado que llamara la atención de la prensa y estuviera a la altura de lo que ella esperaba: un escándalo mediático en beneficio de unos y otros. Un nombre, entonces, se impone entre todos: el del excéntrico Maurice Garçon, abogado penalista que ha intervenido en casos de gran relevancia pública, política y cultural.

Ya en 1926 defiende a Jean Fort, librero-editor acusado de publicar el satírico y antibelga manuscrito inédito de Baudelaire, Amoenitates Belgicae; el año 1932 a Simenon y su novela El efecto de la luna, por calumnias; el año 1948 a Jean Genet, acusado –por duodécima vez– del robo de un ejemplar de lujo de las Fiestas galantes, de Verlaine. Además, ha sido presidente del Club del Circo, abogado del sindicato de prestidigitadores (¡mago él mismo!), y autor de El diablo, estudio histórico (1926), con el psiquiatra Jean Vinchon.

¿Cómo defender a Sade-Pauvert?, ¿se trata de una defensa del escritor, del ataque al sistema legal, o de una inscripción de la obra en una comunidad cultural? Luego de un concienzudo estudio y largas deliberaciones, dan con algunas claves maestras que exhibirán en el tribunal:

1º. No demostrar lo indemostrable. Por tanto, no se cuestionará el carácter vicioso e inmoral de la obra de Sade. Incluso se aludirá a su obra en esos términos.

2º. Exhibir el carácter de fuente de la obra para saberes científicos contemporáneos, como la filiación de la psicología de Freud y sus investigaciones sobre la fijación sexual, la represión, etc.

3º. La cualidad de antecedente para la obra filosófica de Nietzsche. Lo menciona en Más allá del bien y del mal, Genealogía de la moral, y en Ecce Homo.

4º. Citar a declarar a personalidades de la vida cultural francesa. Inmediatamente se pusieron en contacto con André Breton, Georges Bataille, Jean Cocteau y Jean Paulhan, los que declararían en persona sometiéndose al interrogatorio del juez, o por medio de cartas al tribunal exponiendo sus puntos de vista. Además, Garçon haría converger las declaraciones, las supervigilaría y eliminaría aristas inconducentes.

Maurice Garçon remonta su alegato desde la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, impugna la competencia de la Sala, cita legislación comparada, paradojas de la historia, etc.; en el tribunal cataloga abiertamente la obra de Sade como una “increíble filosofía del vicio”, avisándole al tribunal que no entraría en un enfrentamiento por el cariz escabroso de la obra, pero que a pesar de los “excesos, errores, razonamientos desordenados, sus conceptos a menudo aberrantes, Sade ha descubierto, cien años antes de Freud, los resortes de la psicología sexual”. Y continúa en su estrategia valorativa al señalar que los médicos, los sociólogos, los psicólogos no podían ignorarlo.

Las situaciones paradojales o ya abiertamente ridículas las expone con precisión al decir que se conoce su bibliografía pero no sus libros; que solo se le puede conocer a través de interpósita persona, aludiendo a ensayistas, comentaristas y creadores, como al fino poeta Gilbert Lely, personaje con acceso directo a manuscritos y cartas inéditas del marqués por medio de la familia, en su condición de biógrafo del mismo; o Simone de Beauvoir, Klossowski, Dühren, Breton y otros. Apunta que la obra ha sido traducida a infinidad de lenguas pero que no existe en la francesa. Con énfasis Garçon señala que la intención de Pauvert ha sido la de ofrecer la obra a una comunidad de investigadores, a la vida universitaria, de una manera parca en ediciones limitadas, prácticamente fuera de comercio, que oscilan según el título entre los dos mil y cuatrocientos setentaicinco ejemplares.

A la hora de los testimonios, la declaración por escrito de Jean Cocteau es de las más agudas. Encuentra al marqués “aburrido y de un estilo débil”, armando, finalmente, una de esas frases brillantes y atractivas: “La más inofensiva de las novelas policiales de la pudibunda Estados Unidos es más perniciosa que la más audaz de las páginas de Sade”. Por tanto, Cocteau le atribuye cero novedad en sus historias a esta altura de los tiempos, y, en un movimiento inesperado, lo cataloga de moralista.

Breton, animador de Pauvert en la lectura del marqués, declara por escrito exponiendo un punto de vista también sorprendente. Opina que los “exégetas de la obra de Sade son en su mayoría hombres de ciencia”, como el citado Eugen Dühren (pseudónimo del psiquiatra y sexólogo alemán Iwan Bloch, descubridor del manuscrito perdido de Los 120 días de Sodoma) y Maurice Heine, a quienes atribuye la iniciativa de la publicación de la obra. Explotando la veta de la productividad dura de Sade y el carácter de fuente en las ciencias, refuerza ese ámbito con la opinión de Charles Henry, director del Laboratorio de Fisiología de las Sensaciones de la Sorbona, quien en su opúsculo La verdad sobre el marqués de Sade (1887), cita el epígrafe tras el cual se escudó el escritor: “No se es un criminal por trazar la pintura de las bizarras inclinaciones que inspira la natura”.

Tampoco se le escapa a Breton la mención al tribunal de una fecha importante, los dos centenarios de Madame Bovary y Las flores del mal: obras ya agredidas inútilmente por el sistema legal. Breton cierra el documento con prácticamente una divisa que encarnaría Pauvert y su intrépida práctica editorial: la cultura y la libertad son “una e indivisible”, contribuyendo este joven editor, como nadie en este tiempo, a la difusión de la cultura en Francia.

El cuerpo a cuerpo entre el tribunal y los testigos es apasionante. Se encadenan preguntas y respuestas que esclarecen el estado de la república, sus temores, el sitio en que por nada del mundo se quiere que esté la nueva Francia que ha salido de la derrota alemana. ¿Cómo nos hacemos fuertes?, ¿no le debemos infundir a las nuevas generaciones valores y estímulos formativos que la orienten y hagan robusta? Oír al presidente de la Sala era escuchar a esa Francia de las profundidades temerosas.

El primero en declarar en persona es Jean Paulhan, autor de una tesis del marqués para la Sorbona y director de la influyente Nouvelle Revue Francaise. Paulhan expone una actualidad inesperada de Sade, apunta que su obra se exhibe “vulgarizada en los diarios”, connotando, de paso, el cinismo de valores que se dice preservar cuando en realidad se tensionan o burlan día a día en la vida parisina. La obra de Sade es lo mismo en “estado puro”: el original. Buen lector de John Milton, repite en el tribunal un argumento de la Areopagítica contra la censura –de por lo menos cuatro siglos de antigüedad– que deja atónito al tribunal: le dice al juez que la Biblia debía leerse con no menos precaución que a Sade, ya que se encuentran ahí situaciones escabrosas de toda índole.

Georges Bataille, enmascarado en un tono parco, en su papel de bibliotecario y hablando, como él dice “por la filosofía”, anota en el interrogatorio la común y plena identidad entre la historia del hombre y el marqués en el abismo de las guerras y el dolor –al hombre, perversamente, le gusta crear guerras y se deleita en verlas–, contraviniendo la razón y los intereses sociales edificantes. ¿Qué ocurría en la mente, el espíritu, en el corazón o en la superficie cárnea del hombre que necesita o busca estas debacles? En Sade se podía hallar una respuesta o al menos una observación aguda de ese abismo. Bataille, sin embargo, es partidario de la lectura reservada de la obra, previo llenado de un formulario, coincidiendo con las prevenciones de la edición limitada de Pauvert.

Los tribunales se encuentran en un dilema de muy difícil resolución, expresado en algunas de las preguntas a Bataille que interpelan a todo el colectivo francés: ¿debían abandonar el resguardo estricto de la moral social y abocarse, por el contrario, a cuestiones de orden concreto y diario como el robo y la drogadicción? ¿Pero no era, acaso, hora de sincerar lo que las altas instituciones del Estado denominaban la “moral social”, cuando una verdadera guerra como la de Indochina o Argelia ponía en cuestión, precisamente, la “moral social” francesa involucrada en un sojuzgamiento trasnochado por medio de asesinatos y torturas en las colonias? ¿No era, en este punto, mucho más orgiástica y ebria de poder una política estratégica francesa que ya no tenía actualidad? ¿No era verdaderamente obsceno el doble lenguaje en uso, el de las libertades que había inaugurado la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la vida moderna de los pueblos del mundo, y el lenguaje “interno” de las instituciones de poder que malinformaba, eludía o simplemente silenciaba en qué estaba Francia?

El marqués de Sade, en este sentido, funciona como una especie de doble indeseable, de negativo demasiado locuaz de una práctica (agresiva, corporal, sin consentimiento) en plena actividad; Sade le soplaba a la sociedad francesa lo que estaba ocurriendo, especie de traidor en el silencio reinante. Entonces, se teatralizaba un juzgamiento, se fingían jueces y acusados, se fingía la defensa de la moral social porque la moral social no contaba en realidad.

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Bataille algo sospecha de todo esto y se limita a responder lo justo y preciso. No se expande en argumentaciones literarias y filosóficas ante el tribunal, cuestiones que sí había desarrollado en ese libro inquietante, La literatura y el mal, en que declaraba, además de los aportes a su estudio del propio Paulhan, Klossowski y Blanchot, su deuda de gratitud con el bibliófilo y erudito Maurice Heine, estudioso y editor de la obra sadeana. La declara una “obra única”, aunque sin abundar en que buena parte de la literatura más agresiva de Francia proviene de este autor encerrado en la Bastilla el día de la revolución.

Impertérrito, sordo a las argumentaciones de algunas de las cabezas más esclarecidas de Francia, y como si la sentencia ya estuviera escrita, el tribunal falla contra Sade y la divulgación editorial de Pauvert. El 10 de enero de 1957, la Sala Correccional condena al editor a multa de doscientos mil francos más costas, como a la confiscación y destrucción de la obra embargada: La historia de Juliette, Justine, Los ciento veinte días de Sodoma y La filosofía del tocador. Habría que esperar hasta el próximo año para que Sade le diera la vuelta al fallo y contribuyera a liquidar la censura en Francia y fortaleciera la libertad de expresión. Su obra, que no era más que un confesionario, comenzaba a ser una obra escrita.