La lección es clara: sin una estrategia coherente y sostenida, los avances son frágiles y los retrocesos, probables.
Los recientes giros políticos, tanto en Chile como en Bolivia, abren una ventana de oportunidad que no debiera desaprovecharse. La convergencia en ciertos valores —orden, desarrollo, estabilidad institucional— entre los gobiernos de Rodrigo Paz y José Antonio Kast no solo resignifican el clima bilateral, sino que permiten proyectar una relación más madura, menos ideologizada y orientada a resultados concretos.
En este contexto, fortalecer los vínculos con Bolivia no es una concesión, sino una decisión estratégica: Chile requiere recuperar robustez política en su vecindario inmediato y a partir de ello restablecer equilibrios descuidados.
Impulsar, por lo mismo, nuestra agenda en lograr una Bolivia próspera, democrática y estable, está en el interés estratégico de Chile.
La historia reciente muestra, sin embargo, un déficit persistente. Chile no ha logrado consolidar una política de Estado hacia Bolivia que trascienda los ciclos presidenciales. La volatilidad ha sido la norma, y en ese vaivén se incubaron tensiones innecesarias.
La denominada Agenda de los XIII Puntos, impulsada hace dos décadas, es un ejemplo elocuente: bajo un enfoque permisivo, se toleró la reintroducción del tema marítimo en la relación bilateral, abriendo espacios que luego derivaron en controversias mayores. La lección es clara: sin una estrategia coherente y sostenida, los avances son frágiles y los retrocesos, probables.
En este escenario, corresponde reconocer el giro político impulsado por el gobierno del presidente Kast. Su decisión de retomar con seriedad la relación bilateral apunta en la dirección correcta y equipar esta agenda con los intereses de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, resulta estratégico.
Ofrecer soluciones integrales, eficientes y productivas al comercio exterior boliviano, profundizar los intercambios académicos, promover programas de capacitación en áreas de importancia social, incrementar la colaboración policial y avanzar en mecanismos de cooperación práctica, son pasos que reconstruyen confianzas y densifican el impulso en el que están comprometidas ambas cancillerías.
Si esta propulsión se sostiene y se articula en una verdadera política de Estado, Chile no solo fortalecerá su vínculo con Bolivia, sino que -muy importante-, también consolidará su propia posición estratégica en la región.
El restablecimiento de relaciones diplomáticas plenas no debe verse como un gesto simbólico, sino como la culminación lógica de un proceso bien conducido que no sólo mira la relación con Bolivia sino nuestra propia posición en una región que atraviesa grandes cambios.
El nombramiento del embajador Roberto Ruiz como Cónsul General en Bolivia, que coordinó la Mesa de Trabajo sobre ese país que se implementó en nuestra Cancillería, es una buena noticia. Nos representará alguien creativo, de mente abierta, pero de racionalidad plena. Bueno es recordar que, en política exterior, como en tantas otras áreas, la consistencia y la claridad de propósito son las mejores garantías de éxito.
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