El problema no está en que una coalición tenga preferencias internacionales. Todas las tienen. El problema aparece cuando esas preferencias sustituyen la pregunta elemental de toda política exterior: qué le conviene a Chile en el largo plazo.

La eventual visita de Nayib Bukele a Chile no debería leerse sólo como una anécdota diplomática ni como una fotografía incómoda. Es, más bien, una oportunidad para hacerse una pregunta bastante más importante: ¿qué tipo de política exterior quiere construir Chile en los próximos años? Una ordenada por intereses duraderos, capaz de sobrevivir a los gobiernos, o una política exterior organizada por las afinidades ideológicas de la administración de turno.

La pregunta vale para todo gobierno, presente, pasado y futuro. Porque una cosa es recibir a un presidente extranjero, hablar con él, escuchar su experiencia y mantener canales abiertos. Otra muy distinta es convertir esas cercanías en señal de pertenencia, en marca política o en brújula estratégica. La política exterior chilena no puede funcionar como una extensión internacional del entusiasmo de una mayoría circunstancial.

El problema, entonces, no es recibir a Bukele. El problema es convertir esa visita en una señal de orientación política. Vista aisladamente, puede ser un gesto diplomático discutible, pero legítimo. Leída junto con la cercanía declarada con Donald Trump, el interés por iniciativas como el Shield of the Americas o los acercamientos con figuras como Viktor Orbán o Javier Milei, la visita empieza a sugerir algo más que pragmatismo: una política exterior ordenada por afinidades.

Una política exterior madura utiliza las afinidades cuando sirven al interés nacional, pero no las confunde con estrategia. La cercanía personal o ideológica puede abrir puertas, facilitar conversaciones o mejorar el acceso político. No obstante, si esas afinidades se transforman en el eje de la acción exterior, la política deja de ser una herramienta del país y pasa a ser la vitrina internacional de una coalición. Y una política exterior que sólo entusiasma al gobierno de turno nace con fecha de vencimiento.

Chile no siempre operó así. Durante los últimos treinta años construyó algo poco común en la región: una red de acuerdos comerciales y vínculos internacionales que sobrevivió a gobiernos de signos distintos. Esa continuidad, de la Concertación a los gobiernos de derecha, y de vuelta, permitió que la política exterior chilena acumulara resultados en vez de reiniciarse cada cuatro años.

Esa es la lógica que permite hoy plantearse, por ejemplo, una modernización del acuerdo con Corea, explorar un vínculo económico más profundo con India o pensar en nuevas formas de inserción en Asia. Son procesos lentos, técnicos, poco fotogénicos y, muchas veces, ingratos para la política cotidiana. Pero son precisamente los procesos que ensanchan el margen de maniobra del país.

Toman años, atraviesan administraciones y requieren algo que la política exterior chilena no puede darse el lujo de perder: continuidad. La política exterior no se mide por la intensidad de las afinidades, sino por la durabilidad de sus resultados.

La llamada política exterior turquesa fracasó por una razón similar. No porque sus preocupaciones fueran ilegítimas ni porque sus impulsores actuaran de mala fe. Fracasó porque fue, ante todo, identitaria. Expresó una sensibilidad de gobierno, no un consenso país. Y como toda política exterior organizada alrededor de una identidad de coalición, tuvo escasa capacidad de sobrevivir al cambio político.

Ese error no debería repetirse ahora en sentido contrario. Una política exterior identitaria de derecha, ordenada por líderes fuertes, discursos de orden y gestos de alineamiento conservador, cometería el mismo pecado con otro color. Podría producir titulares, aplausos sectoriales y fotografías útiles para redes sociales. Pero difícilmente produciría una estrategia nacional. El problema no está en que una coalición tenga preferencias internacionales. Todas las tienen. El problema aparece cuando esas preferencias sustituyen la pregunta elemental de toda política exterior: qué le conviene a Chile en el largo plazo.

Por eso la interrogante correcta no es si Bukele, Trump u Orbán resultan cómodos para un gobierno. Tampoco si disgustan a sus adversarios. La pregunta es más simple y más exigente: ¿esas cercanías hacen a Chile más seguro, más influyente y más capaz de sostener una estrategia que sobreviva al próximo ciclo electoral? Si la respuesta es sí, habrá que defenderlas, incluso cuando generen incomodidad. Pero si producen sobre todo símbolos, gestos y fotografías, el costo es mayor de lo que parece.

Mientras se acumulan gestos políticos, se pierde de vista lo central: construir capacidades que duren. Una visita presidencial puede servir, pero no reemplaza una estrategia. Los acuerdos comerciales, la cooperación tecnológica o una política seria hacia Asia toman años y requieren continuidad.

Recibir a Bukele es legítimo. Pero la visita debería servir para algo más que una fotografía o una señal política interna. Chile necesita una política exterior capaz de producir resultados y sostenerse cuando cambie el gobierno. Esa es la diferencia entre cultivar relaciones útiles y administrar afinidades.