Esta no es solo una interpelación al espectador. Es, igualmente, una invitación a quienes hoy conducen estos espacios. No se piquen, no se ofusquen, no reaccionen desde la frustración. Aquí no hay un ataque personal, hay una oportunidad.
Como un chileno más, lo invito a la siguiente reflexión: ¿Cuánto le aporta realmente lo que está consumiendo cada mañana? ¿En qué le suma exponerse, a través de cualquier plataforma, a espacios que, lejos de contribuir, terminan degradándonos como sociedad? La pregunta no es retórica. Es urgente y necesaria.
Porque lo que hoy domina buena parte de los llamados “matinales” no es información, ni análisis, ni conversación de valor. Es otra cosa: una puesta en escena donde opinólogos improvisados y protagonistas de escándalo, construidos más desde la estridencia que desde el conocimiento, se erigen como voces autorizadas para vociferar, interrumpir y descalificar. Gritos, insultos de grueso calibre, recriminaciones personales, alusiones a intimidades que pertenecen, o deberían pertenecer, al ámbito privado, a ese espacio de cuatro paredes que jamás debió salir a la pantalla.
Y cuando todo se justifica con “fue un día de furia” y se pretende dar por cerrado el episodio, la señal que se instala es aún más preocupante: que la desmesura, el descontrol y la exposición degradante pueden relativizarse, normalizarse e incluso olvidarse con rapidez.
¿Ese es el estándar que queremos validar? ¿Estamos buscando más “días de furia”, más ventilación de conflictos personales, más espectáculos donde la agresión verbal sustituye cualquier atisbo de contenido?
Aquí conviene detenerse en el verdadero eje del problema: el morbo. El morbo es un hábito malsano. Es la atracción por lo íntimo expuesto, por el conflicto ajeno, por lo degradante convertido en espectáculo. Y lo que estamos viendo es que, cada mañana, en estos mal llamados matinales, el morbo se ha transformado en el plato de fondo, en el contenido principal, en aquello que, lamentablemente, parece generar mayor aceptación.
Y entonces la pregunta incómoda se vuelve inevitable: ¿por qué? ¿Por qué ese contenido es el más consumido? Porque hay una audiencia que lo prefiere, que lo valida, que lo convierte en tendencia. Porque el problema no es solo la oferta; es, sobre todo, la demanda.
Basta ya. Basta de seguir consumiendo morbo como si fuera entretenimiento inocuo. No lo es. Tiene efectos. Erosiona el juicio crítico, banaliza lo importante, desplaza el interés por contenidos que realmente aportan. Nos acostumbra a mirar hacia abajo, no hacia arriba.
Algunos intentarán caricaturizar esta crítica como un intento de censura. Nada más alejado. Aquí no se trata de prohibir, sino de asumir responsabilidad. Así como existen advertencias claras en los alimentos, alto en sodio, en azúcares, en grasas, también debiéramos desarrollar una conciencia crítica frente a lo que consumimos en términos informativos. No todo lo que se emite merece ser consumido. No todo lo que genera audiencia merece ser validado.
Chile es parte de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, un organismo internacional que promueve políticas públicas orientadas al crecimiento económico sostenible, la mejora del bienestar social y el fortalecimiento de estándares institucionales.
Aspiramos a estándares internacionales, a mejores prácticas, a mayor desarrollo. Pero esa aspiración no puede ser selectiva. También debe reflejarse en nuestros hábitos culturales, en nuestra forma de informarnos y en la calidad de los contenidos que elegimos consumir.
Y hay una dimensión que no podemos eludir: el ejemplo. ¿Qué le estamos mostrando a quienes, siendo menores de edad, están expuestos a estos contenidos? ¿Qué tipo de interacción estamos normalizando? ¿Qué noción de debate, de respeto y de convivencia estamos transmitiendo?
Conviene recordar una lección antigua que hoy cobra plena vigencia. La expresión “pan y circo” (del latín panem et circenses) describe una estrategia política y social orientada a mantener a la población conforme mediante la satisfacción de necesidades básicas y entretenimiento superficial, evitando así que se interese por los asuntos públicos o cuestione al poder.
Su origen se remonta al siglo I d.C., cuando el poeta romano Juvenal criticaba cómo la ciudadanía había dejado de involucrarse en la vida política a cambio de comida gratuita y espectáculos masivos. El paralelismo es evidente: cuando el entretenimiento reemplaza al contenido, la sociedad no solo se distrae, también se debilita.
Hoy, la analogía es evidente. Los matinales han mutado hacia formatos cada vez más cargados de estridencia, de exposición personal, de episodios que rozan lo grotesco, el descontrol y el garabato de más alto calibre tienen impacto con el rating. Y no lo hacen en el vacío. Lo hacen porque hay consumo.
Por eso, insistir en culpar exclusivamente a los canales es quedarse en la superficie. Ellos responden a incentivos claros. El punto de inflexión real está en nosotros, en el espectador, en su capacidad o incapacidad de exigir algo mejor.
Y esto no se trata de soberbia ni de pretender tomar el cielo con las manos. Se trata de algo mucho más básico: criterio. De recuperar una mínima capacidad reflexiva como ciudadanos para elegir lo que consumimos. Basta ya de seguir ingiriendo toneladas de morbo que no aportan. Basta de normalizar espectáculos que degradan. Esto es, en esencia, una decisión cotidiana.
También es justo decirlo: esta no es solo una interpelación al espectador. Es, igualmente, una invitación a quienes hoy conducen estos espacios. No se piquen, no se ofusquen, no reaccionen desde la frustración. Aquí no hay un ataque personal, hay una oportunidad. Una oportunidad de reflexionar, de elevar el estándar, de preguntarse si lo que están haciendo contribuye en algo a una mejor sociedad. Porque al final, quien se pica, pierde. Y Chile necesita más altura, no más ruido.
Si la respuesta honesta es que lo que está viendo no le aporta, no le suma, no le construye, entonces actúe en consecuencia. Cambie de canal. Hágalo por usted, por su salud mental, por su paz.
Chile no necesita mejores matinales. Necesita mejores espectadores.
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