Mi hija Sofía me enseñó que la inclusión es humanidad en movimiento, que se encuentra en el verbo ser humano antes que en cualquier política pública, y que solo se vuelve real cuando deja de ser un gesto excepcional y pasa a formar parte del sentido común de una sociedad democrática.
Cada 21 de marzo, Chile se viste de inclusión y se abren espacios tan vitales como el campeonato relámpago “Mi región unida junto al FutsalDown 2026” el cual con sumo orgullo apoyo junto a la fundación Acción Educativa Deportiva Inclusiva (AEDI). Pero permítanme plantear un hito que me dejó una reflexión profunda como diputada: era primera vez que AEDI y el equipo asistían al Congreso de la República. Sí, uno de los tres poderes del Estado que escribe leyes todos los días, pero pocas veces escucha la vida de quienes tendrán que vivirlas.
Chile vuelve a hablar de inclusión. Se iluminan edificios, se publican mensajes en redes sociales, se repiten frases que ya conocemos de memoria. Pero para quienes tenemos una hija, un hijo, un hermano o una madre con síndrome de Down, esta fecha es un recordatorio de que la inclusión real sigue siendo una deuda. Justamente en estos días ha ocurrido el indignante caso de discriminación y amenazas contra Agustina, una estudiante con síndrome de Down en Talcahuano, región del Bío Bío, emitida presuntamente por una mujer adulta.
Como madre de una niña con síndrome de Down puedo entender el dolor y frustración de esa madre, y como diputada de la República tengo el deber de apoyar a esa familia que está viviendo una realidad compartida por muchas familias más. Y es que en Chile hablamos mucho de inclusión, pero la practicamos poco.
Chile cuenta con leyes que reconocen derechos, pero su implementación es desigual. La Ley de Inclusión Laboral avanza, pero lentamente. La educación inclusiva existe en la normativa, pero no siempre en la sala de clases. Los apoyos tempranos están reconocidos, pero no siempre disponibles. Y mientras tanto, miles de familias sostienen solas lo que debería ser una responsabilidad compartida entre el Estado, las instituciones y la sociedad.
Por eso es urgente recuperar algo que parece simple, pero que en Chile a veces olvidamos: la inclusión es sentido común. Es permitir que una niña aprenda con los apoyos necesarios. Es que una familia no tenga que convertirse en experta en burocracia para acceder a un derecho básico. Es que una madre tenga la paz de saber que su hija no será objeto de burlas y menosprecios.
Aprovecho esta columna para desearle todo el éxito al equipo de FutsalDown, y quiero decirles a los chilenos que Chile sí va al mundial de México con este tremendo equipo que nos representará. Así mismo, quiero aprovechar de manifestar que como mamá y diputada me coloco al servicio de Agustina y su madre para que ejerzamos las medidas necesarias contra quienes resulten responsables; y para que su nombre sea un punto de inflexión, no un episodio más.
Mi hija Sofía me enseñó que la inclusión es humanidad en movimiento, que se encuentra en el verbo ser humano antes que en cualquier política pública, y que solo se vuelve real cuando deja de ser un gesto excepcional y pasa a formar parte del sentido común de una sociedad democrática.
Por eso, lo que vivió Agustina no es solo un acto aberrante de discriminación, es un recordatorio de cuánto nos falta para que ese sentido común exista de verdad. A ella, a su familia y a todas las niñas y niños que han debido enfrentar el mundo desde la sospecha o la burla, les debemos algo más que solidaridad. Les debemos un país que no tolere la crueldad como forma de convivencia, un país donde su presencia no sea resistencia sino pertenencia. Agustina merece crecer sabiendo que su nombre no será sinónimo de burlas, sino de un Chile que decidió, por fin, ponerse del lado correcto de la humanidad.
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