La baja natalidad nos recuerda que no podemos seguir organizando la salud como si el tiempo se hubiera detenido hace treinta años.

Chile ya no es el mismo país de hace tres décadas, y su red de salud no puede seguir organizada bajo una inercia que ignora la realidad demográfica actual. La caída sostenida de la natalidad está transformando silenciosamente el sistema sanitario, exigiendo una reingeniería profunda.

Aunque las cifras del INE de diciembre pasado mostraron un leve repunte del 1% respecto a 2024, el panorama general es innegable: los nacimientos se ubican un 8% por debajo de 2023 y representan una caída del 23% en comparación con diciembre de 2022.

Este no es solo un fenómeno estadístico; es una realidad que obliga a repensar la organización de nuestra red asistencial. En este contexto, surge una pregunta que a menudo se evita por su costo político, pero que es técnicamente inevitable: ¿Tiene sentido mantener maternidades de bajo volumen o debería Chile concentrar los partos en centros con mayor capacidad resolutiva?

Una maternidad no debe permanecer abierta solo por tradición, presión social o inercia administrativa. Su existencia técnica solo se justifica si es capaz de ofrecer una atención segura, oportuna y de alta calidad.

En obstetricia, la diferencia entre una atención básica y una de alta resolución importa más de lo que se reconoce. Una hemorragia postparto severa, una cesárea de urgencia o una complicación neonatal no admiten esperas. Requieren equipos multidisciplinarios entrenados, pabellones disponibles, anestesia, banco de sangre y soporte crítico inmediato.

La evidencia internacional es contundente: el volumen asistencial suele asociarse a mejores resultados perinatales. La pericia clínica y la eficacia en la capacidad de respuesta dependen críticamente de la escala y la práctica constante.

Atender diez partos al mes no ofrece la misma seguridad que atender cientos al año. Por ello, ante una natalidad en descenso, parece razonable avanzar hacia una mayor concentración de partos en centros que garanticen todas las capas de seguridad necesarias.

Sin embargo, sería un error grave mirar este problema únicamente desde la frialdad de una planilla Excel. Chile es un país de geografías extremas donde el territorio impone sus propias reglas. Cerrar una maternidad pequeña en una zona aislada puede significar que una mujer deba trasladarse horas para tener su parto. En muchos rincones del país, esa distancia física se traduce automáticamente en un riesgo vital.

Por lo mismo, el debate no debe ser ideológico ni aplicarse de forma uniforme. La pregunta correcta es qué red necesita el Chile de hoy para equilibrar la seguridad clínica con la equidad territorial. Habrá zonas donde la concentración de partos sea lo más responsable, y habrá otras donde mantener la capacidad local seguirá siendo indispensable por razones de acceso.

Lo que ya no es sostenible es pretender que la red permanezca intacta mientras el país cambia. En tiempos de estrechez fiscal, la eficiencia consiste en usar mejor los recursos para ofrecer mayor seguridad y mejor atención.

La baja natalidad nos recuerda que no podemos seguir organizando la salud como si el tiempo se hubiera detenido hace treinta años. La discusión debe centrarse en garantizar seguridad, acceso y un uso responsable de los recursos públicos.

Dr. Luis Castillo
Decano Facultad Ciencias de la Salud, U. Autónoma

Dr. Nicolás Fernández
Gineco-obstetra