¿Valdrá la pena derrochar tanta saliva, tinta y energía por la actuación de un humorista?
Llamó la atención la mediatizada queja del cardenal Fernando Chomali —un hombre que, de momento, ha demostrado ser alguien de espíritu mesurado y abierto—, en la que se refería a una parte del show del humorista Stefan Kramer en el Festival de Viña del Mar. A su entender, las bromas eran ofensivas. “Con la fe de los chilenos no se juega”, fueron sus imperativas palabras previas.
Soy de quienes no mira el festival y que poco conoce de los artistas que se presentan en ese lugar que llaman “el monstruo”, no sé bien si por lo feo o por lo bullicioso de un público que privilegia el baile y el chillido a la escucha de los cantantes.
Pero bastó la declaración de la autoridad eclesiástica, ampliamente difundida por los medios, para que me interesara acerca del contenido de esa rutina que tanto molestó a Su Eminencia.
La humorada es muy corta. El artista hace alusión a su adolescencia, cuando cantaba en un coro parroquial. “Tocábamos la raja” —decía— (expresión coloquial usada comúnmente para referirse a algo hermoso, entretenido…). A él le gustaba una chica, la María, a la que también el sacerdote le echaba el ojo. “El cura que, además, “tocaba” …la guitarra, era bueno pal “punteo…malpensados” —agregaba Kramer— entre risas del respetable. Terminaba con cantos a María, su enamorada de entonces.
Había humor en ese extracto publicado por el decano de la prensa; sin injurias ni groserías, sin ofensas explícitas. Una sátira, que algunos podrían haber encontrado “pasada pa’ la punta”, con la que me reí. En su burla, Kramer no atenta contra la fe de los creyentes ni se mofa de la Iglesia, sino de un prelado imaginario. Utiliza el doble sentido —recurso humorístico de millones de chilenos— con bromas que evocan los innumerables abusos de sacerdotes a niños y adolescentes.
¡Vaya ofensa!, como para que un cardenal intervenga de esta forma — me dije.
“No se debe jugar con la fe de los chilenos” —prosigue el obispo en su apóstrofe—, y su frase nos llama la atención, ya que, ser chileno, según esta interpretación, implicaría necesariamente tener fe.
Pues bien, estimamos que Su Eminencia debería saber que son muchos los chilenos que no se sienten ofendidos, ya que, quienes no tienen fe son numerosos, según señalan las encuestas. Entonces, si ofensa hubiere existido, no fue a todos los chilenos.
Esta extraña y abusiva queja proveniente nada menos que del máximo representante del catolicismo, nos provoca una reflexión de fondo. Mas allá del legítimo llamado al respeto de la fe de los católicos ¿qué es lo que está en juego, tanto en la expresión del artista como en la crítica episcopal?
El humor en la sociedad
¿Qué sería de la literatura sin la sátira, del teatro sin la comedia, o de las cortes medievales sin el bufón del rey que las seguía?… del viejo periódico con olor a tinta, sin su caricaturista de turno; de los circos sin payasos o, simplemente, de la vida sin la burla, la ironía, la comedia y la risa.
En democracia, el uso del humor por parte de un artista es intocable. Es un componente esencial de la libertad de expresión, derecho constitucional y ámbito sagrado en la sociedad. En nuestro país, sus únicos límites —que son la excepción a la regla— están estipulados en la normativa constitucional y legal.
Cosa diferente ocurre en las dictaduras y en las teocracias, donde toda burla considerada ofensiva por los detentores del poder, es sancionada con las peores penas. En estos regímenes, la censura impide este tipo de espectáculos o bien lo tolera, a regañadientes, pero con un drástico control previo. Lo experimentamos aquí mismo, durante los años de plomo.
Hoy, la República Islámica de Irán es una ilustración (no digo “ejemplo”) del control religioso de la libertad de expresión. Algo sabe Salmal Rushdie a este respecto, y también los familiares y amigos de los caricaturistas de Charlie Hebdo, asesinados por el islamismo luego de haberse burlado del Profeta Mahoma.
En este percance —porque no es más que eso— creado sorpresivamente por el cardenal, hay dos valores y derechos en juego: por una parte, el respeto a libertad de expresión de un artista, y por la otra, la obligación de éste, de no afectar el derecho de los demás con el uso de la libertad para expresarse.
Tal vez convendría preguntarse: ¿Qué derechos habría afectado la rutina de Kramer? ¿Habrá incitado acaso a la violencia o a la discriminación refiriéndose al “punteo” de un cura imaginario? ¿Lesionado el honor de alguien mediante calumnias o injurias? Sus palabras ¿habrán acaso afectado el orden o la seguridad del Estado?
Un exceso de dramatización
La respuesta parece evidente. Pero seguimos sin comprender la dramatización que Su Eminencia ha buscado darle al hecho. No se explican estos otros dichos: “Gracias a Dios, el Monstruo reaccionó ante tanto agravio gratuito (sic). Humor sí, siempre, pero teniendo claro que la fe de un pueblo es sagrada y se respeta”.
Agradeciendo a Dios, el cardenal valora al “monstruo” de Viña del Mar, porque este habría reaccionado contra Kramer, ya sea con pocos aplausos o expresándose con pifias; o sea, comportándose como un monstruo con el humorista. ¡Caramba! Un verdadero acelerante para desatar el ajuste de cuentas en las redes sociales.
Sin embargo, los comentarios periodísticos acerca del espectáculo de Kramer, distan bastante de lo expresado por el denunciante.
¿Valdrá la pena derrochar tanta saliva, tinta y energía por la actuación de un humorista? Sobre todo, después de haber observado las descalificaciones desatadas en las redes en su contra, no por su actuación, sino para apoyar la condena eclesiástica.
¿No sería preferible que el Cardenal se apartara del morbo —que seguramente no ha buscado, pero que su declaración ha acarreado— y que actuara con la sabiduría que se le conoce y le exige la función?
No contamos con mandato alguno para defender a Stefan Kramer, ni tampoco buscaríamos hacerlo. Es preferible que él mismo asuma su defensa utilizando las armas amables que bien conoce y domina, y por las que es apreciado por la gente: el sarcasmo, la burla y la ironía; con ese humor cáustico que, para mejor soportar los abusos, nos haga reír a carcajadas.
Cuando en nuestro entorno observamos tanto peligro, crispación, injusticia, miseria material y humana y, sobre todo, tantas ofensas graves a la dignidad de chilenos y extranjeros, estimamos que un jerarca de tan alta responsabilidad debiera priorizar otras batallas.
Tal vez, con buena disposición y un poco de distancia, creyentes, agnósticos y ateos podríamos compartir la frase del escritor español Camilo José Cela: “El humor es la gran coraza con la que uno se defiende en este valle de lágrimas”, y sobrepasar así estas pequeñas e inútiles escaramuzas.
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