La revolución alimentaria está en marcha. El desafío es que avance de la mano de la transparencia.

En una columna de consumo en la Radio Bío Bío conversamos sobre un tema que, aunque parece centrado en la correcta rotulación de bebidas vegetales y sucedáneos de lácteos como “leches” o “quesos”, en realidad abre una discusión mucho más profunda: cómo enfrentamos la revolución tecnológica en materia de nuevos alimentos sin sacrificar el derecho básico de los consumidores a recibir información clara y veraz, condición indispensable para ejercer su libertad de elección, otro pilar esencial de la protección al consumidor.

El mundo está viviendo una transformación acelerada en la forma en que produce y consume alimentos. Carne cultivada en laboratorio, fermentación de precisión, proteínas alternativas, edición genética vegetal mediante nuevas técnicas de mejoramiento, alimentos diseñados con perfiles nutricionales específicos.

Lo que hace pocos años parecía experimental, hoy comienza a ocupar espacio en supermercados y cadenas de distribución.

Chile no está ajeno a este proceso. Entre 2024 y 2026 se han impulsado modificaciones relevantes al Reglamento Sanitario de los Alimentos, incorporando estándares específicos para los llamados “azúcares no tradicionales” y avanzando en nuevas exigencias de etiquetado.

A ello se suman iniciativas sobre rotulación de ultraprocesados y proyectos orientados a modernizar el marco regulatorio frente a los denominados “novel foods” y otros productos innovadores. Existe además un proyecto de ley que busca regular de manera integral estas materias, anticipándose a una transformación alimentaria que ya está en pleno desarrollo.

Este contexto obliga a poner el foco en un principio básico: la transparencia como presupuesto de la libre elección. Sin información clara, no hay verdadera autonomía en el mercado.

La innovación no es el problema. Al contrario, puede ampliar la competencia, diversificar la oferta y ofrecer alternativas nutricionales relevantes. Pero esa apertura de mercado debe ir acompañada de información veraz, clara, oportuna y adecuada, de modo que el consumidor no sea inducido a error.

Incluso hoy se habla de la alfabetización sanitaria como un derecho fundamental de los ciudadanos, existiendo un proyecto de reforma constitucional que propone incorporarla expresamente dentro del derecho a la protección de la salud.

Ello implicaría no solo reconocer formalmente este derecho, sino también obligar al Estado a desarrollar políticas públicas que permitan a la población comprender mejor la información relativa a su salud.

Si aspiramos a un mercado alimentario innovador, debemos también aspirar a consumidores informados, capaces de entender la naturaleza, ingredientes e idoneidad de los productos que adquieren. La verdadera modernización no consiste solo en desarrollar nuevos alimentos, sino en garantizar que las personas cuenten con las herramientas necesarias para decidir libre y responsablemente.

Y es precisamente en este contexto donde surge la controversia actual. El debate reciente sobre bebidas vegetales, productos alternativos al yogurt o sucedáneos de queso demuestra que la discusión no pasa por prohibir estos productos, sino por garantizar que su naturaleza y sus propiedades reales estén claramente identificadas frente al consumidor.

Si un alimento es de origen vegetal, esa condición debe informarse de manera visible y comprensible. Si se trata de un sucedáneo, dicha circunstancia no puede quedar diluida en letra pequeña ni en expresiones ambiguas. Y cuando se formulan comparaciones nutricionales o declaraciones como “libre de”, estas no pueden sugerir ventajas inexistentes o meramente inherentes a su composición, como ocurre con bebidas vegetales que se promocionan como “sin lactosa”, pese a que nunca podrían contenerla.

La normativa chilena exige que el nombre del alimento refleje su verdadera naturaleza y prohíbe toda rotulación o publicidad que pueda inducir a error respecto de sus componentes o de su idoneidad para el fin que se ofrece.

No solo importa lo que el envase declare de manera literal, sino la impresión general que proyecta en el consumidor y el efecto que puede generar en su conducta de compra. Ello incluye su diseño, la jerarquía visual de la información, el tamaño de la tipografía, las imágenes utilizadas e incluso su ubicación en la góndola.

Si queremos abrir la competencia a nuevas tecnologías y alimentos innovadores, debemos hacerlo sobre reglas del juego claras. La confianza en el mercado alimentario depende de que las personas comprendan exactamente qué están comprando: sus ingredientes, su naturaleza y para qué es idóneo.

El consumidor puede elegir leche tradicional, bebida vegetal, proteína alternativa o cualquier innovación que llegue al mercado. Pero esa elección solo es verdaderamente libre cuando se realiza con toda la información disponible y sin ambigüedades.

La revolución alimentaria está en marcha. El desafío es que avance de la mano de la transparencia. Porque sin transparencia, la innovación pierde legitimidad. Y sin información clara, el consumidor deja de ser verdaderamente libre.