El liberalismo económico no ha sido derrotado por un modelo alternativo coherente, ni reemplazado por una nueva ideología dominante. Ha sido, más bien, deformado progresivamente por fuerzas que lo atraviesan, lo tensionan y lo reconfiguran desde dentro y desde arriba.
Durante buena parte del siglo XX y comienzos del XXI, el liberalismo económico logró generar una representación extremadamente influyente del funcionamiento del mundo. Según esta visión, el capitalismo había alcanzado una etapa de madurez en la que la economía podía operar, en lo esencial, de manera autónoma respecto de la política.
El mercado se concebía como un sistema altamente matematizado, parametrizado y geométricamente ordenado, donde las jerarquías se definían por tamaño, eficiencia, acceso al crédito, calificaciones de riesgo y desempeño financiero.
En ese universo ideal, la riqueza era mensurable, comparable y acumulativa; el poder económico aparecía como una consecuencia casi natural del éxito competitivo. Sumado a las reglas del liberalismo y de la democracia representativa, el mercado fue la promesa de un espacio social simétrico donde la desigualdad no implicaría la supremacía arbitraria del poder a la hora del reparto del dinero y los bienes materiales.
Este modelo no solo organizó políticas públicas y decisiones empresariales, sino que funcionó como un verdadero dispositivo epistemológico. Desde las políticas públicas hasta la noción de riqueza, todas esas formas formaron parte de una visión general del mundo. Rankings como Forbes no eran simples listados de fortunas: eran la expresión simbólica de una ontología económica. Decían qué era la riqueza, cómo se medía y por qué podía ordenarse jerárquicamente. El mundo parecía haberse vuelto legible en términos puramente cuantitativos.
Sin embargo, incluso en ese mercado ideal, aséptico y perfectamente parametrizado, el liberalismo económico aceptaba ciertas impurezas. No se trataba de fallas estructurales, sino de desviaciones tolerables que no alteraban el núcleo del sistema.
Una de ellas era la capacidad excepcional de ciertos actores para vender. El buen vendedor —el empresario carismático, el CEO capaz de seducir mercados, el gestor dotado de narrativa— introducía una subjetividad controlada en un sistema profundamente matemático.
Tal vez su producto no era exactamente perfecto, ni siquiera mejor que el resto, pero llenaba de sentido la experiencia en el mundo y se hacía indispensable o deseado. Esa impureza era aceptable porque operaba solo en el margen: no modificaba las reglas, no reordenaba las jerarquías estructurales, pero devolvía un mínimo de creatividad a un orden que, llevado a su pureza total, tendía a la esterilidad. Era un artista, ya no de la producción, sino del mercado. ¿Y quién se negaría ante el héroe del mercado en medio de una sociedad de mercado? Estaba bien.
Otra impureza tolerada era el lobby. A través de redes de influencia, favores recíprocos y mediaciones políticas, el lobby permitía construir confianza entre actores económicos y el sistema político.
Sí, es cierto, suele terminar en tráfico de influencias (y en tiempos de ilegitimidad pueden convidar a juicios y situaciones desagradables), pero al final era una forma de dotar de confianza a la frialdad del mercado. También aquí la desviación era aceptable porque no sustituía al mercado ni anulaba la competencia. Funcionaba como un complemento, una zona gris que humanizaba un sistema excesivamente higiénico sin poner en cuestión su hegemonía. Al final era quizás una confianza ritual, una necesidad de gestionar un aspecto angustioso.
Durante décadas, el capitalismo liberal tardío se sostuvo sobre ese delicado equilibrio entre un núcleo matemático y una periferia relacional controlada. Pero ese equilibrio ha colapsado. No por un simple exceso de lobby o por la hipertrofia del marketing (aunque hay algo de eso), sino porque las escalas de disputa económica cambiaron radicalmente.
La economía salió de su espacio autónomo y geometrizado (aunque de allí nunca se fue el petróleo y algunas bolsas de comercio). Lo cierto es que energía, soberanía, tecnologías críticas, seguridad, infraestructura y control de flujos globales desbordaron el marco del mercado parametrizado. Las impurezas dejaron de ser marginales y pasaron a ser constitutivas. El anticipo de ese mundo fueron los aviones atentando contra las Torres Gemelas: en sus oficinas, el mundo financiero, predecible, esperando la apertura de las bolsas; mientras fuera de los edificios la geopolítica llegaba a traumatizar el proceso. Esto era solo un símbolo, pero ganaría profundidad con el tiempo.
Un nuevo capitalismo
En el nuevo escenario del siglo XXI, la información puramente económica perdió capacidad explicativa. Comprender el funcionamiento real del sistema comenzó a exigir una lectura integrada de dimensiones políticas, tecnológicas, sociales, culturales y geopolíticas. La economía dejó de ser un subsistema autónomo y volvió a constituirse como un campo de poder total, algo que recuerda, aunque de manera profundamente distinta, a las lógicas de la época imperial.
En medio de Occidente, defensor de procesos estandarizados y estabilizados, surgió un líder disruptivo. Su reino no es de paz, tampoco de espada. Es un reino de caos administrado.
Donald Trump no llega para sustituir el orden liberal por otro, sino para volverlo inestable desde dentro, para demostrar que aquello que se presentaba como neutral, técnico y reglado dependía, en último término, de voluntades políticas que habían aprendido a ocultarse tras procedimientos.
Trump no gobierna negando el mercado, sino exhibiendo su fragilidad. No lo reemplaza por planificación central ni por control estatal directo, sino que lo somete a una lógica transaccional extrema. Todo es una negociación. Su poder no se ejerce como soberanía clásica ni como coerción dura, sino como vector de desinstitucionalización. Cada decisión no apunta a construir un nuevo sistema, sino a erosionar la autoridad del existente.
El resultado no es el colapso del mercado, sino su transformación en un espacio profundamente relacional, donde la cercanía al poder, la capacidad de presión y la visibilidad mediática pesan más que la eficiencia abstracta o el cumplimiento normativo.
Los ejemplos son numerosos.
La persecución penal a Jerome Powell es un buen ejemplo. Cuando el Departamento de Justicia inició una investigación criminal contra el presidente de la Fed por presuntos sobrecostes en la renovación de su sede, interpretada como una táctica para forzar su renuncia y bajar las tasas de interés.
También están los casos de aranceles “punitivos” a México y Canadá, Imponiendo un arancel del 25% condicionado al control del flujo de fentanilo y la migración irregular. Parecido a lo anterior es la guerra arancelaria contra China por fentanilo, establecimiento de un arancel adicional del 10% a productos chinos como represalia directa por la crisis de opioides en EE. UU..
Además desmanteló la oficina de protección a consumidores y las recientes amenazas a la OTAN por el caso Groenlandia. Son solo algunos casos donde la conducta replica las formas imperiales menos sofisticadas.
Pero solemos situar a Trump en el centro del escenario. Y no es correcto. Trump sintomatiza una época, no es un individuo, es solo uno de los actores de la obra siglo XXI. ¿Es un nuvo imperialismo? Con muchos resguardos, se puede aceptar esa hipótesis.
Lo que emerge es una homología estructural: como en los mundos imperiales, la riqueza ya no reside en individuos aislados ni en stocks acumulados, sino en la posición dentro de una red de poder. La diferencia decisiva es que hoy esa red no se organiza solo por territorio y coerción, sino por una multiplicidad de vectores superpuestos: energéticos, financieros, tecnológicos, simbólicos e informacionales.
En este contexto, analizar el poder económico a partir de patrimonios individuales se vuelve profundamente insuficiente. La pregunta relevante deja de ser quién posee más y pasa a ser quién decide, quién habilita flujos y quién puede bloquear opciones. La riqueza se transforma en capacidad decisional. El ranking Forbes, aun cuando sea correcto en sus propios términos, se vuelve epistemológicamente irrelevante: mide stocks privados en un mundo gobernado por flujos, dependencias y relaciones asimétricas.
Los tres líderes geopolíticos
Como señaló Thomas Friedman, si era cierta la globalización financiera, el mundo perdería geopolítica. Sería un mundo ubicuo, fluido, donde el espacio es irrelevante. Los bancos del mundo no necesitan mover dinero u oro para una transacción. De ideas como estas surgieron teorías como las que asumían que ningún país lograría defenderse de sanciones económicas. Pero no fue así. Kissinger seguía vigente. Y Rusia tuvo a Dugin.
La mutación del sistema se vuelve especialmente nítida cuando se observa el comportamiento de los tres principales actores políticos contemporáneos, no como ideólogos ni como líderes nacionales aislados, sino como formas encarnadas del poder económico contemporáneo.
Figuras como Xi Jinping, Vladimir Putin y Donald Trump representan trayectorias distintas, incluso antagónicas en ciertos aspectos, pero profundamente convergentes en un punto decisivo: los tres rompen, en la práctica, con el supuesto central del liberalismo económico puro, según el cual el mercado puede y debe gobernarse por reglas impersonales, neutrales y universalizables.
Esta convergencia no es ideológica. No responde a una doctrina compartida ni a una coordinación explícita. Es estructural. Los tres actúan como si el mundo liberal de reglas abstractas ya no fuera operativo, y sus decisiones revelan una misma visión de fondo: la economía vuelve a ser un problema de poder, no de procedimiento.
Es así como para comprender lo que está ocurriendo no basta con hablar de modelos políticos, ideologías económicas o regímenes institucionales. Esas categorías presuponen coherencia, estabilidad y clausura, justamente aquello que hoy no existe. El fenómeno contemporáneo es más dinámico y, al mismo tiempo, más elemental. Lo que se observa no es la sustitución de un sistema por otro, sino la emergencia de direcciones de poder que atraviesan campos distintos y reordenan el conjunto sin necesidad de fundar un nuevo orden explícito.
En este punto resulta necesario introducir el concepto de vector en política. Un vector político no es un programa, ni una doctrina, ni un régimen. Es una dirección de ejercicio del poder que empuja al sistema en un determinado sentido, produciendo efectos estructurales más allá de la intención declarada de los actores. Un vector no describe lo que un actor es, sino hacia dónde orienta el movimiento del sistema mediante sus decisiones. Tiene dirección, intensidad y efectos, pero no requiere coherencia ideológica ni estabilidad institucional.
Pensar en términos vectoriales permite comprender cómo actores profundamente distintos pueden producir consecuencias convergentes sin coordinarse entre sí. No es necesario que compartan valores ni objetivos finales; basta con que sus decisiones empujen, de manera reiterada, al sistema en la misma dirección. El vector no se define por el discurso, sino por el resultado acumulado de la acción.
Desde esta perspectiva, el liberalismo económico no es derrotado por un modelo alternativo, sino desplazado por una suma de vectores que lo erosionan desde ángulos distintos.
Xi Jinping ejerce un vector de soberanía estructural: no necesita intervenir constantemente en el mercado, porque su poder reside en la posibilidad permanente de hacerlo. Esa posibilidad actúa como fuerza ordenadora. El mercado se mueve, innova y acumula, pero lo hace sabiendo que existe un punto último de decisión que no le pertenece. El vector no es la planificación central, sino la latencia soberana.
Vladimir Putin activa un vector distinto, más visible y menos abstracto. Su dirección de poder no opera principalmente sobre reglas o incentivos, sino sobre la subordinación directa de la economía a la lealtad política. Los recursos estratégicos funcionan como palancas, y la riqueza privada como fenómeno condicional. Aquí el vector se expresa como coerción estructural: la economía avanza, pero siempre dentro de un campo de fuerzas donde el centro soberano puede castigar, bloquear o redistribuir.
Donald Trump introduce un vector de otra naturaleza. No suspende el mercado ni lo subordina formalmente al Estado, pero lo desinstitucionaliza. Las reglas dejan de ser marcos impersonales y se transforman en objetos negociables. La economía se personaliza, se vuelve transaccional, dependiente de relaciones de fuerza directas. El vector aquí no es la planificación ni la coerción, sino la disolución de la regla como principio ordenador, reemplazada por la decisión y la negociación ad hoc.
Estos tres vectores no forman un sistema coherente. No constituyen una alternativa ideológica al liberalismo económico. Pero empujan en la misma dirección histórica: la pérdida de autonomía del mercado y la reinstalación de la decisión política como principio último de orden.
Esa convergencia no es programática; es direccional. Por eso el concepto de vector resulta especialmente fecundo: permite pensar el poder no como estructura cerrada, sino como fuerza en movimiento, capaz de deformar un sistema sin reemplazarlo formalmente.
Entendida así, la política contemporánea deja de ser un campo de instituciones estables y pasa a ser un espacio de vectores en tensión. Cada actor empuja desde su posición, con intensidades distintas y en direcciones que a veces se alinean y a veces colisionan. El resultado no es un nuevo equilibrio normativo, sino una geometría cambiante de fuerzas donde el mercado ya no gobierna, aunque siga existiendo. La economía continúa operando, pero lo hace incrustada en un campo político que la orienta, la limita y, llegado el caso, la subordina.
Definir el vector político de este modo permite comprender por qué el presente no se caracteriza por la caída súbita del liberalismo económico, sino por su deformación progresiva. No hay un momento fundacional ni una ruptura declarada. Hay empujes, direcciones, decisiones que, acumuladas en el tiempo, desplazan el centro de gravedad del sistema. La política, más que instituir un nuevo orden, reaprende a mover el mundo.
En el caso de Xi Jinping, esta ruptura adopta la forma más sistemática y, al mismo tiempo, más silenciosa. Xi no necesita negar discursivamente el mercado ni abolir sus mecanismos. Por el contrario, permite que el mercado funcione, innove y genere riqueza. Pero lo hace bajo una condición fundamental: el mercado nunca es soberano. Opera siempre bajo la sombra de una capacidad de intervención total, una posibilidad latente de decisión que no requiere ejercerse de manera permanente para ser eficaz. El poder de Xi reside precisamente en esa latencia. El sistema económico chino se ordena no porque el Estado intervenga todo el tiempo, sino porque puede hacerlo en cualquier momento.
Esta forma de soberanía estructural transforma radicalmente la relación entre riqueza y poder. La acumulación privada es permitida, e incluso estimulada, pero siempre como fenómeno condicionado. El empresario no es un actor autónomo frente al Estado, sino un agente que acumula mientras su actuar sea compatible con los objetivos políticos, sociales y geopolíticos definidos desde el centro. La riqueza deja de ser un derecho abstracto y se convierte en una concesión revocable. Desde la lógica liberal, esto parece una distorsión autoritaria; desde la lógica del poder efectivo, es un mecanismo de orden extraordinariamente eficiente. El mercado no desaparece, pero queda subordinado.
Putin encarna una forma distinta de ruptura, de diferente orden en términos sistémicos, pero más explícita en su relación con el poder. Su soberanía no se apoya en el control integral del aparato económico, como en China, sino en el dominio de recursos estratégicos —energía, materias primas, territorio— y en la capacidad de utilizarlos como instrumentos de presión interna y externa. Aquí la economía no es un espacio de competencia regulada, sino un campo de organización política.
En el modelo putiniano, la riqueza privada existe, a veces en volúmenes enormes, pero nunca es autónoma. Está estructuralmente subordinada a la lealtad o a los riesgos. El oligarca no es un capitalista liberal, sino un administrador condicional de riqueza, cuya posición depende de su alineamiento con el poder soberano.
La sanción no es excepcional: es constitutiva del sistema. La economía funciona, pero lo hace como extensión del poder duro, y no como esfera separada. El liberalismo económico, en este contexto, no es simplemente negado; sino que es reemplazado por una lógica en la que la regla fundamental no es el contrato, sino la obediencia a la política. Este camino molesta cada vez menos porque la sensación de que todo se puede comprar ha tensionado a las naciones occidentales. El predominio de la política es muchas veces apoyado por ciudadanos agobiados por lo que entienden como el imperio del dinero.
Es indispensable volver a Trump.
Donald Trump representa una ruptura de naturaleza distinta y, por eso mismo, particularmente reveladora. A diferencia de Xi y Putin, Trump no gobierna desde fuera del liberalismo, sino desde su interior. No propone abolir el libre mercado ni sustituirlo por una economía planificada o extractiva. Su disrupción consiste en algo más inquietante: demuestra que el liberalismo puede dejar de ser liberal sin dejar de llamarse liberal.
Trump relativiza las reglas que el propio sistema había sacralizado. Los tratados comerciales dejan de ser compromisos estables y se convierten en fichas negociables. Los aranceles, que el liberalismo consideraba distorsiones inaceptables, reaparecen como herramientas legítimas de presión política. Las instituciones multilaterales pierden autoridad frente a la negociación directa entre líderes. La economía se personaliza.
Vista en conjunto, la acción de Xi, Putin y Trump muestra que el liberalismo económico no está siendo desafiado solo desde afuera, por modelos alternativos, sino erosionado desde dentro y desde arriba por quienes detentan la capacidad de decisión. Ninguno de estos líderes actúa como si el mercado fuera un mecanismo autosuficiente. Todos lo tratan como un instrumento, un espacio subordinado o una arena de disputa.
Esta convergencia práctica marca un punto de no retorno. El mundo que creía poder organizar la economía mediante reglas impersonales descubre que el poder nunca dejó de ser decisional. La diferencia es que hoy esa decisión no se ejerce en un único centro ni bajo una gramática compartida, sino a través de vectores heterogéneos que se cruzan, se superponen y, en ocasiones, se neutralizan. En ese nuevo paisaje, el liberalismo económico persiste como lenguaje, pero ya no como principio ordenador del mundo.
El rico soberano (Bin Salman) y el rico patrimonial (Musk)
Conviene decirlo con cuidado, pero con claridad, porque ahí hay una opacidad estructural que la mayoría no ve. Gran parte del público cree que Elon Musk actúa exclusivamente con “su” dinero, como si su poder emanara de una fortuna privada autosuficiente. Esa imagen es profundamente engañosa.
En realidad, una fracción decisiva del capital, de la liquidez disponible y del respaldo estratégico que permite a Musk operar a esa escala proviene indirectamente de capital soberano, en particular del entorno controlado por Mohammed bin Salman.
No se trata de una transferencia simple ni de una propiedad directa, sino de inversiones, participaciones, apoyos financieros y anclajes políticos que funcionan como condición de posibilidad del despliegue muskiano. Musk no “le pertenece” a Bin Salman, pero tampoco es independiente de ese capital.
Su autonomía es tecnológica y simbólica; su base material está entrelazada con una soberanía que no aparece en los rankings, pero que financia, protege y habilita. Esta es precisamente una de las marcas del capitalismo vectorial contemporáneo: el dinero ya no se presenta como origen, sino como flujo encastrado en relaciones de poder que permanecen, para la mayoría, deliberadamente invisibles.
La distinción que aquí se propone no remite a una diferencia de magnitud, sino de naturaleza del poder económico. El rico soberano y el rico patrimonial pueden manejar cifras comparables en apariencia, pero operan en planos radicalmente distintos.
El primero no se define por lo que posee, sino por lo que puede decidir; su riqueza está inseparablemente ligada a una capacidad de mando, de veto y de orientación de flujos que trasciende la propiedad privada. El segundo, en cambio, concentra riqueza en forma patrimonial, accionaria o financiera, pero carece de soberanía: su poder depende de mercados, reglas, reguladores y, en última instancia, de su relación con quienes sí detentan capacidad decisional. Esta diferencia, que el liberalismo económico tendió a borrar al reducir la riqueza a un número, reaparece hoy como línea de fractura central del capitalismo contemporáneo.
Pero el giro decisivo del presente aparece con figuras que no encajan en ninguna de las categorías clásicas: Mohammed bin Salman y Elon Musk. Ambos obligan a abandonar definitivamente el análisis por actores aislados y a adoptar una lógica vectorial.
Mohammed bin Salman no es simplemente un príncipe rico ni un gestor estatal convencional. Su poder se asienta en una soberanía híbrida donde Estado, familia y capital se confunden deliberadamente. No posee billones de dólares como patrimonio privado, pero decide sobre ellos. Controla flujos energéticos, financieros, geopolíticos y simbólicos. Su riqueza no es un stock, sino una capacidad de orientación estratégica. En términos vectoriales, es un nodo de altísima densidad, capaz de absorber presiones y redistribuir poder.
Elon Musk, en el extremo opuesto, encarna la riqueza privada extrema sin soberanía estatal. Su patrimonio es gigantesco, pero frágil, dependiente de mercados y regulaciones. Sin embargo, controla infraestructuras críticas sin las cuales Estados enteros no pueden operar con normalidad. No manda sobre gobiernos, pero los obliga a negociar. Su poder es infraestructural, no soberano. Funciona como vector tecnológico, comunicacional y narrativo, pero necesita alianzas con soberanos para estabilizar su posición.
La relación entre ambos no es la del financista y el empresario clásico. Es una simbiosis vectorial. Uno aporta capital soberano y protección política; el otro, tecnología, infraestructura y horizonte de futuro. Ninguno domina plenamente al otro; cada uno necesita el vector que el otro controla. Aquí se manifiesta con claridad el rasgo central del capitalismo contemporáneo: el poder ya no emana de la propiedad, sino de la intersección.
Todo esto se vuelve aún más elocuente cuando se observan los cruces concretos, visibles y documentados, entre estos actores. Elon Musk trabajó políticamente para Donald Trump durante su ciclo de gobierno y, en el presente, sus empresas firman y negocian contratos en ámbitos donde la decisión presidencial es determinante. La frontera entre apoyo político, alineamiento estratégico y oportunidad de negocios se vuelve deliberadamente borrosa.
En paralelo, Musk apoyó activamente a Ucrania en la fase inicial del conflicto —habilitando infraestructura crítica y capital simbólico—, para luego reorientar su posición hacia un discurso y decisiones que favorecieron, de hecho, los intereses de Vladimir Putin (incluyendo la polémica que desató Reuters al referir a informes sobre órdenes de interrupción de cobertura por parte de Musk en momentos críticos de la guerra entre Rusia y Ucrania que impactaron operaciones militares en contra de Rusia).
La densidad relacional se completa con un gesto que, en su momento, pasó casi desapercibido, pero fue políticamente decisivo: tras el asesinato de Jamal Khashoggi, Putin fue el único mandatario de peso global que saludó públicamente a Mohammed bin Salman en la cumbre del G20 en Argentina, señal inequívoca de respaldo soberano en un momento de aislamiento occidental.
Años después, y ya en un contexto distinto, Bin Salman reaparece en encuentros de alto nivel con Trump y Musk en Washington, en instancias públicas y privadas donde confluyen política, negocios e infraestructura estratégica. No se trata de episodios aislados ni de anécdotas diplomáticas: son marcas visibles de un mismo entramado.
Cada gesto, cada contrato, cada saludo, funciona como confirmación empírica de que estos actores no operan como piezas sueltas, sino como vectores interconectados de un sistema donde la decisión política, el capital soberano y la infraestructura privada se refuerzan mutuamente. En ese mundo, los alineamientos no se explican por lealtades estables ni por valores compartidos, sino por direcciones de fuerza que se ajustan, se corrigen y se rearticulan según la geometría cambiante del poder.
Xi cabe en estas relaciones de una manera que a primera vista parece paradójica, pero que en realidad termina de cerrar el esquema vectorial completo. No entra como aliado visible ni como socio informal, sino como campo de gravedad. Donde los otros se mueven, Xi fija límites.
En el entramado que forman Donald Trump, Vladimir Putin, Mohammed bin Salman y Elon Musk, Xi Jinping ocupa un lugar distinto: no necesita exponerse relacionalmente porque controla estructuralmente. Su poder no se expresa en gestos, contratos visibles o fotos diplomáticas, sino en algo más determinante: la capacidad de cierre del sistema.
Mientras Musk opera como vector infraestructural y MBS como soberano patrimonial que redistribuye capital y protección, Xi funciona como soberano estructural silencioso. No financia a Musk como lo hace indirectamente Bin Salman, ni se deja fotografiar en cumbres informales, ni necesita mostrarse como disruptor. Su rol es más profundo: define hasta dónde puede llegar cada uno.
Para Musk, China es al mismo tiempo mercado, riesgo y frontera. Puede operar allí solo bajo condiciones estrictas, siempre reversibles. La lección que Xi introduce en el sistema es brutal y clara: la infraestructura tecnológica privada existe mientras el Estado lo permita. No hace falta que Xi intervenga activamente; basta con que todos sepan que puede hacerlo. Esa latencia soberana condiciona a Musk mucho más que cualquier contrato con Trump o respaldo financiero saudí. Musk puede negociar con soberanos, pero no puede desafiar al soberano estructural.
Con Putin, la relación es aún más nítida. Xi no se vincula desde la afinidad personal ni desde la dependencia, sino desde una asimetría fría. Permite a Putin operar como vector de coerción, absorber costos geopolíticos y tensionar el orden occidental, pero sin subordinarse a él. En términos vectoriales, Putin empuja, Xi contiene. El uno genera fricción; el otro garantiza que la fricción no se transforme en caos sistémico que afecte la acumulación china.
En el caso de Mohammed bin Salman, Xi cumple un rol clave pero discreto: legitima su soberanía sin condicionarla moralmente. La relación energética, financiera y diplomática entre ambos no es espectacular, pero es profunda. Xi ofrece a MBS algo que ni Trump ni Europa pueden ofrecerle: previsibilidad sin pedagogía liberal. A cambio, MBS contribuye a la estabilidad de flujos estratégicos que China necesita. Aquí el vector no es la alianza, sino el equilibrio.
Respecto de Trump, Xi es el único de los cinco que no entra en la lógica personalista. No negocia en el plano del espectáculo ni de la relación directa. Espera, absorbe, corrige. Trump puede desinstitucionalizar el liberalismo occidental, pero no puede romper la racionalidad estratégica china. De hecho, el vector trumpista —disruptivo, ruidoso, relacional— termina reforzando indirectamente la posición de Xi, que aparece como el único actor capaz de sostener una visión de largo plazo.
Visto en conjunto, Xi no es un socio visible del nodo Musk–MBS–Trump–Putin, pero tampoco es externo. Es algo más decisivo: el actor que convierte esa red en sistema. Donde los otros operan por empujes, ajustes y giros tácticos, Xi introduce gravedad. No se alinea, no se fotografía, no se precipita. Ordena sin aparecer.
En términos del artículo, esto es crucial: Xi muestra el límite del capitalismo vectorial cuando no está respaldado por soberanía estructural. Musk necesita soberanos; MBS necesita estabilidad global; Putin necesita mercados y oxígeno; Trump necesita escenarios de negociación. Xi, en cambio, no necesita a ninguno en términos inmediatos, porque controla el marco dentro del cual todos los demás deben moverse.
En la geometría de los cinco actores, Xi no es un nodo más. Es el plano sobre el que los demás trazan sus movimientos.
El escenario del mundo
El recorrido realizado permite sostener una tesis que, aunque incómoda, resulta cada vez más difícil de eludir: el mundo contemporáneo ya no está organizado por el mercado como principio soberano, sino por una geometría de poder donde la economía ha vuelto a quedar incrustada en la política, la tecnología, la soberanía y la decisión. El liberalismo económico no ha sido derrotado por un modelo alternativo coherente, ni reemplazado por una nueva ideología dominante. Ha sido, más bien, deformado progresivamente por fuerzas que lo atraviesan, lo tensionan y lo reconfiguran desde dentro y desde arriba.
Durante décadas, el capitalismo liberal ofreció una promesa potente: un mundo legible, parametrizable, donde la riqueza podía medirse, compararse y ordenarse; donde la desigualdad no equivaldría a arbitrariedad; donde el poder económico aparecería como consecuencia —y no como causa— del éxito competitivo. Esa promesa funcionó no solo como programa económico, sino como visión general del mundo, como ontología social. El mercado fue mucho más que un mecanismo de asignación: fue una forma de comprensión de la realidad.
Ese mundo ha quedado atrás. No de manera abrupta, ni mediante un acto fundacional visible, sino a través de una acumulación de decisiones que desplazaron silenciosamente el centro de gravedad del sistema. Energía, seguridad, infraestructura crítica, control tecnológico, flujos financieros estratégicos y soberanía territorial desbordaron el marco del mercado parametrizado. Las impurezas toleradas —el carisma del vendedor, el lobby como ritual de confianza— dejaron de ser periféricas y se volvieron estructurales. El mercado dejó de ser el árbitro último y pasó a ser uno de los campos en disputa.
El siglo XXI no inaugura simplemente un “nuevo capitalismo”, sino un capitalismo de vectores. En él, el poder no se explica por la acumulación de stock, sino por la posición relacional, por la capacidad de habilitar o bloquear flujos, de imponer costos, de decidir excepciones. La riqueza ya no es principalmente un número; es una capacidad decisional situada. De ahí que los rankings pierdan centralidad explicativa: miden fortunas privadas en un mundo gobernado por dependencias asimétricas y relaciones de poder.
Los grandes actores contemporáneos ilustran esta mutación con claridad. Xi Jinping, Vladimir Putin y Donald Trump no representan modelos económicos comparables, ni ideologías convergentes. Sin embargo, sus decisiones empujan el sistema en una misma dirección histórica: la pérdida de autonomía del mercado y el retorno de la decisión política como principio ordenador. Esa convergencia no es doctrinaria, sino vectorial. Cada uno, desde su lugar, erosiona el supuesto liberal de que las reglas impersonales bastan para gobernar la economía.
A ese cuadro se suman figuras que desbordan las categorías clásicas: Mohammed bin Salman y Elon Musk. El primero encarna al rico soberano, cuya riqueza no reside en la propiedad privada, sino en la capacidad de decidir sobre flujos gigantescos de capital, energía y legitimidad. El segundo encarna al rico patrimonial, dueño de una fortuna inmensa pero estructuralmente dependiente de soberanías que no controla. Su relación no es anecdótica ni accidental: es simbiótica. Juntos forman un nodo donde capital soberano, infraestructura tecnológica y narrativa del futuro se entrelazan.
Lo decisivo es que ninguno de estos actores opera en soledad. El poder contemporáneo no se concentra en un centro único, como en los imperios clásicos, ni se dispersa en mercados impersonales, como prometía el liberalismo. Se organiza como red de vectores en tensión, donde alianzas indirectas, dependencias cruzadas y gestos estratégicos sustituyen a los órdenes estables. En ese entramado, Xi Jinping cumple un rol singular: no actúa como socio visible, sino como campo de gravedad. No acelera el sistema; lo encuadra. No se expone relacionalmente; fija límites estructurales. Su poder no necesita mostrarse para operar.
La proyección futura de este escenario no apunta a una estabilización rápida ni a un nuevo consenso global. Todo indica que el mundo se encamina hacia una larga fase de inestabilidad estructural, donde los vectores seguirán superponiéndose sin cristalizar en un orden normativo compartido. El capitalismo vectorial es potente, flexible y eficaz para la toma de decisiones concentradas, pero es también frágil en términos de legitimidad, previsibilidad y cohesión social.
En este contexto, es probable que el capitalismo de relaciones —mal llamado “capitalismo de amigotes”— deje de ser percibido como una desviación y pase a ser entendido, incluso defendido, como forma “realista” de organización del poder. No porque sea moralmente superior, sino porque funciona en un mundo donde las reglas ya no logran ordenar la complejidad. Al mismo tiempo, crecerán las tensiones sociales y políticas derivadas de la percepción de arbitrariedad, de la opacidad decisional y de la concentración del poder fuera de los mecanismos democráticos tradicionales.
El gran desafío del futuro no será restaurar el viejo liberalismo —esa opción parece históricamente clausurada—, sino pensar formas de rearticulación institucional capaces de convivir con la lógica vectorial sin disolverse en ella.
La pregunta central ya no es cómo hacer funcionar mejor el mercado, sino cómo volver a dotar de límites, sentido y legitimidad a un mundo donde la política ha reaprendido a moverlo todo.
En suma, el presente no es el fin del capitalismo, pero sí el fin de su inocencia liberal. El mercado sigue existiendo, pero ya no gobierna. La historia ha vuelto a recordarnos algo que el siglo XX quiso olvidar: que la economía nunca fue un espacio neutro y que, cuando las reglas se agotan, el poder siempre encuentra la forma de reaparecer.
Un escenario que cambia la gestión
La gestión económica dominante sigue, en apariencia, anclada en los principios del mundo anterior. Muchas empresas, gobiernos y elites continúan operando como si el mercado siguiera siendo un espacio fundamentalmente parametrizable, gobernado por reglas estables, incentivos previsibles y ventajas competitivas acumulables de manera incremental. Se sigue creyendo que vender mejor, comunicar más eficazmente o intensificar el lobby permite ganar posiciones duraderas. Sin embargo, en el escenario actual esas prácticas no solo han perdido eficacia estratégica, sino que en muchos casos se han convertido en pasivos. Sirven para los emprendedores, no para las grandes empresas o para las instituciones que administran poder.
El lobby y la venta —que en el capitalismo liberal tardío funcionaban como impurezas tolerables, incluso necesarias— hoy operan principalmente en el corto plazo. Permiten resolver problemas inmediatos, destrabar decisiones puntuales o mejorar indicadores transitorios, pero no construyen posición estructural. En un mundo gobernado por vectores, donde lo decisivo es la capacidad de habilitar o bloquear flujos, el lobby se vuelve una táctica reactiva: depende siempre de un poder externo que puede cambiar de signo, de humor o de prioridad. El lobby está tan cerca del éxito como del juicio futuro.
La venta, por su parte, sigue generando ingresos, pero ya no define el juego. Seducir al mercado no garantiza control del escenario; a veces, incluso expone al actor a una dependencia mayor de reglas y plataformas que no controla. Vender y vender puede ser un problema.
La lógica incremental —muchas pequeñas mejoras, muchas negociaciones, muchas operaciones simultáneas— resulta especialmente inadecuada en este contexto. El capitalismo vectorial no premia la acumulación continua de ventajas menores, sino la elección precisa de jugadas estructurales. No se trata de hacer más, sino de hacer menos y decidir mejor.
Putin esperó veinte años para atacar Ucrania. China no mostró sus capacidades en electromovilidad y fue así que Estados Unidos creía que la migración a renovables era un salto estratégico a su favor. Hoy vuelve al petróleo, luego del desengaño. Cada movimiento relevante reconfigura el tablero; por eso, el error no se corrige fácilmente con el siguiente paso. La gestión deja de ser administración del día a día y pasa a ser posicionamiento estratégico de largo alcance.
Esto implica un cambio profundo en la temporalidad de la acción económica. Ya no es un mundo para vivir al día, reaccionando a señales de mercado o a oportunidades inmediatas. Es un mundo donde la ventaja proviene de anticipar el movimiento de los grandes actores, comprender sus vectores, sus límites y sus zonas de conflicto, y ubicarse en un lugar desde el cual esos movimientos jueguen a favor, o al menos no en contra. La rentabilidad deja de ser una función directa del desempeño operativo y pasa a depender de la posición relativa en la red de poder.
En este escenario, tampoco se trata de un mundo de marcas. La marca fue el gran activo simbólico del capitalismo de mercado: diferenciación, confianza, relato. Hoy, sin desaparecer, pierde centralidad estratégica. Las marcas pueden ser desplazadas, reguladas, neutralizadas o absorbidas si no controlan el entorno en el que operan. Lo mismo ocurre con la tecnología entendida como innovación aislada. No es un mundo de tecnologías en competencia permanente, sino de una tecnología capaz de convertirse en administradora del escenario. No la más avanzada, ni necesariamente la más eficiente, sino aquella que se vuelve infraestructura, estándar, dependencia.
La tecnología verdaderamente estratégica no es la que compite, sino la que organiza la competencia. No la que vende productos, sino la que define las condiciones bajo las cuales otros pueden vender. De ahí que las grandes jugadas del presente no consistan en lanzar continuamente novedades, sino en construir plataformas, sistemas, redes e infraestructuras que estructuren el campo completo. Quien logra eso no necesita convencer ni presionar pues administra la realidad.
En suma, la gestión económica contemporánea exige abandonar la obsesión por el movimiento constante y adoptar una lógica de posición. El éxito ya no proviene de la suma de operaciones tácticas, sino de la capacidad de ocupar un lugar desde el cual el juego mismo se ordena. Es un mundo menos ruidoso y más decisional; menos comercial y más geopolítico; menos orientado al corto plazo y más atento a la arquitectura profunda del poder. Quien no comprenda este desplazamiento seguirá gestionando con herramientas del pasado un tablero que ya ha cambiado.
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