El imperio se exhibe en un afiche luminoso, con un líder termocéfalo que, con muecas belicosas, nos muestra sus colmillos afilados.
No hay semana, ¡qué digo!, no hay un solo día en que no sintamos estupefacción al escuchar las noticias internacionales. Bombardeos, atentados, secuestros, muertes, genocidios…
Usted pensará, probablemente, en Gaza, Ucrania, Yemen o Darfur. Y tiene toda la razón. Sin embargo, por la magnitud de la amenaza que comienza a pesarnos como plomo, hoy quisiéramos referirnos a esa chorrera de fechorías del presidente de los Estados Unidos. Su agresión descontrolada es una forma de barbarie que pone en vilo al mundo y en la que somos, en gran medida, sus rehenes.
Durante su primer gobierno, lo vimos actuar de manera destemplada. El personaje, comparable a iluminados de la estirpe de Amin Dada, Gaddafi, Kim Jong Un… o de Maduro, Ortega, Bolsonaro en nuestro continente, dio pruebas de ignorancia y perfidia.
Pero fue al entregar el mando cuando pudimos constatar de lo que era capaz: desconociendo el resultado de la elección, no dudó en llamar a la insurrección y en enviar a la “chusma” al Capitolio. Un intento golpista, por el que sigue procesado.
Ahora, en solo un año de su segundo mandato, el presidente norteamericano ha abierto varios flancos de conflicto. El imperio se exhibe en un afiche luminoso, con un líder termocéfalo que, con muecas belicosas, nos muestra sus colmillos afilados. Es, nada menos que una representación ostentosa y grosera del poder de los canallas, esos que se visten de demonios para ahuyentar a los moros y espantar a los cristianos.
La política de Trump tiene el mérito de la claridad: recuperar el terreno perdido en los últimos veinte años en desmedro de China. Y ese es el mensaje que transmite a un electorado americano mal informado, apático, convencido de que el mundo comienza en Alaska y termina en Miami. En el imaginario colectivo de quienes lo apoyan está el anhelo implícito de ver a su país dominando el mundo y al mentiroso dirigiendo la murga.
Un escenario incierto
Vivimos un verdadero terremoto: en pocos meses, el magnate neoyorquino ha logrado dar vuelta la mesa y establecer una correlación de fuerzas incierta. Su accionar, mediante la fuerza o la amenaza permanente, se materializa con represalias, sanciones, agresiones militares y muchas mentiras.
Bombardeo a instalaciones nucleares en Irán y a islamistas en Nigeria; actos de piratería en el Caribe, a lo que se agrega la intervención armada con secuestros en Venezuela y sus amenazas explícitas de ocupación, agresión, alzas de impuestos aduaneros, chantajes… Las humillaciones a presidentes de países aliados, como a Zelenski y Macron, han sido groseras; ni hablar de aquellas contra sus adversarios. Colmo de los colmos, su sádico comportamiento con María Corina Machado, a quien, por su delirio de obtener el premio Nobel, hizo perder la dignidad.
Su reciente obsesión por comprar u ocupar por la fuerza Groenlandia, así como su propuesta de crear un “Consejo de paz” con el pretexto de reconstruir Gaza, han encontrado esta vez la respuesta firme de varios países. Y pareciera que esa es la actitud adecuada para detenerlo.
Abatidos pero vivos frente al diantre de corbata
Un personaje con ansias de convertirse en tirano recorre el mundo. No es un fantasma, como el del poema escrito por Rafael Alberti durante la Guerra Civil española, ni aquel del Manifiesto de los barbudos germanos. No, este es de carne y huesos, es real. Lo vemos, lo escuchamos, olemos lo nauseabundo de sus insultos. Un diantre digno de exorcismo que lleva el nombre de un célebre pato y el apellido de un tramposo.
Sucede que, por temor, a veces buscamos escondernos. Sentimos miedo. Por los hijos y los nietos, por nosotros, por la tierra y por todo el planeta. Y ese mismo sentimiento de temor lo vemos reflejado en los gobernantes de varios países, injustamente amenazados y agredidos. Algunos, como Zelenski, con la cabeza puesta en la guillotina.
Los países de varios continentes y, en realidad, cada uno de nosotros, recibimos golpes extenuantes. Son certeros, arteros y profundos. Nos llegan a la sien; nos sacuden y atolondran.
La máquina demoledora del poder real —del que Trump es solo una pieza de recambio— busca dejarnos grogui, como un boxeador extenuado, pidiendo la toalla antes del último asalto. Es una máquina dotada de armamento, IA, prensa aduladora, redes sociales… y ataca el discernimiento.
Los garrotazos también apuntan al corazón, para detener el flujo y el ritmo de la vida y provocar una parálisis letal. Luego, esos mismos sacudones remecen los pulmones, tal vez para impedir que respiremos… Son golpes a mansalva, prohibidos por las reglas y la ética.
Pero el árbitro, llamado ONU, está ciego y enfermo. Con los ojos nublados, percibimos que contempla nuestro estado desolado y sonríe como un zombi, macabramente, sabiendo que falta mucho para que suene la campana salvadora. En lo más hondo de un espíritu herido que late, buscamos la fuerza.
Alza la frente
Aislados, divididos, huérfanos de liderazgos y, a menudo, carentes de perspectivas terrenales, nos sentimos exhaustos e indefensos ante los golpes.
Rehenes de nuestros miedos, parecemos vivir encarcelados. Hay peligro, es inminente. Una nueva esclavitud podría estar a la vuelta de la esquina.
Cuando la libertad está así de amenazada, es el mismísimo momento de levantar la frente y lanzar el hidalgo grito a voz en cuello. No resistir es aceptar ser aplastados. Seríamos cómplices del crimen por el que nos pedirían cuentas, después de muertos.
Resistencia, sonora palabra que se entrelaza con otra, igual de hermosa: la lucha. Y con una épica por la que vale la pena, justamente, dar batalla.
Resistir implica coraje y cordura, astucia y resolución, para romper muchas cadenas. Coraje para ser libres, lo que solo se logra codo a codo con los demás. Porque la fraternidad sigue siendo la meta, y porque de nada sirve ser valiente si es solo para mirarse en el espejo empuñando una antorcha imaginaria, sin ser libres de verdad.
Como en los años setenta, la resistencia —que es una forma de clarividencia en la historia— vendrá seguramente del pueblo norteamericano. Como aquella que logró detener la guerra de Vietnam, y como la que empieza a aparecer hoy en demócratas y republicanos.
La resistencia de la vieja Europa, tan vilipendiada y despreciada por el pretencioso aspirante al Nobel de la Paz, es la que viene de darle un NO rotundo a sus deseos de hacerse de Groenlandia y de coronarse a perpetuidad en un Consejo de paz fantoche, que parte fracasado. El primer ministro canadiense, Mark Carney y el presidente Macron nos han mostrado el camino con sendos discursos en Davos, la semana pasada.
La resistencia prudente, pero no menos categórica, que deberán mostrar los gobiernos de América Latina y el que asumirá en nuestro país en marzo. Nada sería más peligroso que la ambigüedad para coquetear con la arrogancia, o hipotecar los principios democráticos a cambio de negocios inciertos.
La resistencia de la opinión pública —“poder de los sin poder”, al que se refería Václav Havel en su lucha contra la mentira comunista— la denuncia de cada uno de nosotros será, al fin y al cabo, nuestro inclaudicable esfuerzo por evitar que se haga realidad el verso de Patricio Manns: “Se limpió las dos manos con mi bandera/y no faltó en mi patria quien aplaudiera/porque hay desventurados que por migajas/besan la bota sucia que los ultraja”.
Resistir implica, según el célebre dramaturgo y expresidente checo, “romper el automatismo de la obediencia”.
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