Lo que ocurrió con Cristóbal es una señal de alarma que como sociedad no estamos escuchando con la seriedad que merece.

La muerte de Cristóbal no puede ni debe quedar en la impunidad. No fue un hecho casual ni un desborde momentáneo: fue un acto de violencia planificado y premeditado que terminó con la vida de un niño que tenía toda una vida por delante. Exigir justicia en este caso no es un acto de rabia, es un deber moral y social.

Me duele el alma lo ocurrido. Como madre de tres hijas, no puedo sino pensar en ese niño, en su familia y en el futuro que le fue arrebatado de la manera más brutal. Ninguna madre ni ningún padre debería enfrentar un dolor así. Por respeto a ellos, he sido especialmente cuidadosa al referirme a este caso, porque el silencio responsable también es una forma de acompañar.

Pero el respeto no puede confundirse con indiferencia. No podemos normalizar la violencia ni aceptar que el bullying, la agresividad y el desprecio por la vida se instalen como parte del paisaje cotidiano entre nuestros jóvenes. Lo que ocurrió con Cristóbal es una señal de alarma que como sociedad no estamos escuchando con la seriedad que merece.

Debemos enfrentar con decisión y con verdadera vocación lo que está ocurriendo con nuestros jóvenes. La violencia no surge de la nada: es el reflejo de una profunda debilidad del Estado, de la falta de prevención, de acompañamiento oportuno, de límites claros y de políticas públicas que lleguen antes de la tragedia. Hemos fallado cuando permitimos que estas conductas se repitan y, peor aún, se normalicen.

Cristóbal era un niño. Tenía sueños, proyectos y una historia que recién comenzaba. Su muerte nos interpela como sociedad y también como instituciones.

Desde mi rol como diputada, he trabajado e impulsado proyectos de ley que buscan enfrentar esta escalada de violencia, porque no basta con lamentar después: es urgente actuar con responsabilidad y firmeza.

Hoy acompaño con profundo respeto y dolor a su familia y a sus seres queridos. Y con la misma claridad con que cuido mis palabras, exijo que se haga justicia. La muerte de Cristóbal no puede quedar impune.

Pero también exijo que como Estado se enfrente esta realidad sin negación ni complacencia. Porque cuando la violencia se normaliza, el daño se vuelve estructural. Y porque ningún niño más debería pagar con su vida la grave crisis de violencia y agresividad que estamos viviendo como sociedad.