“Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde”. Bertolt Brecht

Después del secuestro de Nicolás Maduro desde Venezuela por parte de la Fuerza Delta de Estados Unidos, la madrugada del sábado 3 de enero pasado, se ha desatado un amplio debate acerca de los alcances jurídicos, políticos y geopolíticos de dicho suceso.

Parte de esta discusión es un “diálogo de sordos” entre quienes relevan y cuestionan la impune trasgresión del derecho internacional y quienes solo destacan como importante la salida de Maduro de la dirección política de Venezuela.

Sobre este último hay un amplio consenso: todos entendían, especialmente después de los fraudulentos comicios presidenciales de julio de 2024, que la salida de Maduro y su grupo cercano era un hecho clave para iniciar cualquier proceso de recuperación democrática de Venezuela. Sin embargo, como lo han señalado distintos analistas, la sola salida de Maduro y su círculo no basta, tras años de gobierno del chavismo, con y sin Chávez. Y para eso se requiere apoyo de la comunidad internacional, no una invasión.

Respecto del respeto al derecho internacional no existe, lamentablemente, la misma mirada común. Para algunos el fin justifica los medios (aunque el fin esté lejos de alcanzarse) y para otros, como Philippe Sands, profesor de derecho internacional en University College London, el sistema internacional se basa en la soberanía de los estados y en la igualdad jurídica entre ellos. Arrestar al jefe de Estado de otro país, sin su consentimiento, dice Sands, es una violación grave de ese principio.

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Pero más allá de estos importantes y necesarios debates jurídicos y políticos, hay una preocupación mayor, que surge del descaro y desparpajo con que el gobierno de Estados Unidos ha centrado su principal motivación para actuar en la “recuperación” del petróleo, cuyas mayores reservas mundiales están en Venezuela. De Democracia ni una sola palabra.

¿Es esta una época donde las grandes potencias ya no disputan proyectos ideológicos, sino áreas de influencia y acceso privilegiado a recursos naturales estratégicos?

¿Estamos dispuestos a aceptar como personas, como país, como continente, como humanidad, que la fuerza y la trasgresión a la soberanía sea de ahora en adelante la forma de relación entre las naciones y los estados?

Cuesta imaginarse que el camino sea resignarse a ser meros testigos de las decisiones de otros, sobre todo cuando esas decisiones pueden afectar o cambiar gravemente nuestro futuro, nuestra capacidad de vivir dignamente en nuestra modesta soberanía de país pequeño y, sobre todo, pensando en que justamente la riqueza de Chile ha estado y está en los recursos naturales renovables y no renovables que tiene. Hoy es el petróleo, ¿podría ser mañana el cobre o el litio?

Cuesta creer que lo que algunos llaman “patriotismo” es todo lo contrario a lo que esa palabra verdaderamente significa y su único afán sea alinearse, como en el pasado de la Guerra Fría, con el mandamás de turno, según sus afinidades y simpatías y no con los intereses legítimos de un país como el nuestro que aun sueña con entregar mejores mañanas a sus hijos, sobre la base de esfuerzo, educación y oportunidades y no aceptar, con un beneplácito que no se entiende, la estructuración de una sociedad y un mundo desigual de “ganadores y perdedores” por decisión de otros.

Es como una involución del golpismo de otrora, que cuando no le gustaba el gobierno de turno iba a golpear las puertas de los cuarteles buscando crear las condiciones para un golpe de estado, de ahora en adelante recurrirá al guardián de turno para pedirle que “extraiga” al presidente de cualquier república, ofreciendo a cambio su servilismo y los recursos de todos. Una suerte de “democracia delivery”.

Estamos en un punto crucial para rescatar la institucionalidad que la comunidad internacional se dio después de la Primera Guerra Mundial, perfeccionarla y hacerla más sólida, con el objetivo fundamental de preservar la democracia, respetar la soberanía de los pueblos y generar todas las condiciones para una convivencia pacífica entre las naciones.

Este mundo, que tenemos prestado de las futuras generaciones, nos reclama acción al respecto. Si no volveremos a la barbarie donde el más fuerte se impone sin contrapesos ni consecuencias, como lo hemos visto también en Gaza.

Democracia, soberanía, convivencia pacífica deben seguir siendo pilares de la humanidad. No podemos seguir tolerando la impunidad del más grande, del más rico, del que tiene más armas (nucleares incluidas).

En ello está en juego nuestra identidad, nuestra vida como sociedad, la tan escurridiza paz y la posibilidad de tener un mañana que dependa de nosotros y no del ánimo del emperador de turno. Quedarse mirando no es opción, porque como dice Brecht en su conocido poema, cuando vengan por nosotros ya será demasiado tarde.