En conjunto, el debate no fue un intercambio racional de ideas, sino una coreografía mamífera de dominancia, afecto y deseo, donde los candidatos compitieron por ser el alfa que mejor conjugara fuerza y cuidado, miedo y amor.
El debate de Anatel se comportó como una manada ritualizada en disputa por la jerarquía. Las reglas (turnos, tiempos, moderadores) funcionaron como mecanismos de control de la violencia, permitiendo que la competencia no destruyera la cohesión del grupo.
El público —como manada observadora— otorgó legitimidad a quienes mostraron autocontrol y confianza emocional, no necesariamente a quienes ofrecieron mejores argumentos.
El orden de las intervenciones finales fue crucial: cada candidato desplegó, en su minuto de cierre, un comportamiento de exhibición equivalente a las demostraciones de poder o cuidado propias del reino mamífero.
Por eso, en esta columna, referiremos a la etología. Esta disciplina, fundada por Konrad Lorenz y Nikolaas Tinbergen, ha mostrado que las sociedades de mamíferos se organizan en sistemas jerárquicos donde la agresión, el cuidado y la cooperación son mecanismos de equilibrio.
Estos comportamientos pueden trasladarse —sin caer en determinismo biológico— al análisis político, en tanto las instituciones humanas son formalizaciones simbólicas de impulsos etológicos: la dominancia se convierte en autoridad, la territorialidad en soberanía, el apego en legitimidad afectiva y el eros en magnetismo carismático.
En la teoría política realista, esta relación es evidente. Maquiavelo observa que el gobernante eficaz combina la fuerza del león con la astucia del zorro: una síntesis de agresividad y empatía. Hobbes teoriza el Estado como proyección del instinto de conservación colectivo. Clausewitz concibe la guerra como continuidad del instinto competitivo por medios racionales. Carl Schmitt traduce la territorialidad animal en la decisión soberana sobre el espacio y la excepción. Así, la política se configura como ritual mamífero civilizado, es decir, un conjunto de conductas jerárquicas y afectivas codificadas en símbolos.
El debate de Anatel puede leerse como una arena ritual de la manada política nacional, donde la competencia por el liderazgo se escenifica dentro de límites formales. Los moderadores cumplen el rol de machos reguladores; las reglas, el de códigos de apaciguamiento que evitan la violencia directa. El público observa el comportamiento no solo para evaluar ideas, sino para reconocer señales de estabilidad emocional, autocontrol, coraje o ternura: indicadores etológicos de aptitud para el liderazgo.
Los candidatos se distribuyen según funciones básicas: dominancia jerárquica, agresión ritual, cohesión y cuidado, eros y disrupción.
Podemos decir que la teoría política realista —de Maquiavelo a Schmitt— transcribe el código etológico de los mamíferos al plano simbólico. Lo que en la naturaleza es instinto de supervivencia, en la política es razón de Estado. Lo que en la manada es dominancia ritualizada, en la república es legitimidad institucional. Y lo que en el mundo animal es territorio, en la política es soberanía o propiedad.
La diferencia no es de naturaleza, sino de nivel de simbolización: el ser humano convierte las pulsiones etológicas en categorías jurídicas, estratégicas y teológicas.
El debate presidencial es, en su núcleo biopolítico, una ceremonia de selección del alfa simbólico de la comunidad nacional. No importa tanto el contenido racional de los argumentos como la demostración de autocontrol, territorialidad narrativa y ritualización eficaz del conflicto.
Por eso, en clave maquiavélica, el Príncipe debe dominar la escena como el animal domina su territorio: ser león en fuerza, zorro en astucia, pero, sobre todo, mamífero que ha aprendido a ritualizar el poder para sobrevivir entre iguales.
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Cada candidato desplegó sus estrategias en este marco. Me concentraré en los que están realmente en competencia (nunca el darwinismo fue más pertinente). Lo que pretendieron fue:
a) Jeannette Jara: la hembra protectora
b) Evelyn Matthei: la alfa institucional
c) José Antonio Kast: el macho territorial
d) Johannes Kaiser: el impugnador desafiante
De los cuatro jugadores principales, tres de ellos tuvieron números azules. Matthei proyectó dominancia jerárquica: uso de tono firme, apelación a su experiencia (“nadie acá tiene la trayectoria que yo tengo”), reafirmación de pertenencia al linaje dominante (“me entrené con Piñera”). Etológicamente, actuó como la hembra alfa veterana, que no necesita mostrar agresión: impone autoridad por historia. El cierre “usted sabe que sé gobernar” fue una marcación territorial verbal: el espacio de gobierno le pertenece. La ‘danza ritual’ junto a Kaiser la dejamos para el final.
Kaiser mezcló agresividad ritual (“someter por la fuerza”) con gestos de sumisión cortesana (felicitar a Matthei). En términos etológicos, es el segundo macho que reconoce jerarquía pero desafía al alfa. La conquista de la hembra fue doble: mamífera y política. Ya lo veremos. Su gran prueba era demostrar adaptación. Y lo logró.
Por su parte, Jara desplegó el arquetipo del liderazgo maternal, apelando a la cooperación y al bienestar (“la posibilidad de conversar…por el bien común”). En su defensa ante ataques, mostró control emocional, transformando la agresión en una respuesta empática (“no vine a pelear”). Representó la forma afectiva del poder, más cercana al apego que a la dominancia: el tipo de liderazgo mamífero que mantiene unida a la manada después del conflicto.
De los cuatro principales el único jugador que no logró su objetivo fue Kast. Si bien su discurso centrado en la seguridad y el orden (“el cambio real somos nosotros”) activó el instinto protector y aun cuando siguió buscando la posición de macho guardián del territorio, reclamando el control sobre la frontera simbólica entre orden y caos; su carácter y despliegue esquemático y poco adaptativo, además de la situación final donde Matthei y Kaiser construyen una relación y él queda solitario, lo transforma de rol en la disputa de la derecha: de bisagra política pasa a jamón del sándwich.
Su negativa a hablar del vidrio blindado y el ataque de Matthei estableciendo que él tiene miedo y que no se preocupa de cuidar su entorno, fue un atentado a su masculinidad y un daño a su perfil patriarcal. La danza ritual de la flor y la solapa, celebrando el cumpleaños de Matthei, lo dejó aislado en la fiesta y demostró estar proscrito. Pasó de líder a desintegrado.
El control emocional fue el marcador de dominancia. Los que no perdieron la calma (Matthei, Kaiser, Jara) consolidaron jerarquía. Los que respondieron con excesiva agresión proyectaron inseguridad jerárquica. Y quienes se comportaron impávidos, como si estuvieran fuera del juego, pierden pertinencia ante la manada. Es el caso de Artés y Kast.
El componente emotivo-amoroso emergió en los minutos finales, donde cada candidato intentó establecer una relación parental o erótica con el electorado.
El debate se movió, por tanto, entre dos polos: la política del miedo y la fuerza (territorialidad, agresión, orden), versus la política del amor y el cuidado (apego, empatía, pertenencia). El equilibrio entre ambos determinó la eficacia etológica del liderazgo.
El debate presidencial de Anatel funcionó como una exhibición etológico-política de jerarquías en competencia:
– Matthei representó el alfa institucional, firme pero protectora.
– Kast el guardián del territorio, autoritario pero paternal.
– Jara la madre empática, que ofrece cohesión en lugar de miedo.
– Kaiser el guerrero subalterno, agresivo y ceremonioso.
– ME-O el macho exhibicionista, carismático pero inestable.
– Parisi a la busca del refugio perdido.
– Artés el alfa ideológico del pasado.
– Mayne-Nicholls el conciliador afectivo.
En conjunto, el debate no fue un intercambio racional de ideas, sino una coreografía mamífera de dominancia, afecto y deseo, donde los candidatos compitieron por ser el alfa que mejor conjugara fuerza y cuidado, miedo y amor.
Los hitos etológicos del debate
a) El parricidio político de Jeannette Jara
El primer gran hito corresponde a los ataques de Jeannette Jara hacia el propio gobierno de su coalición. En términos etológicos, este gesto constituye un desafío al alfa de la manada: un acto de parricidio simbólico que busca reordenar la jerarquía interna.
Políticamente, se traduce en una maniobra maquiavélica de virtù: afirmar autoridad autónoma desafiando al poder previo. Etológicamente, el comportamiento se asemeja al de una hembra dominante que, al percibir debilidad en el líder, asume el riesgo de dirigir al grupo.
El efecto inmediato fue elevar su dominancia, aunque a costa de fracturar temporalmente el vínculo afectivo con la manada oficialista. Su discurso final, centrado en el “bien común” y la capacidad de conversar, funcionó como ritual de reparación del vínculo, transformando el acto de ruptura en un gesto de cuidado.
b) Evelyn Matthei y la inversión del vidrio: del escudo al abrazo
El segundo hito, protagonizado por Evelyn Matthei, se vincula con su crítica a José Antonio Kast por utilizar un vidrio blindado en una actividad pública.
Desde la etología, se trata de una inversión del escudo: el alfa auténtico no se protege a sí mismo, sino que protege a la manada. La candidata convierte la seguridad —tradicionalmente un atributo masculino y coercitivo— en acto maternal de protección colectiva. Maquiavélicamente, redefine la virtù: el coraje no está en resistir el ataque, sino en exponerse por los demás.
En términos simbólicos, Matthei transforma el discurso de orden en un discurso de apego protector, desplazando a Kast del territorio discursivo que él dominaba. Su cierre (“sé gobernar, sé escuchar, no me tiembla la mano”) combina autoridad y ternura: equilibrio etológico entre fuerza y empatía.
c) La flor de Kaiser: eros y afiliación
El tercer hito surge cuando Johannes Kaiser entrega una flor a Matthei por su cumpleaños. Este gesto —inusual en un contexto de confrontación— constituye un acto de grooming ritual: forma de apaciguamiento y afiliación típica entre mamíferos sociales.
El regalo genera un microclima de ternura y gratitud que humaniza la agresividad previa del candidato. El efecto colateral fue aislar a Kast, que no participó en la escena de fraternidad y quedó como figura rígida frente al flujo afectivo de la derecha.
En clave schmittiana, el gesto introdujo un momento de reconciliación simbólica dentro del campo amigo/enemigo, reconfigurando la frontera interna de la derecha.
Entre los mamíferos sociales, las conductas de grooming o “arreglo social” no son solo limpiezas mutuas: constituyen auténticas danzas de reconciliación. Cuando la tensión jerárquica alcanza un punto crítico, los individuos ejecutan movimientos rítmicos, gestos suaves, ofrecimientos o intercambios de objetos (hojas, comida, ramas) que marcan el fin del conflicto y el restablecimiento de la confianza.
En primates, por ejemplo, después de un combate, los individuos pueden tocarse la cabeza o el lomo en movimientos lentos, suaves, casi rituales. En cánidos, los gestos de sumisión incluyen colas bajas y orejas plegadas, seguidos de lamidos o entrega de objetos simbólicos (el juego de traer). En términos de comunicación biológica, el mensaje es inequívoco: “no represento peligro, busco re-vinculación”.
En el debate de Anatel, el gesto de Johannes Kaiser al entregar una flor a Evelyn Matthei por su cumpleaños tiene esta estructura conductual: Es un acto afiliativo tras la agresión ritual del debate; transforma la tensión en danza de apaciguamiento; y establece la cohesión del grupo dominante (la derecha) en una escena pública.
Etológicamente, la flor cumple el rol de objeto mediador de paz. Como en los rituales animales, la materia —la flor— vehiculiza afecto y reduce la incertidumbre jerárquica. Kaiser, al ofrecerla, no cede su rol masculino o combativo: simplemente ritualiza la deferencia hacia el alfa hembra, Matthei, reafirmando jerarquía sin sumisión. Ella, al recibirla con gratitud, acepta la alianza sin abdicar de su rango.
Toda comunidad humana transforma estos gestos en escenas rituales: el apretón de manos entre adversarios, el brindis diplomático, el beso papal, el abrazo posguerra. En todos los casos se ejecuta un movimiento coordinado, coreográfico, visible, que reemplaza la violencia con sincronía. En este sentido, el acto de Kaiser y Matthei funciona como una danza política de sincronización: ambos coordinan sus gestos frente al público, enviando un mensaje de que el conflicto dentro de la derecha no es destructivo, sino integrador. La derecha, escenificada como manada, muestra así que sabe modular la fuerza con afecto.
Entonces, el gesto de Johannes Kaiser al entregar una flor a Evelyn Matthei fue, simultáneamente, una escena etológica y política de cooperación asimétrica. En términos de conducta mamífera, constituyó una danza ceremonial de apaciguamiento: el subordinado se aproxima al alfa con un objeto simbólico de paz, y el alfa lo acepta sin miedo, ratificando su jerarquía sin necesidad de violencia.
Ambos ganan. Kaiser reduce la distancia jerárquica y obtiene protección, visibilidad y legitimidad derivada de su proximidad al poder; Matthei, al recibir la ofrenda, muestra dominio sin agresión, seguridad emocional y capacidad de integrar la manada bajo un gesto afectivo. El beneficio mutuo se produce porque el intercambio no desafía el orden sino que lo refuerza mediante una teatralización de la armonía.
En la dimensión política, la escena funciona como un pacto de legitimación cruzada. Para Matthei, aceptar la flor es proyectar autoridad sensible, mostrar que la fortaleza puede convivir con la ternura y que su liderazgo no teme la cercanía masculina. Para Kaiser, ofrecer la flor es una operación de humanización: transforma su perfil punitivo en uno capaz de cortesía, ganando acceso al centro simbólico de la derecha.
Ambos actúan frente a las cámaras en el momento exacto en que el público, tras el conflicto verbal del debate, busca una señal de reconciliación. Lo que se escenifica es una coreografía de la cohesión: la líder que permite el acercamiento y el subalterno que, al rendir homenaje, obtiene espacio dentro del círculo del poder.
En clave schmittiana, la flor disuelve momentáneamente la frontera interna entre amigos y enemigos dentro del bloque conservador, generando una imagen de unidad. En clave estética, se trata de una danza civilizadora, una sustitución del rugido por el gesto suave, en la que la agresión ritual se sublima en una coreografía de afecto político.
El poder se vuelve, así, un intercambio de señales costosas donde cada uno demuestra su control emocional: Matthei al permitir el gesto sin debilitarse y Kaiser al ofrecerlo sin servilismo. En esa escena mínima se condensa la lógica más antigua del mando entre mamíferos: quien domina y quien se aproxima descubren que, si logran danzar juntos, ambos sobreviven mejor ante la mirada de la manada.
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