En teoría, el razonamiento económico es bien conocido. Cuando un país impone aranceles elevados a las importaciones, los bienes extranjeros se vuelven más caros.
Estos aumentos de coste suelen trasladarse a los consumidores, lo que conduce a precios más altos y, mecánicamente, a una inflación más alta.
Este es precisamente el escenario que se anticipaba en la pasada primavera, cuando Donald Trump anunció nuevos recargos a las importaciones.
Sin embargo, los hechos han frustrado las previsiones. La inflación en Estados Unidos no se ha disparado. Sigue siendo alta —alrededor del 3%— pero no ha subido descontroladamente como muchos analistas temían.
Cuando la historia económica presenta una realidad diferente
Ante esta observación, el Banco de la Reserva Federal de San Francisco ha decidido dar un paso atrás y analizar datos históricos.
A lo largo de casi 150 años de observaciones, tanto en Estados Unidos como en Europa, los resultados son claros, aunque contradictorios: los aumentos de aranceles suelen asociarse a una menor inflación.
Esto no significa que los recargos bajen los precios directamente. En realidad, activan otros mecanismos económicos.
El anuncio de aranceles elevados genera incertidumbre: las empresas dudan en invertir, las cadenas de suministro se ven interrumpidas y los consumidores se vuelven más cautelosos. La demanda está disminuyendo.
Para las empresas, esto se traduce en menos contrataciones y un aumento del desempleo. Los indicadores económicos entonces se vuelven rojos. En este contexto, para seguir vendiendo, las empresas limitan los aumentos de precio o incluso no aplican ninguno.
Como resultado, la economía se ralentiza, y una economía que se ralentiza es aquella en la que los precios suben más despacio. Esto es precisamente lo que está ocurriendo hoy en Estados Unidos.
Un efecto temporal y limitaciones a largo plazo
¿Significa esto que los aranceles son una herramienta eficaz contra la inflación? Investigaciones de la Universidad Northwestern muestran que los aranceles pueden causar un pequeño aumento de la inflación al principio, pero que este efecto sigue siendo temporal.
A corto plazo, muchas empresas estadounidenses han optado por reducir sus márgenes para absorber el coste de los recargos y evitar repercutir en los consumidores. Por tanto, el choque inflacionario ha sido menos severo de lo esperado.
Sin embargo, a largo plazo persisten ciertas incertidumbres.
Cuando se aplicaron medidas similares en los años 30, el contexto económico era muy diferente. Hoy en día, el sector manufacturero estadounidense depende en gran medida de componentes importados y cadenas de producción globalizadas.
Con el tiempo, las empresas suelen acabar trasladando estos costes adicionales a sus precios de venta.