Hace algunos días se viralizó la historia de Punch, un monito japonés (Macaca fuscata) que fue rechazado por su madre y comenzó a abrazar y llevar a todos lados a un peluche que le sirvió de contención.
Su historia dio la vuelta al mundo y derritió corazones, pero, ¿por qué conmovió tanto? Irma Morales Reyes, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad del Alba explica este fenómeno.
De acuerdo con la experta, Punch no hizo más que reafirmar algunos aspectos de la psicología humana: el apego, la necesidad de seguridad emocional y la conexión con los objetos que simbolizan afecto.
El peluche de Punch es lo que en psicología llaman un “objeto transicional”, que “son elementos —como un peluche o una manta— que ayudan a regular la ansiedad, especialmente en momentos de estrés, cambios o soledad”, señala Morales.
“Cuando vemos a Punch aferrado a su osito, no solo observamos una escena adorable. Nuestro cerebro interpreta señales de vulnerabilidad y protección”, explica.
Además, dice, estas reacciones también activan mecanismos neuronales que están vinculados con la empatía y el cuidado.
¿Por qué Punch nos causa tanta ternura?
De hecho, la ternura es una emoción social que favorece la cohesión y el cuidado. Según Morales, estudios en neurociencia han demostrado que algunos estímulos asociados a fragilidad activan circuitos relacionados con la oxitocina, que también es conocida como “hormona del vínculo”.
La experta también apunta al “baby schema effect” o efecto de rasgos infantiles. Este fenómeno fue descrito por el etólogo Konrad Lorenz y explica por qué los humanos reaccionamos con mayor sensibilidad ante características asociadas a la infancia: ternura, dependencia y suavidad.
Un osito de peluche, por su forma y simbolismo, evoca precisamente esas características.
“Al ver al monito abrazando su osito Punch, nuestro cerebro activa el ‘baby schema’, despertando ternura y cuidado”, explica, “pero más allá de la emoción inmediata, esta escena refleja algo profundo: los primates, incluidos nosotros, compartimos la necesidad de vínculos afectivos para crecer y desarrollarnos”.
“La historia del monito nos recuerda que los lazos tempranos no solo generan seguridad y bienestar, sino que también son esenciales para aprender a relacionarnos y enfrentar el mundo con confianza. Sin embargo, cuando estos vínculos no se establecen, pueden aparecer dificultades emocionales, inseguridad y problemas en la regulación afectiva”, añade.
La sociedad responde al apego
Morales también señala que la conmoción por Punch tiene que ver con el apego, que persiste en la adultez, y que en contextos de incertidumbre —como cambios vitales, estrés laboral o exposición constante a noticias negativas— este tipo de historias generan un efecto reparador.
Además, nos recuerdan la necesidad universal de sentirnos acompañados. “Aunque la infancia queda atrás, la necesidad de seguridad y contención persiste”, advierte.
La historia de Punch también refleja una necesidad colectiva. En tiempos donde predomina la hiperconectividad digital, escenas simples de apego auténtico despiertan una respuesta emocional compartida, explica la experta.
La ternura que sentimos no sería casual, plantea, sino una expresión profunda de nuestra naturaleza social: necesitamos vínculos, seguridad y símbolos que nos recuerden que, incluso en la adultez, el deseo de protección y compañía sigue intacto.