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Resumen generado con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por BioBioChile y revisado por el autor de este artículo.

La acumulación de obras en el entorno del Costanera Center, como la Línea 7 del Metro y la nueva rampa de acceso por calle Holanda, ha generado congestión y degradación urbana. El proyecto del Teleférico Bicentenario, a inaugurarse en 2027, se inserta en un nodo saturado sin estrategias de integración urbana. A pesar de mejorar la conectividad, intensificará la presión sobre un sistema ya desbordado.

Hace ya un tiempo —y no por primera vez—, a propósito de las intervenciones en el entorno del Costanera Center —los trabajos asociados a la Línea 7 del Metro y la nueva rampa de acceso por calle Holanda—, se hacía evidente un escenario que no podía leerse como una simple contingencia: congestión persistente, espacio público tensionado y una experiencia urbana degradada.

Por Filipe Temtem

Director de Extensión Facultad Arquitectura, Arte y Diseño USS

Más allá de ese momento, lo relevante era lo que dejaba entrever: la consolidación de una isla de consumo desconectada de su entorno. Un fragmento capaz de atraer y absorber enormes cantidades de personas, pero que no construye relaciones urbanas proporcionales con lo que lo rodea. Todo entra, poco se distribuye, casi nada se integra.

Lo que corresponde ahora es mirar la continuidad de ese proceso. Porque este no es un nodo que haya sido resuelto y luego intervenido nuevamente. Es un nodo que acumula obras en el tiempo sin haber sido reconfigurado como sistema. Y en esa secuencia se inscribe el Teleférico Bicentenario, actualmente en ejecución y con apertura prevista para 2027. El problema no es su construcción. El problema es dónde y cómo se inserta.

El teleférico no llega a un sistema estabilizado. Llega a un entorno que ya ha sido intervenido reiteradamente, y que ha demostrado no tener capacidad de absorción ni mecanismos claros de redistribución. Es, en ese sentido, una obra más sobre un nodo que nunca ha sido realmente replanteado.

Sin embargo, lo que sorprende no es su ejecución, sino la ausencia de una estrategia proporcional de mitigación. No hay una reconfiguración integral del espacio público, ni una redistribución clara de accesos, ni una operación urbana capaz de anticipar el aumento de flujos que el propio proyecto promete.

Se construye infraestructura. Pero no se construye ciudad. Esto obliga a cambiar la pregunta. El problema no es si el teleférico mejora la conectividad —es probable que lo haga—, sino qué ocurre cuando esa mejora se inserta en un sistema que ya opera al límite. Porque este nodo no necesita más accesibilidad. Necesita más capacidad de relación.

Hoy, la estación Tobalaba, el Costanera Center y su entorno funcionan como un punto de máxima atracción metropolitana, donde los flujos convergen sin encontrar continuidad en el tejido urbano inmediato. En ese contexto, el teleférico no corrige el problema. Lo intensifica.

No solo porque traerá más personas, sino porque lo hará sin modificar las condiciones que hoy ya generan fricción: veredas saturadas, cruces ineficientes, accesos concentrados y recorridos fragmentados propios de un espacio que sigue operando bajo una lógica vial más que urbana.

Desde la disciplina, esto es difícil de sostener. Porque implica aceptar que seguimos proyectando obras de transporte como intervenciones aisladas, sin asumir que cada una de ellas reconfigura —o debiera reconfigurar— el sistema urbano en el que se inserta.

Digamos que no se trata de un problema técnico. Es un problema de proyecto. Porque sumar obras sin una estrategia de conjunto no es planificación: es acumulación. Y la acumulación, en un nodo como este, solo produce mayor presión sobre un sistema que ya opera al límite. Más gente llegará. Más rápido. Y encontrará el mismo espacio incapaz de absorberla.

La paradoja es evidente: el teleférico, presentado como una mejora de la movilidad, terminará revelando con mayor claridad la fragilidad del lugar al que llega. Funcionará la obra. Pero fallará la ciudad. Porque el problema nunca ha sido la falta de intervención, sino su sentido. No es falta de conectividad y accesibilidad. Es falta de proyecto urbano.
Filipe Temtem, Director de Extensión Facultad Arquitectura, Arte y Diseño USS