La inocuidad no es una barrera para el pequeño productor. Es la llave que le permite competir, formalizarse y crecer.
Un alimento es inocuo cuando no causa daño a la salud de quien lo consume. Esa garantía, que parece simple, es una de las exigencias más complejas que enfrenta hoy la cadena alimentaria de cualquier país. Chile tiene en esta materia una de las normativas más exigentes de América Latina, y ese estándar alcanza también a la agricultura familiar campesina.
Los pequeños productores chilenos —horticultores, ganaderos, apicultores, queseros y tantos otros— lo saben mejor que nadie. Para que su producción llegue a las mesas del país, deben garantizar condiciones seguras en cada eslabón del proceso. Es exigencia, sí, pero también es oportunidad.
Porque la agricultura familiar campesina parte con ventajas reales por sus cultivos y crianzas naturales: produce a baja escala, con variedad, en sistemas que conservan saberes tradicionales y un vínculo directo entre quien cultiva y quien consume.
Cuando esa producción suma estándares formales de inocuidad, no solo cumple con la norma: abre puertas a mercados que antes le eran inaccesibles.
Esa apertura no se logra sola. Resoluciones sanitarias, salas de proceso, capacitación técnica: cada paso requiere inversión, acompañamiento y trabajo conjunto entre el productor, los servicios del Estado, gobiernos regionales, municipios y, en muchos casos, empresas privadas.
En INDAP somos promotores activos de este esfuerzo, y testigos de sus avances en cada rincón del país.
En Loncoche, José Huentelaf recibió su resolución sanitaria para producir quesos artesanales y lo describió como “una puerta más hacia el mercado”. En San Esteban, cuando Margarita Alfaro conoció la sala colectiva levantada en su zona, valoró especialmente la calidad y limpieza del espacio. Dos historias entre miles que muestran lo mismo: la inocuidad no es una barrera para el pequeño productor. Es la llave que le permite competir, formalizarse y crecer.
Para INDAP, esta es una agenda central. Como gobierno, estamos comprometidos con el desarrollo productivo de la agricultura familiar campesina, y acompañar al productor en su trayectoria hacia la inocuidad es parte central de ese compromiso.
No basta con apoyar la producción: el resultado se completa cuando el productor accede a más y mejores mercados, con alimentos sanos que el país y el mundo reconocen.
Este 7 de junio, Día Mundial de la Inocuidad Alimentaria, es ocasión para mirar este trabajo y reconocerlo. Detrás de cada certificación, de cada sala de proceso, de cada queso o conserva campesina que llega regularizada al mercado, hay un productor que ha dado un paso adelante. Y un país que gana, porque su mesa se alimenta de un campo más seguro, más diverso y más confiable.
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