De un tiempo a esta parte cunden lamentos de políticos europeos estimando que su sueldo no les alcanza para llegar a final de mes. Construyendo y des construyendo el Viejo Mundo, dentro de una Unión de 27 de países y a la espera de otro nuevo socio, de Croacia, tantos quejidos resultan surrealistas.

¿Por qué? Porque sean euro parlamentarios, mandos altos y medios en Bruselas o en los gobiernos nacionales, ministros o asesores, todos se embolsican cada 30 días, alegremente, una cantidad más que respetable.

Trabajan mucho (algunos) y es lógico que también mes a mes se premien sus desvelos. Pero mirando los montos desde la perspectiva del ciudadano de a pié, del oficinista medio, del asalariado sin más o del numeroso cesante o la mujer cesante, la cuestión es, éticamente, por lo menos, deplorable.

No vamos a aburrir con cifras (todas en Internet), las que, aunque altas, suelen palidecer al compararlas con las del vigoroso modelo chilensis. Preciada lotería allá, para dirigentes políticos –con honradas excepciones- metidos todos en un mismo saco, de la derecha furiosa o meliflua, de la Concertación, brujuleando de la ceca a la meca, de la veterana guisqui izquierda o de una entelequia denominada independientes,

De esta guisa la actual celebración dieciochera para los tribunos criollos facilita el tamboreo y huifa. O, haciendo memoria, propone un buen restaurante acaso porteño, con langostas incluso, caramba zamba y canuta.

Un diputado criollo gana ochenta y un salarios mínimos al mes, un poco mas de 7 millones 800 mil pesos. Pero a la cifra hay que agregarle los gastos de representación parlamentaria, unos 7 millones, con lo cual estaríamos llegando a los 14 millones 800 mil y tantos. Volviendo a Europa y convirtiendo esos milloncejos ya estamos contando 24 mil y tantos euros.

Tanto el presidente de Francia como los de algunas otras naciones de por acá no tienen tanta suerte; ganan menos de la mitad.

Allá en ese “largo pétalo de mar, y vino y nieve” (Neruda) el Estado, (mejor dicho el contribuyente) gratifica a sus aguerridos bi-nominales, encargados de nunca recuperar los recursos naturales del país (ejemplo, las reservas de agua o el litio) o de no darle empeño a la salud, ni justipreciar los fondos de previsión ¡tampoco afrontar la justicia en la educación!, ni mejorar la vivienda o a encarar esa materia difusa a la cual normalmente le hacen el quite, el famoso medio ambiente. Es decir se premia a quienes nadan gozosos en un país triunfalista y hasta con las estadísticas oficiales manoseadas.

Triunfalista hoy, vigilado ayer, son fenómenos que arrancan desde el historiado 1810, e incluso antes, durante aquella plácida etapa de la explotación colonial. Y que se refocilan ahora en un modelo neo liberal, asentado en una constitución pervertida e ilegítima, con exclusión social (sin ir más lejos, los mapuches) y un torbellino de frustraciones. Un sistema rabiosamente aplaudido tanto por los dueños del poder como por incautos.

Pero claro, en este contexto, hay que cuidarle la salud a los tribunos: tenerle sus oficinas impolutas y a sus asesores complacidos, atender sus traslados, financiarles hasta el celular y si son cargos más altos hay que vigilar que sus almuerzos sean a la altura, sus cenas regias, que sus invitados no se quejen, que el coche oficial con chofer esté brillante y presto. Y si van fuera del país que suban a buenos aviones y se apoltronen en clase especial, no mezclados con la gleba ordinaria de los turistas rascas.

En este marco del sacrificio parlamentario se entiende el exabrupto de un tal Burrutia. Un terroso diputado UDI, conocido en su casa a la hora de almuerzo, al cual se le distorsionó el caletre. Con ira pinochetera, se insolentó, lanzó un grito zafio quebrando un minuto de silencio en el Congreso, en memoria de Salvador Allende.

No tendría para que haberse alterado el fulano. Su alarido cae en el vacío. La memoria de Allende (y su ejemplo) está bien resguardada, viva y presente en lo más hondo de la mejor raíz chilena. Y sigue presente y admirada en el mundo. Universidades y avenidas, institutos y centros de estudio e investigación u hospitales llevan el nombre de este chileno, que para asombro y respeto del siglo XX, murió en La Moneda defendiendo lo que otros pisotearon, (o siguen pisoteando) la democracia.

Entonces ¿a qué vienen las cuentas y los sueldos citados en esta crónica? Simplemente para recordarle a Burrutia y a sus compinches que, con motivo de este nuevo aniversario de la patria burguesa, aplaquen al intolerante momificado que llevan dentro.

Que mejor sigan divirtiéndose. Cuentan con suficientes billetes de donde agarrarse y con el pleno derecho a pasarlo bien, disfrutar vacaciones largas y gritar viva su Chile hasta quedar roncos. Pero también recordarles que hay compatriotas (sobre todo en el destierro) con el derecho a preguntarse y preguntarles a los preciosos paniaguados: ¿de cuál y de qué Chile estamos hablando, tratando o celebrando?

(Un dato para estas fechas. Es importante leer un documentado estudio del historiador y profesor Sergio Grez: “Imagen de Chile, la crisis de una mixtificación”.)