Había mucha carga emocional en el Arthur Ashe Stadium. La sensación que daba el estadio más importante de Flushing Meadows Corona Park era esa. Un sentimiento que implicaba ir acercándose al final de una historia anunciada por el mismo protagonista.
Andy Roddick había avisado la semana anterior que una vez jugado su último partido en el US Open se retiraba de la actividad. Es decir, le estaba diciendo al pueblo deportivo de su país y del mundo que dejaba la profesión con 30 años (de hecho, Roddick hizo su declaración el 30 de agosto, el día de su cumpleaños), 32 títulos, uno de ellos el Abierto de Estados Unidos en 2003, tres finales del Abierto de Inglaterra y varias Copas Davis con el equipo americano.
Y fue el argentino Juan Martín del Potro, una vez más (ya había “despedido” a Marat Safín en 2009) el encargado del adiós a un grande. La victoria del argentino, tal vez la crónica de un triunfo anunciado dadas las diferencias de nivel que existía con Roddick, un Roddick ya mentalizado para irse y anímicamente luchando por querer quedarse un poco más en el US Open, pero sin la velocidad de antaño, no debía sorprender.
El tema era saber cómo. Roddick ganó el primer set, Del Potro los tres restantes (finalmente fue 6-7, 7-6, 6-2, y 6-4 para el argentino) Roddick comenzó a llorar en el último set, los fotógrafos en cancha comentaron luego en la sala de prensa que a medida que se iba acercando el final, sobre los últimos juegos del cuarto set, se le veían lágrimas al oriundo de Nebraska.
No era para menos. Durante casi una década fue el jugador local dueño del espectáculo en Flushing Meadows. Alejados Pete Sampras y André Agassi de la práctica activa a mediados de 2000, Roddick debió tomar la posta de los dos grandes. No le fue fácil porque más allá de la explosión de su servicio (fue el tenista récord en cuánto a la velocidad de los saques) y la contundencia de la derecha que le daba los triunfos, Andy había visto como se le presentaron a la escena los dos mejores de los últimos años, Roger Federer y Rafael Nadal. Uno dueño de las canchas de cemento y el otro de las canchas de arcilla.
Tenía que mejorar su juego, sí o sí. Contrató primero a Jimmy Connors para que lo asesorara, al costo de un millón de dólares pagados por partes iguales entre la Asociación de Tenis de Estados Unidos y su propia billetera. Luego, cuando terminó el acuerdo, llamó a Larry Stefanski ex entrenador de Fernando González para que lo apoyara. Con Stefanski logró llegar a la final del abierto de Inglaterra en 2009. De todas formas, Roddick fue leyendo que los años productivos se le iban terminando y que Federer y Nadal se hacían poco menos que imbatibles. Y a ellos, el agregado de Novak Djokovic y en menor medida Andy Murray.
Del Potro aún ganador le hizo el homenaje que correspondía pidiéndole al público que despidieran a Andy como un campeón. Dio un paso al costado y dejó todo el escenario para el jugador local. Lágrimas de Andy, de su palco, de muchos en el estadio. Adiós a un gran competidor, a un luchador enorme que dio todo en cada torneo en el que se presentó. Ganando fue sobrio y en la derrota supo reconocer a su vencedor.
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